“Estas movilizaciones interpelan a las pruebas Pisa”

“Estas movilizaciones interpelan a las pruebas Pisa”

Por Natalia Arbeláez Jaramillo 09 de Diciembre de 2019

 

El martes salieron los resultados de las pruebas Pisa en los que nos rajamos en comprensión de lectura, pasamos de 425 a 412, en ciencias de 416 a 413 y en matemáticas solo aumentamos un punto, pasamos de 390 a 391.

Esto en un contexto de movilizaciones en las que Fecode, el sindicato de los profesores de la educación pública, uno de los convocantes del paro, marcha para exigir el cumplimiento del Gobierno de los acuerdos para mejorar su salario y su servicio de salud y otras personas los responsabilizan de los malos resultados de la educación básica y media dejar a los niños y jóvenes sin clases por los paros que suelen hacer.

La Silla Académica entrevistó a Mónica Bermúdez, profesora de la Facultad de Educación de la Universidad Javeriana, para analizar qué significan estos resultados y más allá de la respuesta inmediatista, qué retos tiene la educación en la era tecnológica.

Un tema sobre el que Bermúdez ha publicado varios artículos, entre ellos: “Escrituras contemporáneas y procesos de subjetivación política-juvenil. Reflexiones y desafíos para una pedagogía de la escritura en el contexto educativo” e "Internet un escenario de construcción y participación para niños y niñas de la primera infancia".

La Silla Académica: ¿Qué tan importantes son las pruebas Pisa para saber el estado de nuestra educación?

Mónica Bermúdez: Las pruebas Pisa deben ser un punto de llegada y no de partida.

Es importante preguntarnos qué pasó -hacerle preguntas a los resultados de la prueba como dice la ministra Angulo- pero no estructurar el plan de formación de las escuelas a partir de ello.

Además, cuestiono que se hagan mediciones de este tipo cuando todavía no hay unas condiciones que potencien el desarrollo de los estudiantes ni la labor docente, cuando los profesores todavía tienen que marchar por un trabajo digno, sobre todo, en la educación pública básica y media, a la que acceden los estratos uno, dos y tres, principalmente.

LSA: ¿Qué pruebas le parecen entonces más adecuadas?

M.B.: No soy partidaria de las pruebas en general porque pueden tener el efecto perverso de reducir la labor del maestro a la preparación para las pruebas, cuando su función es social. La Silla Vacía contó cómo en el Gobierno Santos se hizo una gran inversión en la preparación para estas pruebas y se obtuvieron buenos resultados, que no necesariamente implicaron una transformación educativa.

Los discursos padecientes tras los malos resultados, que ponen en cuestión la labor docente, no se traslada a lo realmente importante que es que haya una política pública de educación de Estado que no varíe sustancialmente con cada gobierno de turno.

A Colombia le preocupa mucho lo que digan de ella, pero el adentro es algo en lo que falta trabajar.

Los resultados de las Pisa nos dan pena, pero la discusión se queda en un nivel superficial.

Mónica Bermúdez

Somos un país moralista: estos resultados nos dan pena, pero la discusión se queda en un nivel superficial.

LSA: ¿Cómo podemos entonces saber cómo va el país?

M.B.: Otras mediciones me parecen más importantes y más dicientes: qué tantos profesionales se forman en Colombia, en la Universidad Pedagógica, por ejemplo, de cada 60 mil estudiantes que se presentan pasan 5000. O cuántos doctores se gradúan.

Las pruebas Pisa son un instrumento de medición de la Ocde y, por ende, están alineadas con el tipo de persona que requiere una economía de mercado. No digo que no sea importante saber cómo estamos en lectura, ciencia y matemáticas, que son los énfasis de las Pisa, pero Colombia tiene unos problemas graves hacia los que debe mirar la educación como la corrupción, la desigualdad, la reconciliación, la reconstrucción de la memoria.

En ese sentido, habría que revisar qué entienden las Pisa por lectura crítica porque la movilización es una forma de lectura crítica.

Y las movilizaciones que estamos viviendo actualmente -aunque sean inéditas- dan cuenta de que no estamos adoleciendo de personas críticas en diferentes edades y clases sociales.

Estas movilizaciones le están haciendo una interpelación a las pruebas Pisa.

LSA: ¿Qué tanto mejoraría la educación si los de Fecode consiguen lo que piden en el pliego del paro?

M.B.: En el pliego, Fecode está pidiendo que se cumpla lo acordado con el Gobierno en 2017 y 2019, que tiene que ver, principalmente, con el mejoramiento de su sistema de salud y con la evaluación docente que determina el ascenso y el salario.

Más allá de lo puntual, para que mejore sustancialmente la educación son fundamentales al menos tres cosas.

LSA: ¿Cuáles?

M.B.: Primero, el reconocimiento intelectual de los profesores, de su capacidad de incidir en otras personas y en el progreso de una sociedad. Latinoamérica ha tardado mucho en entender esto.

Hoy nos limitamos a celebrar el día del profesor el 15 de mayo. En Finlandia, que ocupó el sexto lugar en lectura y ciencias de las prueba Pisa, los profesores son valorados por el impacto que tienen en los cambios sociales y culturales en una sociedad.

Los resultados de las Pisa nos dan pena, pero la discusión se queda en un nivel superficial.

Mónica Bermúdez

Colombia no debería imitar a otros países en los resultados de las pruebas Pisa sino en lo estructural que tiene que ver con cerrar las brechas socioeconómicas que impactan los resultados.

Segundo, el reconocimiento económico. En la educación pública, especialmente, las condiciones laborales de los maestros no son muy buenas y eso desestimula que los jóvenes quieran convertirse en maestros.

En la Universidad lo vemos. Mientras a carreras como Derecho o Artes Visuales se presentan cerca de 200 estudiantes, de los cuales escogen los mejores y pasan entre 60 a 75, en Educación difícilmente llegamos a 20 y pasan 15. De hecho, medicina, que tampoco tiene salarios muy altos, por lo menos goza de reconocimiento social y se siguen presentando muchas personas.

Se desestima que alguien quiera estudiar para “enseñarle a jugar a los niños” como si eso no tuviera una ciencia y unos efectos trascendentales en la formación. Cuando uno dice que estudia educación la reacción es de poca valoración e incluso desaprobación.

Tercero, es necesario reconocer la escuela como un espacio de investigación, de producción de saber y de intercambio de experiencias. Eso implicaría, por ejemplo, que profesores colombianos pudieran hacer estancias de seis meses en otros países y que profesores extranjeros vinieran a orientar clases aquí, esto es solo un privilegio de las universidad, y de algunos colegios privados actualmente.

 

LSA: Muchos han tildado a Fecode -uno de los convocantes del paro actual - como el responsable de que los estudiantes no avancen, por estar concentrados en promover sus intereses, por hacerle perder a los estudiantes clase, ¿Qué tanto es responsabilidad del gremio de los profesores?

M.B.: Fui maestra de colegio durante 10 años y no me siento representada por las directivas de Fecode, no son líderes que inspiren y no veo una propuesta académica que reivindique el lugar intelectual de los maestros en el trasfondo de sus reclamos. Veo más resentimiento y luchas de poder internas. De otro lado, creo que también hay un Estado que ha rechazado el magisterio.

Y, volviendo a las pruebas Pisa y a los malos resultados en comprensión de lectura, hay que decir también que a veces tampoco los maestros leen ¿Cómo van a inspirar a otros a que lo hagan?

LSA: La Ministra de Educación dice que tenemos que obsesionarnos con mejorar la comprensión de lectura en los primeros años. Usted tiene un artículo sobre el rol de la tecnología en niños y niñas en esa etapa ¿ahí puede haber una clave para mejorar en todos los indicadores?

M.B.: La forma de enseñar se tiene que transformar para aprovechar la interactividad, hipertextualidad y conectividad que ofrecen las nuevas tecnologías.

No es que los niños y jóvenes no lean o no escriban, esa es una idea moralizadora, sino que la tecnología transformó la manera como lo hacen. Es muy diferente leer un texto escrito que leer un contenido multimedia, o leer o escribir en aplicaciones que tienen muchos íconos, imágenes, colores, tipos de letras, lo cual integra formas expresivas que derivan en un nuevo tipo de lector y de lectura.

En 2018 se radicó en el Congreso un proyecto de ley que busca prohibir el uso del celular en el salón de clase. Algo que privilegia la forma de enseñar en la que el profesor transmite el conocimiento y el estudiante se limita a ponerle atención. Bajo esa lógica el celular es la competencia del profesor.

Y una competencia muy dura: a veces los ve uno tristes en clase y les pregunta qué les pasó: ‘se me quedó el celular en mi casa’. ¿Y por eso está triste?: ‘sí profe, ahí tengo mi música, mis amigos, mi grupo de la familia, el de los compañeros del colegio; la vida entera se les queda ahí.

Por qué no más bien proponer actividades en las que los estudiantes tengan que recoger datos para resolver un interrogante, y el celular sea una herramienta para ello.

El llamado es a que los profesores integren las nuevas prácticas digitales con las análogas del libro. Algo que además de ayudar a profundizar en el conocimiento, puede dar lugar a que los niños y jóvenes hagan lecturas más críticas y transformadoras.

LSA: ¿En qué sentido?

M.B.: Harry Potter es un buen ejemplo de lo que se conoce como “interacción por trayectos”. Los niños pueden leer el libro, ver la película, jugar el videojuego, armar el lego, y si todo esto está mediado por un profesor que ayude a contextualizar, problematizar, elaborar el contenido, la profundización del saber puede ser muy potente y divertida, que no es algo tan común en la escuela. Todavía prima la idea de que el sufrimiento es garantía de que los estudiantes construyan o apropien el saber.

Las nuevas tecnologías imponen cada vez más que los estudiantes puedan autogestionar sus intereses y gustos, de ahí el poder que les asignan y la fascinación por su uso.

¿Dónde están los niños y jóvenes encontrando cosas interesantes?: en las redes sociales, en WhatsApp, en Youtube. Lo que la escuela puede hacer es traer a clase los contenidos que circulan por ahí e interpelarlos y problematizarlos.

No se trata de usar las redes sociales con los mismos fines que lo hacen las personas sino con un fin pedagógico.

LSA: ¿Con las nuevas tecnologías la labor de los profesores es cada vez más reducida?

M.B.: Hicimos un experimento con niños y niñas de preescolar para ver cómo se las ingeniaban para escribir algo en aparatos electrónicos. Lo que encontramos es que evaden hacerlo, usan el micrófono de Google para buscar algo o la nota de voz de WhatsApp para comunicarse, por lo que la escritura sigue siendo algo que se aprende a través de los maestros.

También hicimos experimentos con niños y niñas de cinco años de un jardín infantil para ver qué hacen cuando juegan solos con una tableta.

Lo que encontramos es que las diferencias de género siguen persistiendo aún con lo digital. Los niños se meten a juegos de armar aviones, construir casas, que los desafían, mientras que las niñas juegan a vestir muñecas. Algo que tiene que ver con la historia familiar que rodea a los niños, la distribución de roles que ven en sus casas o que les refuerza la publicidad, por ejemplo. Ahí los maestros tenemos un trabajo arduo problematizando formas tradiciones de relación y poder.

Con quienes se están formando como educadoras infantiles en la Javeriana, estamos creando experiencias digitales a partir de los cuentos de hadas tradicionales que ayuden a modificar las ideas sobre los roles de los hombres y las mujeres y también a resolver dificultades, por ejemplo.

LSA: ¿Qué tanto los profesores y profesoras, y los padres de familia, están familiarizados con internet y su mejor uso para potencializar la educación?

M.B.: No lo están. Para ello es necesario que tengan primero la disposición de aprender y de explorar la tecnología, porque observo cierto miedo de acercarse.

Algunos profesores, además, temen perder la autoridad porque anteriormente tenían el monopolio del conocimiento, hoy lo comparten con los estudiantes que lo van construyendo a partir de la interacción con la tecnología. Mientras hablamos en el salón de clase, muchos están confirmando en Google si es cierto lo que estamos diciendo.

Eso pasa también con los papás, porque en temas tecnológicos los hijos les llevan la delantera.

En todo caso no es solo cuestión de disposición de los profesores, la inversión que haga el Estado en su formación en las nuevas tecnologías es fundamental.

LSA: Usted dice que los jóvenes se ven seducidos por lo digital porque les ofrece oportunidades que deberían ser extrapolables al salón de clase ¿cuáles?

M.B.: Hice mi investigación a partir de entrevistas a jóvenes colombianos y argentinos y encontré tres ventajas que destacan del uso de la tecnología.

Primero, les permite autogestionarse, hacer actividades por sí mismos y de acuerdo a sus intereses. Dentro de los límites de las redes sociales, pueden escoger qué imágenes, fotos, comentarios compartir.

Segundo, aumenta la participación. Mientras en el salón de clase muchas veces el profesor habla y habla y no le da la palabra a los estudiantes, en las redes sociales se expresan en el momento que quieran.

Tercero, fomenta el diálogo, el intercambio, en cuanto pueden comentar lo de otros amigos, incluso lo de sus artistas favoritos, por ejemplo, y reaccionar a eso.

No podemos perder de vista que estamos en un momento de profundización de la individualización, de fortalecimiento del narcisismo, de valoración del éxito muy neoliberal, pero al mismo tiempo los jóvenes ven como algo afirmativo las oportunidades para expresarse y contactarse con otros en ambientes on-line.

LSA: Usted dice que el reto de enseñar a escribir con las nuevas tecnologías es desprenderse de la idea que la escritura debe estar alejada de las emociones y pasiones. Las redes exacerban el odio y la polarización en parte por eso ¿Cuál sería el efecto de reforzar también esas características en las aulas?

M.B.: Las redes sociales son espacios libertarios, que promueven la impulsividad y la capacidad de reacción inmediata. Facilitan el anonimato y avalan la escritura informal. Eso hace que prime muchas veces la emoción sobre la racionalidad y haya lugar a una especie de “escritura vandálica”. No creo que la escuela deba reforzar eso sino traerlo al salón de clase para problematizarlo y ayudarle a los niños y jóvenes a volverse responsables de sí, de su palabra.

Para citar:

Bermúdez, M.(2017). Escrituras contemporáneas y procesos de subjetivación política-juvenil. Reflexiones y desafíos para una pedagogía de la escritura en el contexto educativo. Revista Folios, n°46, 67–82. Universidad Pedagógica Nacional

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