Se acaba la impunidad del asbesto

Es hora de alegrarse, pero no de cantar victoria. La industria del asbesto suele ser un enemigo formidable que no se queda quieto.

Estamos cada vez más cerca de que el asbesto no arrebate ninguna vida más en Colombia. Emociona decirlo, leerlo y escucharlo, no solo porque es una lucha justa y necesaria, sino porque es un logro de un movimiento ciudadano que jamás dio el brazo a torcer, incluso cuando parecía tener mucho en contra.

En la tarde del martes, contra todo pronóstico, el Senado de la República de Colombia, aprobó por unanimidad en segundo debate la llamada “Ley Ana Cecilia Niño” que busca prohibir el uso y la comercialización del asbesto en Colombia.

La normativa es un homenaje con nombre y apellido a la mujer que se dedicó en vida a batallar no solo contra la enfermedad que la consumía por culpa del asbesto, sino para que ningún otro colombiano ni familia pasara por lo que ella y su entorno sufrían.

Ana Cecilia murió, pero su empeño siguió adelante gracias a la ejemplar tenacidad de su marido, Daniel Pineda, un hombre que se ha dedicado a honrar la memoria de su esposa a través de una batalla inagotable para impedir que asbesto siga con su impune estela de muerte en Colombia.

Ejemplo enorme. Daniel y, a través de él Ana Cecilia, no han estado solos. Han caminado junto a un creciente movimiento ciudadano que ha entendido que es hora de dar un adiós definitivo a una sustancia que ya está prohibida en más de 67 países y ha hecho demasiado daño a la salud de los colombianos.

En efecto, la estela mortal del asbesto ha sido extensa y silenciosa. Se ha movido con sigilo gracias a su invisibilidad. Traicionera, su efecto es lento y sus consecuencias para la salud suelen ser tardías, por lo que los primeros síntomas por haber estado expuesto a esta fibra pueden demorar años y hasta décadas en aparecer. Pero cuando aparecen, las consecuencias suelen ser fatales: según el Instituto Nacional de Cancerología, entre los años 2010 y 2014 se registraron 1.744 muertes por cáncer de pulmón atribuibles a dicha fibra.
Lo que no ha sido invisible y que ha estado del lado de la vida y la salud de los colombianos ha sido la voz valiente de ciudadanos y diferentes organizaciones (desde ámbitos políticos hasta instancias académicas) quienes no han claudicado en su empeño para lograr la efectiva prohibición del asbesto.

Por supuesto, el recorrido ha estado plagado de obstáculos, los mismos que hicieron fracasar esta iniciativa en siete intententos anteriores. Ahora debió pasar más de un año para que el proyecto superar no solo el quórum legislativo (increíblemente congresistas han estado más cerca de las consideraciones financieras que de la salud de la población), sino también el esperable y fuerte lobby empresarial que intenta mantener a flote como sea su negocio. Sí, ese mismo que los ha llevado a comercializar sus productos sin asbesto al extranjero, pero a venderlos llenos de la tóxica sustancia en Colombia.

Lograr la aprobación en segundo debate del Senado es la confirmación de que la política no puede ignorar las demandas ciudadanas que van en la dirección correcta.

Nos alegra que Greenpeace haya sido -y todavía sea- parte de esta demanda ejemplar en una campaña en la cual hemos recibido el apoyo de más de 130.000 ciudadanos y gracias a la cual hemos denunciado una y otra vez la sinrazón de la presencia del asbesto en Colombia.

Nos sentimos orgullosos de que Greenpeace actúe como caja de resonancia del grito de miles de colombianos que ya no permiten que se dañe de manera impune su medioambiente ni su salud.

Es hora de alegrarse, pero no de cantar victoria. La industria del asbesto suele ser un enemigo formidable que no se queda quieto.

Falta el capítulo final congresistas. Uno que despida para siempre al asbesto de Colombia.

      Periodista prueba

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