Letras que, como el feminismo, nos salvan la vida

Las “mujeres que queremos morirnos un poco” existimos, escribimos, nos apoyamos las unas a las otras en solidaridad y sororidad, pues compartimos la angusia de devenir en un mundo que no está hecho a nuestra medida. 

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“Mi Navidad en un Psiquiátrico” fue anunciado por mi amiga Mariángela en una de las noches en las que solemos reunirnos en una especie de Club de Lucha Feminista, en el que se lee, principalmente, pero en el que también se comparte comida, bebida, baile, sororidad y desahogo. Quedamos sorprendidas porque hasta ahora solo conocíamos su canal de youtube “Las Igualadas”, y su trabajo como periodista. Así que aquí está, su primer libro, y quizá por ello excelso en honestidad, ya disponible en las librerías.

Escribiendo sobre su escritura quiero hacer una imagen presumida de la autora y reafirmar la mía, quiero invitar a las mujeres a leer a otras mujeres y a hacerlas nuestro referente, uno que pase por la arrogancia, porque no se puede ser menos cuando se publica un libro ácido y suspicaz como este en los tempranos veintes.

En principio, su relato de manicomio hizo aflorar en mí cierta morbosidad que todos y todas tenemos, la de querer saber siempre más, sobre todo si se trata de la zozobra de los otros y las otras. Quise explorar más sobre la locura y su genealogía, porque hasta ahora he condenado la psiquiatría y me he rehusado a llamar a la gente “loca”, o a patologizarla cuando su angustia existencial aflora en lo que considero inexorablemente humano: tristeza, ganas de no querer ver a nadie, cero sentido del disfrute en el vacío del centro comercial, el cine o la cena familiar, y una larga lista de cosas “normales”, que para mí se hacen insulsas, cuando te has construido bello y sensible, como Pessoa, que hizo de eso, no sé cuántos heterónimos, y un gran libro del desasosiego; como Mariángela, que nos entrega estas piedras -cuchillos de obsidiana-, para descarnadamente devolvernos a las preguntas originales y por ello escondidas en el corazón de cada feminista: La relación con la mamá, nuestra mejor amiga–enemiga, y la consecuente sobre estimación de las madres y la maternidad, el amor romántico y el devenir en un mundo que no ha sido hecho a nuestra medida.

Mariángela logra retratar un sinfín de relaciones presentes en el mundo de las mujeres, que solo ella como feminista podría exponer frontalmente, porque se burla y se nota que lo disfruta, es irónica y exquisita en su ironía, le recuerda a una el abrumante materialismo en tales relaciones o situaciones, que finalmente son absurdas; como pensar que no hay ninguna coincidencia o simple casualidad en que existan los “sanatorios”, habitados por ricos y pobres con el mismo tipo de prendas, y habiendo sido despojados de lo mismo; sin embargo, nos recuerda que los ricos se pagan la clínica, el bio energético, las clases de yoga, o la comida orgánica, mientras los pobres lidian con el dolor entre pecho y espalda porque no tienen tiempo para bautizarlo como “depresión”, y mucho menos dinero para ponerlo en “tratamiento”. Aun así, esta sociedad moderna es la de los deprimidos y deprimidas por excelencia, unos con tanta alcurnia como para agregarle clonazepam, zoplicona o sertralina, y otros con pesares terrenales que resolver muy pronto en la cadena de producción fordista y en la sobrevivencia. 

Así pues, el libro está lleno de frases subrayables y sentencias sobre cómo funciona la vida; la terrenal, la del ahora, la de adentro y afuera de los psiquiátricos donde cada uno en pilotaje automático “hace lo mejor que puede” para sobrevivirla. Ella tuvo la valentía de decir algo que todas pensamos de vez en vez; “vivir es difícil”, y a veces como que nos vamos cansando, por eso escribimos, o por eso bailamos, o pintamos… cada uno le agrega lo que quiera. 

Yo quiero decidir cada vez que necesite morirme un poco -en la teoría-, cada vez que necesite reafirmar autonomía; porque sí, este mundo es demasiado denso y demasiado de todo como para soportarlo en sobriedad extrema. Necesitamos morirnos un poco en dignidad; no de desamor cuando al amor se le da por recordar que no ama tanto; de vacío cuando a los padres se les da por morirse literal y castigarnos con su ausencia; cuando tengamos que hacer el duelo de algo o de alguien; o cuando no quede más remedio que hacerle duelo al duelo. Ese morirse un poco nos tiene que salvar a los hombres y a las mujeres, pero principalmente a nosotras, de cegarnos o que nos cieguen la vida, y le agradezco a este libro ególatra ese sinsentido.

En suma, parece que el mundo nos está exigiendo a las mujeres la egolatría, porque nos privó de autoreferenciarnos en una larga noche en el que el poder se nos hizo esquivo y apabullante. Ya ese mundo no se puede entender únicamente desde la mirada masculina, ya no puede ser ese el único referente, así que escribí esto para adular a Mariángela y su primer libro, y para celebrarla por ser tan atrevida. La diferencia entre la arrogancia y el egocentrismo-nuestro feminista es justamente esa, que es y debe ser colectivo, que potencia un “nosotras” y nos hace sujeto.

La luz de mis compañeras hace brillar la mía, la escritura de Mariángela me hizo entender que también he querido morirme un poco, y que he resucitado como ella. Que vengan entonces más creídas y arrogantes en las letras, en los discursos políticos, en los levantamientos estudiantiles y las revoluciones, y que los hombres nos carguen la cartera.

Feliz Navidad. 

      Periodista prueba

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