La decisión del ELN tendrá como consecuencia la reproducción del terrorismo

El posconflicto ha mostrado un aspecto indeseable pero real: la reproducción del terrorismo relacionado con el conflicto armado interno.

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La reproducción de la violencia en el posconflicto fue un tema que se abordó en diferentes escenarios de debate, previos a la firma del Acuerdo de Paz con las Farc. En palababra de Andrés Molano, “la perturbación que producen las distintas formas de reproducción, camuflaje, o transmutación del conflicto – esto es, la perpetuación de la violencia a él asociada por otros medios (…)”.

Quiénes y cómo reproducirían esa violencia era una de las incognitas. Se planteaban diferentes hipótesis, entre las cuales aparecía el ELN aparecía como uno de los posibles protagonistas.

El ELN decidió medir su propia acumulación de fuerzas y hacer el atentado terrorista en la Escuela de Cadetes General Santander. Un hecho que marcó una ruptura con el clima aparente de paz que procuraba irradiarse en el país como efecto positivo del posacuerdo con las Farc, generando una percepción de mejoramiento parcial de las condiciones de seguridad, principalmente por la ausencia de acciones armadas de las guerrillas y en la toma de poblaciones.  

De esta manera, el grupo insurgente le da  mayor importancia a la acción armada, desplazando a un nivel secundario el diálogo como asunto político esencial de negociación, obligando al Gobierno a responder militarmente.

El ELN creó un vacío de confianza y credibilidad sobre los verdaderos propósitos de paz, llevando el país al escepticismo. Por consiguiente, no pueden los insurgentes eludir las implicaciones del costo político, militar y social de su acción terrorista, conscientemente planificada y efectuada.

La cuestión de si el grupo insurgente se había estado preparando para la guerra en los últimos años, plantea también una preocupación: el retorno a la guerra de guerrillas como estrategia subversiva de posicionamiento militar y como forma de afectar algunas capacidades del Estado para obtener supuestas ventajas intermedias en otro eventual proceso de diálogos, en el futuro.

En consecuencia, el retorno a la guerra de guerrillas demanda de la Fuerza Pública y los organismos de seguridad reorientar esfuerzos, capacidades y recursos para enfrentar los métodos de ataque “del arte de la emboscada”, en donde la sorpresa constituye el elemento de mayor eficacia para los insurgentes.

Pero por otro lado, el ELN debe reconocer que declarar una ofensiva armada al Estado le va a producir un gran desgaste.

Sostener este tipo de acciones por tiempos prolongados terminará debilitando seriamente las capacidades humanas y logísticas de la organización insurgente.

Se considera entonces que la intensificación del asunto militar entre el ELN y el Gobierno sería transitoria, excepto si la Dirección Nacional  del grupo armado decide no negociar de manera definitiva con el Gobierno del Presidente Iván Duque.

Otro factor que tendrá incidencia en la perspectiva de reapertura de una mesa de diálogos es el momento internacional. Este se ha caracterizado por una convergencia mayoritaria de países para rechazar y condenar el terrorismo como práctica de acción política insurgente; situación que le restringe al ELN espacios de movilidad y apoyo en comparación a otras épocas.

De la posición negociadora del ELN en 1998, cuando en el conocido como Encuentro de Mainz (Alemania) se comprometía entre otros a cesar los atentados al oleoducto, suspender la “retención o privación” de las personas con fines financieros y no utilizar minas anti persona, el grupo insurgente ha pasado al uso de la violencia extrema.

Ese cambio de “gestos” en el marco de  procesos de diálogo, estaría significando las dificultades internas del ELN para estructurar un modelo de negociación unificado; contradicciones endógenas que serán muy difíciles de superar por el tipo de mando colectivo que tienen la organización.  

Un mando colectivo que se desarrolla a través de consensos y de frágiles mecanismos de mando y control jerárquico, que dan lugar a la autonomía de los jefes de frente y a la conformación de unas formas de dominios insurgentes locales para realizar acciones como el atentado a la Escuela de Cadetes. Un atentado sobre el cual Israel Ramírez Pineda (Pablo Beltrán), miembro de la Dirección Nacional del ELN,  manifestó desconocimiento.

Por otra parte, convertir el terrorismo en el elemento regulador del conflicto armado producirá en la población civil un sentimiento de desamparo y la consecuente exigencia de protección al Gobierno, lo que hará más arduo volver a encontrar alternativas de diálogo.

Todo parece señalar que el ELN ha dado un salto al vacío, produciendo una reacción social de rechazo con características similares a la del post Caguán (1998 -2002), cuando el sentimiento de decepción nacional con las negociaciones de paz del momento ocasionaron una respuesta del Estado encaminada a usar legítimamente la fuerza para enfrentar a las Farc y debilitarlas en el terreno armado.

El posconflicto entonces ha mostrado un aspecto indeseable pero real: la reproducción del terrorismo relacionado con el conflicto armado interno, situación que llevará a los colombianos a tener más mesura con las expectativas de paz, entendiendo que no se pueden esperar cambios precipitados en la reducción de algunas formas de violencia.

      Periodista prueba

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