Entre El Expediente y El Matarife


El viernes pasado fue un día interesante para La Silla.  En el mismo día, y con pocas horas de diferencia, el director del portal El Expediente, Gustavo Rugeles, se refirió a este medio como “un tanque de pensamiento de izquierda”, mientras que el investigador Gonzalo Guillén nos describió como “los lambeculos del uribismo disfrazados de independientes”. 

El comentario de Rugeles fue en reacción a las preguntas que le enviamos para tener su versión para una historia que estamos haciendo sobre él a raíz de que un militar citado por la revista Semana dijo que le habían pagado para desacreditar periodistas que aparecían perfilados por los organismos de inteligencia, una acusación que él negó rotundamente.  

El de Guillén, fue a raíz de nuestra historia sobre “Matarife”, una serie que acusa a Álvaro Uribe de narcotraficante y genocida, entre otros delitos.

La reacción de ambos, ubicados en orillas ideológicas diametralmente opuestas, muestra una vez más lo difícil que es cubrir otros medios. 

Reacciones similares, aunque más elegantes, hemos tenido cuando hemos escrito sobre RCN, El Tiempo, o Semana. Los periodistas somos buenos para indagar sobre otras personas, pero no resistimos que otros nos cuestionen, y mucho menos si lo hacen nuestros colegas. 

Pero en La Silla estamos convencidos de que para la democracia es fundamental saber quién nos informa. Por ejemplo, la pregunta de cómo se financian El Expediente o la serie Matarife debería ser transparente y tan relevante como saber de quién depende un canal de TV.

Por eso, a diferencia de El Expediente o de los productores de Matarife, a quienes les ofendió nuestra pregunta, La Silla desde un inicio ha publicado tanto su estructura accionaria como sus diversas fuentes de financiación (ver links, aquí, y aquí). Cuando una empresa de mi familia apareció mencionada en los Panama Papers publiqué (aquí) mi declaración de renta e incluso los anexos donde aparecía declarada. Los usuarios de La Silla tienen derecho a saber qué tan independientes somos

Algunos de nuestros usuarios hicieron críticas al artículo de Matarife que nos ayudaron a mejorarlo, sobre todo en lo que tenía que ver con la precisión del lenguaje. A alguna gente le ofendió que dijéramos que la serie reforzaría los “prejuicios” contra Uribe o “episodios complejos judicialmente” cuando nos referimos a los crímenes cometidos durante el Gobierno de Álvaro Uribe, aunque unas líneas después decíamos que subalternos suyos habían sido condenados por esos delitos. Yo edité la historia y me pareció que tenían razón. 

Para referirse a los falsos positivos, las chuzadas a periodistas, líderes sociales y políticos de la oposición o el soborno a congresistas para que aprobaran la reelección uno no debería usar ninguna palabra diferente a los crímenes que fueron, y apenas nos hicieron caer en la cuenta corregimos esos términos. 

Sin embargo, la mayoría de seguidores del Expediente y del Matarife en las redes sociales no criticaban aspectos del artículo sino que nos acusaron de “uribistas prepago”, de “uribistas enclosetados”, de “corruptos”, de “ayudarle a Uribe por plata”, de "haber hecho el texto pagados por el gobierno" y, no podía faltar, de “fajardistas”. 

Los del Expediente nos acusaron de “mamertos”, de “ser demonios manejados por el mayor de ellos, Juan Manuel Santos”, de “agentes de Soros”, y, claro, de ser “la Silla Fajarda”. 

De ambos lados nos acusaron de censurar la libertad de expresión.  

La reacción de los seguidores de ambas publicaciones es interesante: refleja el cambio que están viviendo las audiencias, sobre todo las de las redes, a las que también queremos llegarle con nuestro periodismo.

Como cuenta Jill Abramson en su libro Merchants of Truth, citando al fundador de Buzzfeed, Jonah Peretti, la web, que fue alabada como el máximo repositorio de información, es hoy en día el agregado de las emociones humanas.  “Hemos pasado de la visión Google del mundo (que conecta a la gente con la información que necesita) a la visión Facebook (que conecta a la gente con sus amigos y les da los medios para comunicarse y expresar su identidad”.

Una audiencia que creció consumiendo y compartiendo contenido íntimo en las redes sociales sobre lo que hace durante su tiempo de ocio, sus preferencias musicales, el estado de sus relaciones afectivas, y sus preferencias políticas, añora puntos de vista fuertes, un ‘nosotros’ definido a partir de un propósito compartido, puede ser el antiuribismo, el anticomunismo, el animalismo o la ideología de género, por citar algunas causas.  La identidad es para muchos más importante que la verdad, o la valoración de lo que es verdad está atravesada por la identidad y la filiación de quién escribe y de quién lee.

En esos ecosistemas, la información basada en hechos, que se rehúsa a comprometerse con una orilla ideológica, termina con frecuencia no solamente siendo irrelevante para estas audiencias sino francamente ofensiva. 

Un amigo de La Silla, que le hizo la crítica más inteligente que he leído a la historia, lo plantea así: “¿La Silla Vacía es independiente de qué? ¿De todo? ¿LSV no tiene ‘vínculos’ ni ‘simpatías’? Es un discurso aséptico que considero agotado”.  Él cree que nuestros lectores deben entender desde dónde habla el medio, cuál es su interpretación política de la realidad.

Yo quisiera creer que nuestros lectores saben desde dónde hablamos. Está dicho explícito en nuestra sección de Preguntas Frecuentes, sobre nuestra posición política: “La Silla Vacía no está afiliada políticamente con ningún partido, aunque eso no quiere decir que los periodistas individualmente no tengan sus preferencias políticas. Pero, tratamos de hacer reportería en contra de nuestros prejuicios y preferencias para filtrar esos sesgos. Con lo que sí estamos alineados como faro ideológico es con la Constitución de 1991. Creemos en la Nación y el Estado que quedaron plasmados allí como ideal: un Estado social de derecho laico, garantista de una carta de derechos y con contrapesos claros y una Nación multicultural y diversa donde prima la igualdad de derechos”.

Quizás en el nuevo ecosistema en el que se mueve La Silla, más marcado por las emociones y la militancia ideológica, un periodismo construido sobre la reportería y los datos, que no tiene una filiación partidista ni se alinea con ninguno de los lados de la polarización política y que trata de aplicarle el mismo rasero a los eventos independientemente de quién los protagoniza, comienza a tener un espacio más estrecho. 

O quizás el coronavirus ha desnudado problemas tan estructurales en nuestra sociedad y una agenda de futuro tan compleja que ya, incluso, este debate que planteo aquí, es del pasado. Y que cada vez más colombianos apreciarán un medio como este.

Supongo que lo iremos descubriendo con el tiempo. Por lo pronto, le seguimos apostando a que éste es el periodismo que ayuda a tener un debate más democrático y constructivo, y que busca alimentar más la comprensión que la indignación.  Pero la reflexión continúa. 

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