"Lo que le pasó a Claudia Morales, nos pasó a todos"

"Lo que le pasó a Claudia Morales, nos pasó a todos"

Las reacciones públicas a las declaraciones de la periodista Claudia Morales sobre su violación por parte de un ex jefe son un espejo de cómo muchas universidades han reaccionado a las violaciones de estudiantes, que son mucho más frecuentes de lo que la gente se imagina, con la diferencia de que han empezado a reflexionar sobre mejores caminos y a adoptar medidas para hacerlo.

A partir de una ponencia sobre Violencias Basadas en Género y Sexualidad (Vbgs) en espacios universitarios escrita por Claudia Rivera, profesora de Antropología de la Universidad Javeriana y Diana Ojeda, profesora del Instituto Pensar de la misma universidad y quien coordina el grupo de “Espacialidades Feministas”. Y con las reflexiones de Mónica Godoy, antropóloga feminista de la Universidad Nacional y Nora Picasso especialista en temas de género, profesora de la Universidad de Los Andes y ex coordinadora del movimiento #noesnormal, la Silla Vacía saca cinco lecciones que el país puede aprender del #metoo en las universidades para reflexionar sobre el caso de Claudia Morales y los que están por salir a la opinión pública:

1 La violencia sexual no es un asunto privado

Diana Ojeda
“Se piensa que es un dolor que debe ser acallado, una situación privada. Deberíamos asumir que lo que le pasó a Claudia Morales nos pasó a todos”

Mientras que se asume que violencias como la del conflicto armado y del crimen organizado son un asunto que les concierne a todos, las violencias sexuales se tratan como casos aislados y particulares.

Por ejemplo, en las universidades, como dice la ponencia, en algunos casos se ha evadido la responsabilidad cuando el abuso sexual entre estudiantes o entre profesores y estudiantes ocurre en fiestas o salidas a terreno porque consideran que se cometió por fuera de sus instalaciones y que por tanto es un asunto privado, y por eso ha habido un debate interno para extender el concepto de comunidad universitaria no sólo a las cuatro paredes del campus sino a todos los lugares donde se desarrolla la vida universitaria (fiestas, prácticas, salidas, redes sociales, etc.).

Esa idea de que la violencia sexual sólo le concierne a los directamente involucrados es una extensión del tabú que hay en torno a la violencia intrafamiliar, expresado en la frase “eso es problema de ellos” y al maltrato infantil, “los papás sabrán como los corrigen”.

Como la violencia sexual suele suceder entre personas que tienen una relación de confianza y/o familiaridad como le sucedió a Claudia Morales, el mayor peligro para las mujeres está, precisamente, en sus casas y oficinas. Y si eso se considera un ‘asunto privado’ no hay forma de combatirlo ni de ayudarle a las víctimas pese a que las cifras sean abrumadoras.

2 Ante una violación, la víctima dice lo que puede

Mónica Godoy
“Claudia habló como podía hablar. Que haya hecho parcialmente su denuncia demuestra las limitaciones que tiene, más aún cuando el agresor es un hombre poderoso. La sociedad colombiana no está preparada para escuchar, porque ha demostrado ser eternamente infantil por la incapacidad de ser empáticos, de ponernos en el lugar del otro. Lo que hacemos es pensar qué habríamos hecho pero desde nuestras condiciones particulares. Eso nos lleva a juzgar en vez de indignarnos y acompañar a la víctima”.
Nora Picasso
“La mirada a la denuncia de Claudia debe ser otra. No todo gira en torno a los hombres, el objetivo de hablar no es necesariamente que a alguien lo metan a la cárcel, el objetivo puede ser sembrar un camino para que otras mujeres puedan alzar la voz. Este es un primer paso. Después de miles de años de estar calladas, las mujeres se están transformando gracias al apoyo entre ellas”

La ponencia de Ojeda y Rivera muestra que alrededor de los casos de violencia sexual en las universidades se hacen muchos pactos de silencio, no necesariamente explícitos.

Las razones son múltiples.

En el caso de las víctimas, lo que prima es el temor. Una estudiante abusada lo piensa dos veces antes de denunciar, porque teme no poderse graduar, ser mal calificada en una materia o al sustentar su tesis o, no poder tener una carta de recomendación que necesite, por retaliaciones del violador o de los colegas de éste.

Las instituciones, por su parte, muchas veces buscan preservar su buen nombre y también hay una lealtad entre colegas o entre profesores y estudiantes que se consideran brillantes y, por tanto, cuando conocen del hecho hacen hasta lo imposible por estar de su lado y por no tocar el tema: “yo no creo que él pueda hacer eso”, es lo que se suele decir.

Por eso, con frecuencia se duda y sospecha de las denuncias; se cree que pudo haber sido un malentendido o una revancha por una mala nota; y se cuestiona el tiempo que pasa entre la violación y la acusación.

¿Por qué esperó tantos años para denunciar?, es una pregunta que con frecuencia se hace, tal como ahora sucedió con la denuncia de Morales. Pese a que los expertos saben que suele ser el tiempo que necesita una víctima para reponerse de lo sucedido después de un intenso trabajo psicológico.

La incredulidad frente a las acusaciones tiene que ver también con que se considera que hubo una relación consentida cuando no necesariamente lo es, ignorando, por ejemplo, la relación de poder que hay entre el victimario y la víctima.

La misma sospecha sucede si la violación ocurrió bajo el influjo de drogas o alcohol, como si el consentimiento para una relación sexual no tuviera que ser explícito y con una persona que esté en condiciones de consentir.

Frente a la falta de denuncias formales, algunas universidades optan por no dañar el nombre del victimario.

Generalmente, al abusador no se le renueva el contrato en la universidad, pero no queda ninguna anotación y no se puede consultar luego la razón de su despido, mientras que la denuncia que puso la estudiante o la profesora es archivada en su hoja de vida.

Incluso las profesoras que acompañan estos casos en las universidades suelen quedarse solas porque las instituciones muchas veces no quieren que se afecte su buen nombre, así como de los colegas hombres quienes a menudo se sienten amenazados.

3 La violencia sexual está conectada con otras formas de violencia

Monica Godoy
“La denuncia de Claudia Morales nos pone de frente con las desigualdades profundas que continúan existiendo entre hombres y mujeres en el mundo laboral. Un varón con un cargo de poder puede agredir sexualmente a una subalterna, intimidarla con lastimar a su familia y amedrentarla con dañar su carrera. Ese comportamiento al parecer es más común de lo que pensamos y vincula varias formas de violencia: sexual, económica, psicológica y simbólica”.

La violencia sexual está conectada con otras formas de agresión que no se quieren ver como tal o que se consideran legítimas y que pasan por la “normalización” de situaciones que no lo son.

Aunque no son comparables a un abuso sexual, hay continuidades en las agresiones. Por ejemplo, se cree que un piropo no es acoso o que es normal que un profesor hable de las piernas de una estudiante en clase. O se disfrazan formas de agresión con la etiqueta del amor, como exigir a la pareja que deje de ser amiga de su ex en Facebook, así lo muestra Natalia Moreno, una antropóloga de La Javeriana, en su tesis “Del afecto al amor: análisis etnográfico de la construcción de afecto en jóvenes universitarios”.

También tiene que ver con el machismo estructural de la sociedad, que hace que los hombres sientan que son superiores y que pueden disponer de las mujeres.

En las universidades, que no son ajenas a lo que pasa en otros sectores, pese a haber escalafones docentes, las negociaciones a puerta cerrada muchas veces terminan beneficiando a los hombres en términos salariales, de carga administrativa, de recursos para investigar.

Para combatir este machismo, que termina siendo caldo de cultivo de violencias sexuales, algunas universidades han comenzado a adoptar medidas para garantizar la equidad en su interior, como el Observatorio de Género de la Universidad Nacional que ya tiene experiencia en atención a las víctimas.

4 Las violaciones no son “errores”

Mónica Godoy
“Es probable que el agresor de Claudia Morales haya violado con anterioridad a otras mujeres en situación de subordinación, o bien, que lo repitiera luego. Cuando existe la certeza de que estos actos criminales no le acarreará ninguna consecuencia grave, este comportamiento se fortalece alentado por la impunidad...Quizá si a Claudia se le da el acompañamiento suficiente ella podría tener las garantías para hablar más extensamente”.

Hasta ahora casi todas las universidades están trabajando en tener protocolos para atender los casos de violencia sexual para que la víctima no tenga que repetir la misma historia en diferentes instancias y revivir lo sucedido una y otra vez, lo que las hace sentir doblemente violadas, como analiza Verónica Mesa en su tesis de maestría de estudios culturales de la Javeriana.

Esto para combartir la demora y los costos económicos y emocionales por los que muchas mujeres violadas no denuncian, así como, la falta de pruebas o el desconocimiento de las personas que atienden los casos lo que impide que se condene a los responsables.

Esto ha generado en el pasado un círculo vicioso pues ante la falta de condena del agresor, las oficinas jurídicas de las universidades se han cuidado de no incurrir en expulsiones o despidos sin justa causa.

Por eso, muchas veces, en el caso de profesores, por ejemplo, simplemente no se les ha renovado el contrato y éstos han terminado dando clase en otras universidades de la ciudad o de las regiones.

Con el agravante que lo que muestra la experiencia es que no son “errores” que cometen una vez sino su modus operandi y cuando se conoce un nuevo caso, sale a la luz que el abusador tenía ya otros casos de abuso de décadas atrás.

5 El sufrimiento de la víctima no para

Claudia Rivera
“Claudia Morales ha recibido una oleada de críticas por “haber esperado ocho años” para hablar, por “no tener pruebas” y por “estar haciendo una jugada política”. Pero es difícil exigirle a una víctima contar cuando en muchos casos las amenazan con ser violentadas de nuevo y cuando la reacción una vez rompen el silencio, es cuestionar su versión, sus motivaciones y hasta su salud mental. Limitarse a adivinar quién es el agresor, o por qué Claudia lo dice ahora (y muy poco se menciona el marco transnacional de esa denuncia, como la campaña de #Metoo), no sólo la revictimiza sino que deja de lado lo verdaderamente importante: que se trata de violencias estructurales y no de fenómenos privados”.

Los estudios muestran que el impacto negativo de la violación en el desempeño académico de la víctima es inmediato. Muchas sufren de depresión, ansiedad generalizada, ataques de pánico, tienen intentos de suicidio y no vuelven a clase, a veces no terminan ni siquiera sus carreras.

Dentro de los casos que acompaña el grupo Espacialidades Feministas, hay muchas estudiantes que luego de ser acosadas o abusadas, no se atreven ni siquiera a acercarse a la universidad por los efectos que les produce revivir lo sucedido.

Partiendo de una iniciativa de Los Andes, las universidades han creado redes de seguridad para que la víctima nunca esté sola, las personas hacen turnos para acompañarla del salón al baño, de la universidad a la estación de Transmilenio, de ahí a su casa.

Pero el sufrimiento no termina ahí. Cuando las víctimas se atreven a denunciar o el caso sale a la luz pública, los medios de comunicación y la opinión en general lo suelen manejar con amarillismo, lo que se convierte en una doble abuso.

    Periodista prueba

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