Entre la última marcha y la del próximo martes

Entre la última marcha y la del próximo martes

Habrán pasado dos meses desde que sonaron por primera vez las cacerolas para protestar por las políticas gubernamentales y la marcha que se anuncia para el próximo martes, la pregunta es si entre entonces y ahora han cambiado cosas para que la molestia con el gobierno sea menor o mayor que la de entonces.

El gobierno sigue preguntándose por las razones de su impopularidad y parece hacerlo genuinamente lo cual es más grave que si lo hiciera solo por tratar de apaciguar y confundir. Abrió una “conversación nacional” que no genera expectativas más allá del propio gobierno y, como si el gobierno estuviera empezando, dice que está oyendo para identificar qué hacer.

No tener postura se convirtió en una táctica oficial para no enfrentar los problemas. Así lo hace con las reformas laboral y pensional y, en estos días, lo ha hecho con la regulación de esquemas de transporte mediados por plataformas digitales. En todos los casos: conforma mesas de trabajo, conversa, dice que es muy importante, que pronto se sabrá que es en el escenario del congreso donde se debe discutir, pero no asume postura.

No es fácil precisar, en una especie de pliego de peticiones, las razones de la protesta del 21 de noviembre, sin embargo, es claro que lo que se expresó ese día fue un sentimiento más o menos generalizado de retroceso, de que la actitud errática del gobierno pone en riesgo logros alcanzados. Claro, el primero el de la terminación del conflicto con las Farc, pero también otros importantes en materias ambientales, por ejemplo y varios en políticas sociales como los derechos alcanzados que se ponen en riesgo con las propuestas en materia de reforma laboral y pensional.

A esa sensación de desconcierto, casi de desgobierno, se sumó el reclamo por la precaria situación de los jóvenes, especialmente por las dificultades de acceso y permanencia en la escasa educación superior de calidad y por el desempleo que en esa franja poblacional bordea casi el 20%.

De las pocas cosas que el gobierno ha entendido es que el motor de las movilizaciones han sido los estudiantes, quizás por eso ha intentado responder a algunos de sus reclamos como la anunciada modificación de políticas de crédito del ICETEX y la preferencia para enganchar jóvenes en las nóminas oficiales, pero los estudiantes no reclaman solo, digamos, por lo suyo, sino por lo de todos que es, insisto, la percepción de estar retrocediendo.

Y en ese punto, la situación parece cada vez ser peor. Desde las últimas marchas hasta hoy: el asesinato de líderes sociales y de ex combatientes de las Farc ha vuelto a crecer; el gobierno ha anunciado que va adelante con la intención de usar la metodología del fracking para la explotación de hidrocarburos; el gobierno insiste en usar glifosato -que pone en riesgo la salud humana- para combatir los cultivos ilícitos; se aprobó la reforma tributaria que concreta la política económica del gobierno de dar beneficios a los empresarios con la promesa, hasta ahora incumplida, de que eso genera más empleo.

Es cierto que el gobierno ha hecho algunas concesiones para tratar de amainar la protesta, todas menores y no en el tema que genera esa percepción de desconcierto que es la actitud del presidente en relación con el acuerdo que permitió la desmovilización de 10.000 combatientes de las Farc. Quizás en la reunión que tuvo con algunos jóvenes esta semana pudo identificar esa sensación. Todos los grupos en los que dividió el trabajo pusieron como prioridad asumir un compromiso de cumplir el Acuerdo, tanto que la gran conclusión de la reunión fue que los jóvenes harían una especie de cuerpo voluntario de defensores del Acuerdo.

El presidente Iván Duque sigue sin mencionar el Acuerdo, nunca ha hecho un reconocimiento de lo positivo que puede haber sido. En cada escenario en el que podría hacerlo mantiene sus quejas, las mismas que lo llevaron a liderar la posición de los del NO, lo cual opaca los avances en la implementación e inevitablemente lo pone contra las cuerdas cada vez que asesinan un líder social o un ex combatiente.

Mientras tanto, la otra teoría, la de la “aplicación estricta de la ley”, ahora en sus manos, no muestra ser eficaz ni con el ELN, ni con las los disidentes de las Farc. Las víctimas de esos grupos no tienen ninguna expectativa de que los perpetradores vayan a parar a la cárcel, ni de que se sepa la verdad, ni de que vayan a ser reparados con los bienes de los victimarios, que son los reclamos que Duque le hace al Acuerdo.

Como si todo eso fuera poco, Duque parece avanzar en un acuerdo, por debajo de la mesa, con partidos políticos, que, de llegar a concretarse, inevitablemente será interpretado como que se abrió definitivamente el frasco de la “mermelada”. El Presidente parece que entregará lo único que todo el mundo le reconocía: que había establecido una relación no clientelista entre el legislativo y el ejecutivo.

En el gobierno confiaron que el receso de fin de año apagaba la protesta, incluso aprovecharon para hacer los anuncios del fracking y el glifosato. Eso demuestra que es cierto cuando dicen que no entienden por qué marchan. Seguramente se ilusionarán porque las marchas del próximo martes sean menores que las del noviembre, habrá que esperar las de marzo.

    Periodista prueba

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