Los mercados le hablan a Luis Carlos Sarmiento

El sólo y contundente hecho de la misteriosa muerte del auditor Jorge Enrique Pizano (quien hace más de un lustro alertó sobre vínculos de corrupción entre Odebrectht y el grupo AVAL), se tradujo en una pérdida de Mil Millones de dólares en la fortuna de Sarmiento.

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¿Terrorismo o sensibilidad de los mercados?

En la Revista Forbes se registraba, a comienzo de año,  que Luis Carlos Sarmiento ocupaba el puesto 120 entre los grandes billonarios del mundo, con una fortuna de más de 11.000 millones de dólares (más de tres veces la del Presidente Donald Trump). Luego de un turbulento año (por escándalos de corrupción que salpican a sus empresas y bancos) el magnate colombiano ha sufrido una notable pérdida en  su  fortuna actual que ahora se estima en menos de 9.000 millones de dólares. La imagen de Portada, tomada del portal virtual BLOOMBERG es bastante ilustrativa del lenguaje del mercado. 

Su grupo AVAL posee un tercio de los bancos colombianos y en el año 2012 él compró el diario EL TIEMPO, que es uno de los más importantes en Colombia.

En lo corrido del año las acciones del grupo AVAL han sufrido un notorio desplome en los mercados. Han caído un 27% (marcando uno de los peores comportamientos de los bancos latinoamericanos). La fortuna de Luis Carlos Sarmiento ha disminuido en 2 billones de dólares durante el presente año. El sólo y contundente hecho de la misteriosa muerte del auditor Jorge Enrique Pizano (quien hace más de un lustro alertó sobre vínculos de corrupción entre Odebrectht y el grupo AVAL), se ha traducido en una disminución de Mil Millones de dólares en la fortuna de Sarmiento.

Algunos analistas bursátiles muestran que, en el caso específico del mercado en Colombia, las acciones con peor comportamiento (las que sufren grandes declives como Preferencial Aval, Corficolombiana, Banco de Bogotá y Cementos Argos) están relacionadas con los espinosos  y escandalosos temas de infraestructuras mal construídas y de corrupción en el caso Odebrecht.

En días recientes, en este mismo portal de LA SILLA VACÍA, un estudioso del tema muestra que existen serios indicios de que el grupo AVAL era el principal socio de la corrupta firma Odebrecht, que obtuvo importantes beneficios económicos por su participación en tal sociedad y que al menos algunos directivos de este grupo sabían que se estaban haciendo jugadas corruptas.

Hace pocos años en Europa y en Estados Unidos se desató un escándalo de corrupción privada: la afamada firma productora de vehículos Volkswagen había engañado a sus usuarios al hacerles creer que un nuevo modelo de carros emitía menos gases de efecto invernadero. La conocida empresa perdió un 30% de su valor en los mercados. En Estados Unidos esta firma pagó multas por unos 25 billones de dólares en lo que se denominó como el escándalo del “diésel-Gate”. La justicia no avanzó con la misma contundencia a la hora de castigar a los principales culpables de la debacle. La alusión a la firma Wolkswagen es, simplemente, un referente adicional (bastante ilustrativo) en la discusión.

En los últimos días existe una confrontación discursiva entre dos posiciones. Por un lado se sitúan los defensores de la banca nacional quienes, como la Vice-Presidenta Martha Lucía Ramírez y el superintendente financiero Jorge Castaño, argumentan que aquellos que  usen las redes sociales para invitar a la gente a retirar sus ahorros de bancos del grupo AVAL deberán ser considerados como terroristas económicos y, en consecuencia, tendrán que ser penalizados.

En la misma orilla se ubica el economista, analista en RCN y profesor Jorge Restrepo, quien arguye que existe un odio y  un sesgo anti-empresa privada y, además,  que el accionar de la gente indignada contra el grupo aval podría generar un peligro público en contra de los ahorradores. Por el lado opuesto están quienes motivan a los ahorradores y empleados para que retiren sus ahorros y pensiones de las entidades financieras del grupo AVAL. En esta orilla se destaca la líder María Fernanda Carrascal, quien aduce motivaciones éticas y  para quien tal accionar se ubica dentro de los derechos económicos de usuarios y consumidores.

En lo que sigue de este breve artículo se expondrán algunos conceptos teóricos para que quienes leen esto tomen sus propias conclusiones.

 

Salida, voz y lealtad

En 1970 el economista heterodoxo Albert Hirschman publicó su seminal texto Salida, voz y lealtad. En este libro se pone de relieve que las diversas relaciones y organizaciones humanas, desde la familia, la comunidad, las empresas, los partidos políticos, los Estados, etc., tienden a sufrir problemas de ineficiencia, malos manejos y que generan crisis. Ante semejante realidad los individuos tienen tres mecanismos que, básicamente son: salida (libertad de movilización); voz (libertad de expresión) y lealtad (paciente voto de confianza en la organización para aplazar la deserción pero manteniendo la voz).

Este economista de origen alemán (que había promovido el escape exitoso de decenas de intelectuales en tiempos del nazismo), ha hecho énfasis en que las organizaciones y los Estados que acallan la voz y taponan la salida están condenados a perpetuar las crisis y, finalmente, para labrar su propia destrucción.

Con la caída del muro de Berlín se comprobó la virtuosa combinación entre la salida y la voz de los rebeldes ciudadanos alemanes que huían del represivo régimen de la Alemania Oriental y, además, salían con estruendosas voces de denuncia.

La voz sin la opción de la salida (deserción, divorcio, emigración y cese de la cooperación) sería apenas un ruidoso y efímero saludo a la bandera, una vociferación diluida en el aire. Hirschman, al igual que Thomas Schelling en su Estrategia del conflicto, entendió que sin promesas o sin amenazas creíbles el poder se queda en un ridículo gesto.

La lealtad o voto de confianza varía según la relación social o la organización. Una familia o la patria son depositarias de elevados grados de confianza y lealtad, los bancos y los mercados no cuentan con tanta lealtad por parte de sus clientes.

 

El poder de la política de no-cooperación

Hace cinco siglos el joven Ettienne de la Boetié escribió su clásico discurso sobre la servidumbre voluntaria. El núcleo de su argumentación es, fundamentalmente que: i) el principal problema de la política es el de la aquiescencia voluntaria (la inaudita pérdida de la libertad de los individuos y sociedades); ii) si la gente quiere ser libre entonces puede suprimir la cooperación con tiranos y gobiernos dictatoriales, y estos caerán como estatuas sin pedestal.

La política de la no-violencia o de no-cooperación consiste en retirar o suprimir la cooperación informativa, afectiva, social, económica y política con un actor económico y/o político violento, corrupto o falto de idoneidad. En general, los gobernantes dependen de los votos y las firmas de los usuarios y consumidores.

Disímiles economistas como el libertariano (neoliberal) Murray Rothbard, los más moderados Samuel Bowles y Herbert Gintis, y el legendario izquierdista Robert Heilbroner coinciden en que el accionar económico de todos los actores es noviolento, es decir, equivale a una permanente política de no-cooperación. Los empresarios no cooperan (no emplean) a obreros y empleados ineptos, no calificados o desobedientes. Los banqueros no cooperan (no otorgan préstamos) a gente insolvente o en quiebra. Los países que son potencia económica y militar no cooperan con naciones rebeldes (los bloqueos a Cuba y Venezuela son acciones noviolentas de no cooperación comercial).

A mediados del siglo pasado el también economista Anthony Downs había escrito su teoría económica de la democracia. De tal texto se destaca la enorme asimetría entre poderosas minorías de empresarios y políticos que subyugan a la enorme masa de consumidores y votantes rasos. Con frecuencia los mercados suelen ser asimétricos porque empresarios (empleadores), firmas vendedoras de bienes y servicios, y bancos tienen más poder que millones de empleados y usuarios: sólo la retirada masiva de millones de usuarios de una firma o marca podría generar importantes pérdidas para la empresa cuestionada. A esto se suma que las acciones colectivas masivas son enormemente costosas (astronómicos costes de organización y transacción), y que experimentan a su interior problemas de justicia (quien lleva la mayor carga o sacrificio).

No obstante, algunas veces, los de abajo pueden subvertir el orden mediante masivas acciones colectivas noviolentas y, con razones éticas,  hacer estragos en el buen clima de ciertos negocios. 

 

 
      Periodista prueba

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