Una Re-lectura Crítica a la Historia

La historia más reciente comprende desarrollos como la historia profunda, la gran historia, y las relaciones entre historia y complejidad. Echemos una mirada al tema.

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De manera atávica, los historiadores se especializan de diversas maneras. Unos son medievalistas, otros trabajan en historia de la ciencia, otros más en historia del arte; hay quienes son especialistas en el barroco, otros en el siglo XVIII francés, los hay que son latinoamericanistas, y otros más son expertos en el África subsahariana, y así sucesivamente.

De consuno, la forma normal como han trabajado los historiadores es elaborando líneas de tiempo y llenándolas con una variedad de métodos historiográficos, casi todo ellos con base en la archivística.

Y entonces relatan lo que sucedió, y en la forma en que tuvo lugar.

Las tres grandes tentaciones o males de los historiadores son los siguientes:

-El reduccionismo o el determinismo histórico. Es decir, creer o afirmar que el pasado no pudo ocurrir de otra forma que como tuvo lugar.

- La segmentación histórica, cuyo resultado es la especialización, ya mencionada. La historia es entonces entendida y explicada en términos lineales.

- Creer que la ciencia fue siempre una ciencia del pasado.

Estas tres deformaciones tienen efectos nefastos sobre la sociedad pues hacen pensar que la historia es un asunto del pasado, y que las líneas de tiempo pueden ser –metodológicamente- justificadas de la manera más propicia al momento.

La verdad es que la historia es una ciencia también del presente y nos ayuda a comprender el presente en el que vivimos, tanto como a elaborar consideraciones acerca del futuro posible que puede suceder.

Lo mejor de la historiografía actual ya no trabaja con líneas de tiempo, en absoluto: mucho mejor, elabora redes –por ejemplo, redes libres de escala- y comprende los acontecimientos en términos de entrelazamientos de escalas, dimensiones y contextos diferentes. La historia se ha vuelto magníficamente más compleja.

En verdad, sin constituirse necesariamente como “escuelas”, lo mejor de la historiografía contemporánea atraviesa por tres espacios diferentes pero que se implican recíprocamente. Uno es la historia profunda (deep history), ampliando significativamente la idea, ya clásica, de la historia de larga duración de Braudel (longue durée).

Al mismo tiempo, ha emergido, en un fantástico abordaje interdisciplinario, la gran historia (big history), que se permite cruzar contextos, atravesar planos, implicar marcos hasta entonces disímiles entre sí, en fin, aprender, literalmente, de complejidad. La gran historia representa acaso la más grande inflexión que ha tenido la historia y la historiografía, desde Tucídides, hasta la fecha.

En estrecha consonancia con las dos líneas anteriores, la historia profunda y la gran historia, ha emergido, finalmente, una sólida conexión entre historia y complejidad –tácitamente, las ciencias de la complejidad-. En efecto, es ya un lugar cada vez más amplio el reconocimiento de que las comprensiones lineales de la historia conducen a equívocos, malas comprensiones y falsedades.

Como un producto en cierto modo aleatorio de las conjunciones mencionadas, ha llegado a elaborarse, lenta pero de manera cauta, vienen emergiendo algunas elaboraciones de la “historia total”, un concepto originariamente acuñado por P. Vidal en 1960, esa época en la que se hablaba de comprensiones holísticas en diversos dominios del conocimiento.

(Hoy nadie serio habla de holismo, a menos que sea en el marcos de la pseudociencia, o algo semejante. Hemos alcanzado muchas mejores comprensiones que el holismo).

Pues bien, el caso es que la historia monumental, la historia lineal o la historia meramente positivista hacen cada vez más agua, y se tornan al mismo tiempo más insostenibles desde muchos untos de vista.

Todo esto, en un contexto en el que los gobernantes de turno y los políticos de marras han salido con otra idea brillante como todas las suyas: que la enseñanza de la historia de Colombia se convierta en una asignatura obligatoria. (Y entonces es de desear que no vuelvan las lecturas de Henao y Arrubla, o esa imperfección total de Indalecio Liévano Aguirre, y tantos otros trabajo y nombres de una época cada vez más caduca). ¿La justificación? La enseñanza de la historia en los marcos del posconflicto y la construcción de la paz.

Sería ideal que estos políticos y gobernantes se enteraran de los giros y vertientes de la historiografía de punta, en Colombia y en el mundo. Ello, en un país en el que la Academia Colombiana de Historia, análogamente a la Academia Colombina de la Lengua, jugaron papales eminentemente normativos y constrictivos, (= ideológicos) como lo pone suficientemente de manifiesto ese estupendo libro desconocido por la mayoría que es Colombia. Una nación en formación en su historia y literatura (siglos XVI-XXI), de N. González Ortega (2013).

La historia es un sistema vivo, no cabe la menor duda. Esto significa que el pasado está siendo permanente re-leído, re-descubierto, re-interpretado, tanto como el presente mismo está siendo esculpido y escrito a cada momento. Sólo que, y es una exigencia al mismo tiempo intelectual y moral de lo mejor de la ciencia de punta, el estudio de la historia debe ser concomitante con lo mejor de la investigación en cada momento. Esto vale, tanto más, a fortiori, para el estudio de las historias nacionales – para los países de América Latina.

La historia, una ciencia políticamente incorrecta, con cargas y consecuencias de largo alcance. Ditto: historia y complejidad.

 

      Periodista prueba

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