Ira y piedad

Palabras de apertura del Workshop "Emociones ante la guerra, emociones ante la paz: Una mirada crítica e interdisciplinaria a los discursos sobre el proceso de paz en Colombia" Universidad del Rosario, febrero 5 y 6 de 2019.

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La vida emocional oscila entre polos opuestos. Del mismo modo que el sentido de la vida oscila entre la búsqueda de aventuras para demostrar el propio heroísmo y la paciente construcción de refugios para protegernos del paso del tiempo, las emociones navegan entre la angustia y la serenidad, la agitación y la calma.

A menudo, a la excitación colectiva y el ruido de los muchos, se opone el silencio interior. En esas ocasiones, nuestra alma encuentra sosiego tomando distancia del perturbador bullicio social, asilándose y ensimismándose en actividades privadas y meditativas.

En otros momentos, ocurre sin embargo lo opuesto: la vida interior es sacudida por una tormenta anímica de la que pocos tienen noticia. Buscamos entonces descanso o distracción en el mundo exterior, en la vida social, en la conversación, la fiesta o la rutina.

Semejantes vaivenes nos recuerdan el carácter variable de estos juegos de oposiciones y su entrecruzamiento continuo. La angustia puede ser individual o colectiva, la serenidad interna o externa.

Las emociones no pertenecen a un lugar fijo y tienen el privilegio de poder cruzar impunemente todas las fronteras categoriales, los límites entre los conceptos con los que compartimentamos el mundo.

Esta ambivalencia de la vida emocional se manifiesta de manera destacada en su lugar de ocurrencia, en su constante tránsito entre el afuera y el adentro.

Hace parte de las emociones el que estas sean manifestadas exteriormente y compartidas socialmente, con palabras pero sobre todo con gestos, movimientos dramáticos del cuerpo y torsiones del rostro que requieren de actores, de público y escenario.

Pero en la vida social las emociones no solo se expresan, sino que también se construyen, se forman y educan. Vivimos las emociones compartidas aprendiendo de otros el modo de experimentarlas al mismo tiempo que intentamos enseñar a los demás nuestro particular modo de sentirlas.

Y es en ese lugar ambiguo y de frontera donde la emociones configuradas colectivamente se encuentran con su historia íntima, con aquellas modulaciones del alma que no siempre quedan completamente comprendidas o expresadas por su manifestación pública. Entre lo público y lo privado, lo exterior y lo interior, lo individual y colectivo, habita cada emoción vivida.

El columpio emocional también podría ser explicado de otra manera. Marcel Schwob describió en una ocasión el carácter ambiguo del corazón humano como un juego de contrapesos: "el egoísmo sirve para balancear la caridad", dice, y "la persona es el contrapeso de la masa; el instinto de conservación se alterna con el sacrificio por los demás".

La vida emocional no se escapa para Schwob de semejantes vaivenes. Según el brillante escritor y pensador judeofrancés, el corazón humano oscila entre el terror y la piedad. Si quisiéramos, podríamos contar una historia de la experiencia humana como el paso lento y difícil entre estos dos opuestos.

Schwob recuerda que fueron los antiguos quienes mejor expresaron el papel fundamental del terror y la piedad a la hora de comprender el abigarrado conjunto de emociones humanas. Y lo hicieron en esas magníficas síntesis de la vida emocional, a la vez dramáticas y narrativas, que son las tragedias griegas.

El terror en la tragedia surge cuando se amenaza el egoísmo vital con una fuente exterior. La piedad es, en cambio, el sentimiento que nos vincula a la necesidad de expandir la vida de todos. La tragedia no era por tanto otra cosa que un desequilibrio en la tensión permanente entre estas dos emociones.

Semejante vaivén entre el terror y la piedad llenaba por completo el escenario, recordándonos que la vida misma es también un escenario de actores en conflicto y espectadores emocionalmente afectados, oscilando cada uno, a su modo entre esos dos extremos.

La dinámica particular de la tragedia griega de la que habla Schwob nos puede servir también para describir los vaivenes de nuestra experiencia emocional de la guerra y del terror, pero también de la armonía y la paz.

Digo aquí "de la guerra" y "de la paz", enfatizando el genitivo, muy consciente también de que hay una oscilación en la comprensión de las emociones.

Las emociones son ora reacciones, "ante" o "frente" a la guerra y la paz, donde la emoción ocupa el lugar de los efectos y las consecuencias y de las formas correctas o incorrectas de reaccionar ante los acontecimientos históricos, ora como elementos constitutivos de la guerra y de la paz, como carne viva de su experiencia, ocupando el lugar de las causas y los motivos.

Extendiendo el argumento de Schwob, la tragedia humana se activa por el desequilibrio entre las pasiones: ante el predominio repentino y temporal del terror que llamamos violencia, la piedad es la necesaria compensación que restaura el equilibrio, permite que los espectadores queden satisfechos y logren el estado anímico colectivo que llamamos paz.

O, de otro modo, el sufrimiento constitutivo del terror trágico es la ausencia de paz en el alma, la ausencia de una libertad serena y piadosa.

Sin alejarnos del mundo occidental ni de los antiguos griegos, en ese solemne y arcaico relato de memoria histórica que es la Ilíada, la cólera de Aquiles y su posterior apaciguamiento equilibran el conjunto de la trama.

Aunque se ha escrito que la ira solo es un motivo poético en la Ilíada, la estructura del relato puede describirse en unos términos muy similares a los que usa Schwob para hablar de la tragedia griega: la ira de Aquiles ocuparía el lugar del terror, como potencia desbordada y funesta que trae consigo males a los aqueos y que debe ser compensada por la conmiseración y la piedad del héroe, al final del relato, cuando llora junto a Príamo conmovido por su súplica.

Recordemos brevemente la escena. En el último canto de la Ilíada, después de que Aquiles ha asesinado a Héctor en venganza por la muerte de Patroclo, Príamo, el anciano rey troyano padre de Héctor, realiza una valerosa acción contra todo pronóstico, alentado por Hermes.

En medio de la noche abandona la seguridad de sus murallas e interrumpe solitario en el campamento de Aquiles para suplicarle al héroe aqueo que le devuelva el cadáver de su hijo y así otorgarle los debidos homenajes fúnebres. Siguiendo las instrucciones de Hermes, Príamo abraza a Aquiles de las rodillas y besa sus manos asesinas, las mismas que han dado muerte a muchos de sus hijos.

Príamo entonces le infunde a Aquiles el deseo de llorar por su padre y pronto terminan llorando juntos, conmovidos cada uno por el recuerdo de sus muertos. En ese preciso momento se rompe el embrujo de la ira con la que inicia el poema y Aquiles, tras estar "satisfecho de llanto" como dice el texto homérico, por fin descansa:

"En cuanto el divino Aquiles estuvo ya satisfecho de llanto y este deseo se alejó de sus entrañas y de sus miembros, se levantó de su asiento y ayudó al anciano a incorporarse, apiadado de su canosa cabeza y de su canoso mentón."

El memorioso poema épico recoge así no sólo el desempeño virtuoso de los héroes muertos en batalla en cumplimiento de su destino mortal. También recoge la necesidad humana de desatar los nudos de dolor que habitan en el cuerpo por duelos irresueltos; recoge la posibilidad de que los enemigos en la guerra lloren juntos conmovidos a sus muertos.

En contraste con el poema arcaico precristiano, el ejercicio de memoria histórica contemporáneo es postcristiano, pues no se centra en recordar las acción virtuosa del héroe fallecido en cumplimiento de su destino, sino la pasión de la víctima inocente, su sufrimiento e inmolación, sólo comprensible como un sacrificio sagrado.

La tradición cristiana tuvo durante siglos el modelo de la pasión de Cristo, replicado en el martirio y penitencia de sus santos. Pero en nuestro siglo el modelo es más bien judío: el protagonista no es el alma individual, sino un pueblo, una comunidad que se ha ofrecido involuntariamente en holocausto.

Al terror del sufrimiento irracional e injustificado de los inocentes, sucede la piedad de los que lo contemplan. Y la historia sana, mediante el llanto de los espectadores en duelo permanente.

Es plausible que las cosas no hayan cambiado mucho desde la antigua Grecia o desde la Francia decimonónica de Schwob hasta hoy.

La comprensión de la vida y de la experiencia emocional colectiva como un teatro, con actores, escenario de conflicto y espectadores afectados o indiferentes, no es un recurso retórico del cual podamos fácilmente prescindir, sino una metáfora fundamental. Una Grundmetaphor, como habría dicho el lúcido filósofo alemán Hans Blumenberg, indispensable para poder pensar y hablar sobre una de las experiencias más hondas y complejas de la existencia humana.

La tensión entre el terror y la piedad sigue siendo además uno de los resortes que permiten explicar nuestras experiencias emocionales históricas, que no se dejan atrapar en un solo espacio, el de lo individual o lo colectivo, el del actor o el espectador, sino que navegan entre ellos, como ventarrones o fantasmas. Así es, como el aire, la vida del espíritu.

El título que pone entonces Francisco de Goya a uno de sus dibujos, la lámina 23 de la serie "Los desastres de la guerra", pintada entre 1810 y 1814, y que nos sirve de imagen de fondo al evento que inauguramos hoy, podría ser una guía en la comprensión del problema de la experiencia emocional de la guerra y de la paz, si lo formulamos como una pregunta: ¿Lo mismo en todas partes?

Pues también es muy probable que en cada contexto social particular, en cada acontecimiento histórico específico, la oscilación entre el terror y la piedad se haya vivido y se viva de una forma distinta, con sus propios gestos y expresiones, con su propio libreto y argumento y con un impacto distinto y variado en el conjunto de los espectadores de la tragedia y su conflicto.

No hay que olvidar que desde el principio espectadores y actores en conflicto han estado involucrados conjuntamente en la realización de las emociones colectivas del teatro de la vida.

La tarea de la historia cultural y del análisis cultural es indagar cómo se han sucedido tales modulaciones de la vida emocional a través de los tiempos y las culturas, recordando que las emociones no se dejan tan fácilmente atrapar entre barrotes de ningún tipo, incluso los temporales, incluso los de las lenguas y las costumbres.

El análisis cultural puede por ello indagar de qué modo, en cada acontecimiento histórico particular, se van entretejiendo colectivamente las distintas narrativas y discursos sobre la experiencia común de vivir emocionalmente la oscilación entre la guerra y la paz, sin olvidar el trasfondo común humano que persiste a lo largo de los siglos, tan difícil a veces de apresar.

      Periodista prueba

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