Duque completa seis meses con un respiro pero sin agenda propia

Duque completa seis meses con un respiro pero sin agenda propia

Este mes largo que lleva 2019 ha estado marcado por el carrobomba del ELN en la Escuela General Santander y por el ahondamiento de la crisis en Venezuela.

Esos dos hechos le dieron espacio a Iván Duque para mostrar un liderazgo que concretó en decisiones firmes que apoyaron diferentes voces, pero que en si mismas no llenan el vacío de falta de narrativa de su gobierno, porque son más la muestra de un talante que una agenda propia como la que desarrolla su Plan de Desarrollo, que presentó ayer en el Congreso.

En los dos casos Duque arrancó con una decisión que obtuvo un respaldo amplio.

En el caso del ELN, levantar la ya suspendida mesa de diálogo tuvo el respaldo de sectores políticos y voces que no han sido duquistas y menos uribistas, incluyendo a Claudia López o Rafael Pardo.

En el de Venezuela, reconocer a Juan Guaidó como presidente encargado y desconocer a Nicolás Maduro, así como decir que éste es un dictador, también han sido aceptadas por voces de diferentes orillas

Como los dos temas coparon la agenda mediática y mostraron a un Duque que toma decisiones fuertes que responden a posturas uribistas, Semana escribió que es una “nueva versión” de su mandato.

Sin embargo, no es claro hasta dónde esa versión pueda sostenerse en el tiempo, porque no responde a una agenda propia.

Más papayazo que agenda

Las dos decisiones reflejan posturas previas de Duque, propias de ser un senador uribista.

Como contamos, en julio de 2017, cuando era un senador con una aspiración distante a la Presidencia, Duque viajó a La Haya para denunciar a Maduro ante la Corte Penal Internacional por posibles torturas, detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales entre abril y julio de 2017, durante los levantamientos en su contra; y luego en campaña dijo que Maduro ya había roto en la práctica las relaciones con Colombia y que su gobierno es una “dictadura oprobiosa”.

Sobre el ELN, decía en 2017 que no se debía negociar si cometían actos terroristas, que se debían terminar si eran responsables del Centro Comercial Andino y que los diálogos solo se debían dar si el ELN se concentraba antes y paraba sus acciones.

Eso explica que al enfrentarse a hechos externos (la bomba del ELN y la posesión de Guaidó) tuviera respuestas claras, coherentes con su pasado y que reflejan su uribismo.

En los dos casos Duque tuvo un papayazo para mostrar liderazgo justo después de vacaciones, con lo que definitivamente salieron de la agenda de actualidad las molestias por su fallida intención de ampliar el IVA a la canasta familiar o por el manejo del paro estudiantil.

Además, el grueso de la opinión estaba de acuerdo con ellas, le permitió avanzar su discurso de unidad nacional mostrando dos enemigos comunes con vínculos entre sí: un ELN terrorista y un Maduro ilegítimo que permite a los elenos estar en Venezuela.

Un panorama ideal para ganar una gobernabilidad que la ha sido esquiva, tanto en el Congreso como con la opinión.

 

Eso no quiere decir que automáticamente Duque haya encontrado dos banderas que le den contenido a su gobierno, porque en ambos casos tienen límites.

En el caso de Venezuela, la fuerza y relevancia de la bandera de reconocer a Guaidó y rechazar a Maduro depende de muchos factores que él no puede controlar, como decisiones de ellos dos o de otros países, y que incluso pueden convertir su postura en un lastre.

A esa capacidad de maniobra limitada se suma que el problema de la migración, según expertos como la profesora Angélica Rodríguez, no va a amainar en el corto plazo y la política para manejarla todavía está arrancando, por lo que el tema general de Venezuela va más allá de la posición frente a Maduro.

En el caso del ELN, el apoyo a la decisión de no negociar desapareció por la de no aplicar los protocolos de salida de una negociación, como quedó patente cuando la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez solo logró una foto de unidad, con una carta firmada por congresistas de todos los partidos, a cambio de no incluir en su texto un respaldo a ese punto.

Incluso con esos límites, el ELN y Venezuela podrían convertirse en los dos temas que le den un hilo narrativo al Gobierno Duque, y que marquen los dos ejes o banderas de su agenda política.

El lío es que en los últimos días han ido reduciendo su importancia en el discurso del mismo Duque.

La narrativa que no cuaja

Ayer Duque hizo uno de los actos más importantes para armar la narrativa de un gobierno: presentar el Plan de Desarrollo. Y al hacerlo no solo no mencionó a Venezuela y al ELN, sino que privilegió una bandera difícil de encajar con esos dos temas.

De hecho, en el Plan a duras penas aparecen el ELN y Venezuela o planes que se vinculen directamente a ellos.

De las 20 principales metas solo una tiene que ver directamente con la seguridad, pero más con la urbana que con el ELN, pues consiste en lograr una tasa de homicidios de 23,2 por 100 mil habitantes, frente a 25,8 del año pasado. Ninguna menciona a Venezuela, las relaciones internacionales o la migración; ninguna habla de los grupos armados al margen de la ley o del ELN en concreto.

En las bases, el documento de política que muestra el norte del gobierno y tiene 1.326 páginas, el ELN aparece mencionado 2 veces y Venezuela 15 (8 de ellas para comparar a Colombia con el vecino país en diferentes indicadores). Terrorismo aparece 10 veces y terrorista 1.

En contraste, la economía naranja aparece 159 veces, Farc 19 veces, tecnología 552 veces e innovación otras 592.

Equidad, la palabra que está en el nombre (“Pacto por Colombia, pacto por la equidad”) y que Duque ha dicho que es su bandera, aparece más de 670 veces, lo que refrenda que esa es su apuesta en el discurso, pero que es difícil de aplicar a problemas como el ELN y Venezuela.

La otra bandera, la del pacto y la unidad, aparece en el título del Plan y es frecuente en sus discursos, pero hasta ahora no ha sido claro exactamente a quién invita a pactar ni alrededor de qué propuestas; de hecho, sus reuniones de esta semana con bancadas no han terminado en negociaciones y acuerdos sino en manifestaciones de apoyo de los conservadores y La U, que ya estaban en su coalición, a su Plan de Desarrollo.

Y no solo en el Plan se nota que el ELN y Venezuela no son ejes de su narrativa. También quedó claro ayer mismo, en la presentación que hizo de su política de seguridad.

En ella solo mencionó al ELN para decir que ha tenido una posición “coherente y lógica con la construcción de seguridad” y le dio fuerza a la meta de reducir homicidios, a la recuperación integral de zonas y a las redes de participación cívica.

Por eso, el relato que llene de contenido el Gobierno Duque sigue sin aparecer, a pesar del respiro de inicios de año.

Eso no quiere decir que no haya tomado decisiones que dan cuenta de sus posturas, desde una reforma tributaria que le apuesta a cobrarle menos a las empresas para que éstas muevan la economía hasta enfocar la implementación del Acuerdo con las Farc en la desmovilización y no en la transformación del campo.

Tampoco significa que no vaya dando pruebas de su uribismo, como muestran varios puntos de su política de seguridad que retoman, ajustadas, ideas de la Seguridad Democrática (como las zonas estratégicas de intervención integral con alto componente militar o las redes de participación cívica, similares a las redes de cooperantes).

Pero que el respiro haya venido del lado de la seguridad y las relaciones con Maduro muestra que las banderas poco uribistas del pacto y de la equidad siguen sin despegar, y que son decisiones más fáciles de entender, más compartidas y con más eco en el uribismo las que le han permitido sumar apoyos momentáneos.

Al fin y al cabo, Duque ganó las elecciones por uribista.

    Periodista prueba

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