¡No son lo mismo!

Cada vez se hace más importante, en aras de construir una verdadera política educativa para el país, entender que escuela y educación no son sinónimos.

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Desde luego la escuela, como institución, tiene un papel fundamental para los sistemas educativos formales de una nación, pero la educación, como proceso, sucede en muchos escenarios y tiempos distintos a los ambientes escolares.

Ya, desde 1994, la Ley General de Educación se refería a la educación como “un proceso de formación permanente, personal, cultural y social que se fundamenta en una concepción integral de la persona humana, de su dignidad, de sus derechos y de sus deberes”. Esto desde luego debe pasar en la escuela, pero no solo allí.

Basados en esta comprensión de la educación, podremos entender que la ciudad, sus parques, sus museos y sus barrios son espacios educadores, pero también los son la televisión, los medios masivos, los libros, y por qué no las conversaciones del día a día, los viajes o las publicaciones de Facebook. Cosa distinta es la intencionalidad con la que todos estos espacios educan: los contenidos que suministran, las posibilidades de acceso o inclusión que brindan, y desde luego los mensajes que instalan.

Para entenderlo mejor vamos por partes. Lo primero es que, si no solo la escuela enseña, el aprendizaje es un proceso que se da, en muchos espacios y a lo largo de la vida. Un bonito ejemplo de esto es como aprendemos -y aprehendemos- un conjunto de tradiciones, formas de conducta, lenguajes, creencias y prácticas sociales que determinan nuestra manera de vivir y entender el mundo. Eso que llamamos cultura es un proceso de aprendizaje que ocurre permanentemente en todos los espacios que habitamos en tanto seres sociales.

La pregunta que podríamos hacernos es ¿si todo el tiempo aprendemos, por qué seguir dando tanta importancia a la escuela y no dejar que cada uno aprenda lo que quiera y pueda en el momento que a bien considere? Pues, entre otras cosas, porque en la escuela alojamos saberes que socialmente consideramos útiles para todos. Acceder a estos conocimientos permite que todos los ciudadanos podamos tener unos saberes básicos para entender el mundo, modelar procesos y proponer formas de transformar nuestros entornos. También la escuela es un espacio para el aprendizaje relacional, para conocer las opiniones de otros que no piensan como yo, para construir en espacios colaborativos y para aprender a vivir en colectivos.

En este marco, es importante resaltar la necesidad -cada vez más apremiante- de llegar a acuerdos sociales que nos permitan entender que el saber instalado (y gratamente expandido) en las escuelas no puede resolver ni atender todos los problemas sociales. Hay prácticas educativas, y por extensión sociales, que si bien deben ser trabajadas, no pueden ser endosadas a la escuela.

Hoy, como nunca antes, asistimos a la escuela y al maestro por extensión, que deviene toda clase de oficios y profesiones. Pareciera entonces que en la escuela debe responder por la salud pública, la ética profesional o la estabilidad democrática. Sin duda muchos de estos procesos son ejercicios educativos, profundos y necesarios, y muchos de estos saberes caben en la escuela, pero no es función de esta resolver toda la estructura social, pues al final de cuentas se aprende a ser ciudadano en todos los escenarios de la vida.  Así como cocina no es sinónimo de alimentación, escuela y educación ¡no son lo mismo!

      Periodista prueba

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