A pesar de sus simpatías, Petro no podría ser un Chávez

A pesar de sus simpatías, Petro no podría ser un Chávez

El principal miedo que ha creado la oposición a Gustavo Petro en esta campaña es que, dada su ideología de izquierda, su populismo y su amistad con el fallecido presidente de Venezuela Hugo Chávez, puede llevar a Colombia a una crisis como la que vive ese país producto, precisamente, de políticas similares a las del régimen chavista.

Sin embargo, eso es muy difícil porque a pesar de que Petro sí mantiene una admiración por Chávez y su obra, y además tienen estilos de liderazgo  similares, el contexto colombiano es muy diferente al del país vecino y el exalcalde de Bogotá no sólo ya ha marcado distancia frente a lo que allí ocurre, sino que en caso de ser elegido contaría con unos contrapesos que harían muy difícil destruir la institucionalidad de Colombia de esa manera.

Pero eso no implica que la confrontación política no pueda agudizarse, como ha ocurrido durante el chavismo.

Las simpatías

Petro es un admirador de Hugo Chávez. Él y compañeros del M19 lo trajeron a Bogotá en julio de 1994 una vez quedó libre por el frustrado golpe de Estado que había dado dos años antes.

Sobre ese episodio, Petro dijo: "encontramos una sintonía ideológica en la lucha contra la corrupción y el discurso bolivariano". Y José Cuesta, exmilitante del M19 y uno de los artífices de esa visita, que encontraron “rasgos de semejanza política entre el movimiento liderado por Chávez en Venezuela” y el Eme, y que se identificaron con él porque “fue capaz de recoger las banderas del pensamiento de Simón Bolívar”.

Esa simpatía se mantuvo el resto de los 90 y, dos años después de que Chávez ganó la Presidencia contra la clase política tradicional en 1998 y tramitó el cambio de Constitución, Petro declaró, como representante a la Cámara por Bogotá, que ese proceso equivalía a “lo que hizo el M19 en la Asamblea Constituyente de 1991” y que “el proyecto bolivariano es el primer proyecto democrático de América Latina”.

Sus alusiones a que Chávez comenzó a concretar lo que siempre había anhelado el M19 fueron constantes en los años siguientes.

Y hasta marzo de 2013, cuando murió el líder venezolano, Petro, como Alcalde de Bogotá, manifestó su admiración por él y asistió a su funeral.

Con Maduro ha sido ambiguo: ya lo ha llamado “dictador” y no reconoció los resultados de las recientes elecciones, pero con él en el poder fue que publicó su controvertido trino intentando negar la escasez de alimentos en Venezuela, y respaldó la convocatoria a la Asamblea Constituyente el año pasado, cuando la mayoría de países no lo hizo considerando que se debía respetar al Congreso ya elegido. Además, su programa no incluye cómo manejar específicamente las relaciones con él.

Pero en lo que más coincidieron los cinco analistas consultados para esta historia es en que Petro ha forjado un estilo de liderazgo similar al de Chávez, que se fundamenta, sobre todo, en un caudillismo que pone su propia figura como la que logra hacer cambios, sobre todo porque se conciben a sí mismos como los capaces de romper un estado de cosas histórico.

“Chávez terminó asumiendo un programa personalista, que no sólo pretendía que Venezuela se transformara, sino que él fuera el que lo hiciera”, explica Ronald Rodríguez, investigador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario.

Petro como Alcalde, sobre todo tras la destitución que le impuso la Procuraduría (que ya se estableció fue arbitraria) también dejó ver una tendencia a mostrarse como caudillo en sus discursos en la Plaza de Bolívar. Y en general, nos dijo un exasesor suyo que pidió no ser nombrado para que no lo involucren en política, durante su administración perdió un sentido de construcción colectiva que había mostrado hasta antes de ser elegido.

Alrededor de eso se ha configurado una narrativa que asemeja a Petro con Chávez, y es una razón para que antiguos aliados suyos como el exconcejal Carlos Vicente de Roux (con quien Petro denunció el carrusel de la contratación) se hayan distanciado porque consideran su proyecto “mesiánico, semidictatorial y caudillista”.

Lo del estilo no es meramente formal.

Sin mayor discusión fue que Petro le cambió el objeto social al Acueducto en una sesión de junta directiva con el fin de colgarle la recolección de basuras y así poder sacar adelante su proyecto de aseo. Cinco años después, la decisión la declaró ilegal un tribunal porque para hacer eso debía pasar por el Concejo.

También bajó las tarifas de Transmilenio sin haber terminado la negociación con los operadores privados, sin el visto bueno de sus principales asesores y sin tener un respaldo para tapar el hueco financiero que finalmente se formó.

“Petro ya demostró como Alcalde que tiene talante autoritario y no escucha a los técnicos”, le dijo a La Silla Vacía Jorge Giraldo, Decano de Ciencias y Humanidades de Eafit que recientemente lanzó el libro “Populistas a la colombiana”  (en el que trata el caso de Petro) y eso lo que genera es un ambiente confrontacional que puede terminar en inestabilidad política y económica para sacar adelante tareas pendientes como la implementación del acuerdo de paz, el manejo de la economía y de problemas como migración venezolana.

Su mera elección, y sin que siquiera se posesione, podría generar un mensaje negativo y de prevención entre el empresariado, basado precisamente en el temor a su estilo de gobierno, agrega Giraldo.

Es muy difícil, en todo caso, que eso lleve a que Colombia se convierta en otra Venezuela, incluso si Petro quisiera seguir el camino de Chávez, algo que él ya ha descartado.

Las diferencias y los riesgos

Tres de las cinco fuentes con las que hablamos que conocen el panorama venezolano coinciden en que la principal diferencia entre ambos es que Chávez fue militar y Petro no, por más que éste haya sido guerrillero, ya que tiene una trayectoria en la civilidad de casi 30 años.

“Es una diferencia de cosmovisión: un militar tiene una formación muy diferente a la de un civil en la forma de mandar, porque se educa en la obediencia y mantiene lógicas piramidales”, dice Ronald Rodríguez, investigador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario.

“Petro, por ejemplo, ha sido profesor universitario. Eso y su trayectoria política dentro de las instituciones hace que su forma de entender y de aproximarse a los problemas marque una diferencia con respecto a los militares. El civil sabe que tiene que interactuar con otras fuerzas, y un político de izquierda en Colombia sabe que debe negociar para escalar políticamente”.

Y es que además de las muestras que ha dado sobre su estilo caudillista y autoritario, también ha demostrado apertura a la negociación para alcanzar metas como gobernante, que incluso lo muestran como un político pragmático.

Su trayectoria política, por ejemplo, es fruto del pacto que significó la Constitución del 91, que él impulsó y en cuya redacción participó como parte del M19.

Hace ocho años, una vez perdió su primera campaña presidencial, intentó llevar a su entonces partido, el Polo, a un acuerdo con el recién elegido presidente Juan Manuel Santos (entonces el designado de Álvaro Uribe, de quien Petro había sido un férreo opositor). En su Alcaldía, además, les ofreció a los concejales cuotas en el gabinete para lograr gobernabilidad, y de hecho La U y los conservadores los tuvieron (aunque no como parte del acuerdo público de gobierno que inicialmente anunció).

Y a pesar de que, por otra parte, Petro tiene una postura muy crítica sobre el juego del sector privado en la prestación de servicios públicos, mientras fue Alcalde le siguió dando juego sin modificaciones sustanciales, fuera por su incapacidad de cumplir lo que había prometido (como en el caso de las basuras y de Transmilenio) o porque terminó admitiendo que sacar a los privados no era el camino (como ocurrió con los colegios en concesión, de los que mantuvo 22 de 25). En este caso Petro supo entender razones, le dijo a La Silla su secretario de Educación, Óscar Sánchez.

Durante su Alcaldía, además, el número de sociedades extranjeras en Bogotá aumentó constantemente, algo que rescatan mucho los militantes de Progresistas como argumento contra quienes critican el sesgo anti sector privado de Petro y la supuesta desconfianza que genera para los inversionistas.

El periodista venezolano Boris Muñoz, editor de la edición del New York Times en español, agrega que, en definitiva, la trayectoria de Petro lo hace más curtido en esas lides de la política de lo que era Chávez antes de llegar a la Presidencia, “y eso le servirá para calibrar sus decisiones”.

Y si las trayectorias personales marcan una diferencia, el contexto de cada país es quizás lo que más pesa a la hora de prever lo difícil que sería que Colombia se convirtiera en una nueva Venezuela a instancias de Petro.

Primero porque aunque la apuesta de Petro necesariamente implicaría que el Estado incremente su gasto social (educación, salud y protección del medio ambiente, por ejemplo), no contaría con la chequera petrolera del régimen chavista.

“Luego de que Chávez llegó al poder aumentaron los precios del petróleo y eso le permitió ampliar la planta del Estado de forma astronómica y aumentar política social de manera brutal, por ejemplo con las misiones en los barrios. Fue un derroche de recursos sin mayor control, un tren de gasto muy alto que incluso le hizo ganar prestigio internacional en su momento, pero después de la caída de los precios del petróleo su retroceso ha sido sustancial”, nos dijo Rodríguez, del Observatorio de Venezuela.

Petro tiene uno de sus principales argumentos contra quienes lo llaman chavista en que él no quiere repetir ese error y por eso le apostará a la diversificación de la economía, sobre todo desarrollando el sector agrícola como forma de encontrar alternativas de ingresos a la renta petrolera, y para eso impulsará una transición.

Chávez en su momento también habló del “desarrollo endógeno”, es decir, del impulso a sectores productivos del país diferentes al petrolero, “pero lo que hubo fue una destrucción de la capacidad productiva, sobre todo después del golpe de Estado que le dieron en 2002, cuando él identificó al sector privado como su enemigo”, recuerda Muñoz, del New York Times. “En la ola de expropiaciones que vino después de 2005 cayeron empresas del agro con la idea de beneficiar a los campesinos, y luego quebraron. Se diezmó la capacidad productiva en todas las áreas y Chávez terminó subordinando todo el desarrollo de Venezuela al petróleo”.

Por eso Petro, después de todos los elogios a Chávez, ha terminado diferenciando su proyecto del venezolano desde hace al menos ocho años:

Crear un contexto institucional favorable a un régimen autoritario de ese tipo sería además muy difícil en Colombia.

Chávez lo logró a partir de una nueva Constitución en 1999. Para convocar la Asamblea Constituyente que le dio vida, redactó un decreto en el que convocaba a un referendo para preguntarle a la gente si quería cambiar la Constitución, y ese decreto sólo requirió del visto bueno de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo Nacional Electoral.

Petro ha dicho al menos desde su primera campaña presidencial en 2010 que su apuesta es cumplir la Constitución del 91, y cuestionó la de Chávez:

Sin embargo, la prevención contra Petro resurgió en esta campaña porque prometió la convocatoria a una constituyente, aunque ya se bajó de ese bus.

Y en todo caso le tocaría presentar un proyecto de ley al Congreso pidiendo que le aprueben la convocatoria a una votación en la que la gente decida si llama a una Asamblea Constituyente para que redacte una nueva constitución.

Eso para él sería políticamente inviable dado que tendría un Congreso con mayorías en contra y de derecha.

El Congreso sería la principal talanquera, y en general Petro tendría un control institucional que no tuvo Chávez y que ya ha mostrado eficacia. “El Estado colombiano es más sólido. Ya contuvo la segunda reelección de Álvaro Uribe, por ejemplo”, dice Rodríguez, del Observatorio de Venezuela. En ese mismo sentido nos habló el periodista Muñoz.

Eso encuadra en la visión de “un Petro débil” del que habló en su columna Salomón Kalmanovitz, debido a los fuertes contrapesos que tendría como Presidente. Y también serían políticos no sólo por la oposición natural que seguramente le harían los partidos tradicionales, sino de congresistas que ya anunciaron su voto por él, como los de la Alianza Verde, que pusieron entre sus condiciones que no haga constituyente y que aplique el principio de sosteniblidad fiscal.

Esa visión de un presidente débil es, para el profesor Giraldo, de Eafit, apresurada. Primero porque el presidente, en un régimen presidencialista como el colombiano, tiene mucho poder y margen de maniobra para gobernar por decreto, por ejemplo (algo que también sería objeto de control de las cortes, en todo caso).

Pero sobre todo porque si su fortaleza no está en lo que pueda lograr por los trámites institucionales convencionales (o dando mermelada), probablemente radicará en que, desde el Estado, impulse la movilización ciudadana para exigir cambios, que es algo que Petro ya hizo en Bogotá al movilizar a la gente tras su destitución y promover tutelatones que lo devolvieran al cargo; y que ya ha insinuado al decir que si el Congreso no hace los cambios que el país necesita, el pueblo los exigirá.

Esa podría ser la principal fuente de su poder. Y no es poco porque a pesar de que el sistema de contrapesos sirva como muro de contención (lo que le quita fuerza al argumento de quienes asimilan el escenario de un gobierno suyo al de Venezuela), la confrontación política promovida desde el Estado sí podría agudizarse por su estilo de gobierno y generar inestabilidad económica y en su propio gobierno.

    Periodista prueba

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