Así se las ingenian algunos profes para dar clases en pandemia

Así se las ingenian algunos profes para dar clases en pandemia

Por Camilo Andrés Garzón | Santiago Chavarriaga Garzón 29 de Septiembre de 2020

Esta historia hace parte de la Sala de Redacción Ciudadana, un nuevo proyecto de periodismo colaborativo entre los periodistas de La Silla Vacía y miembros de organizaciones de la sociedad civil que cuentan con información valiosa. 

* * *

Algunos colegios arrancaron esta semana el regreso a clases presenciales. Sin embargo, para la mayoría de los diez millones de estudiantes que el covid desconectó de las aulas esa opción todavía no existe.  Tampoco la alternativa de compensar con clases en línea, dado que el 62 por ciento de los estudiantes del país no tienen acceso a Internet. Esto ha obligado a muchos profesores a volverse creativos con las clases en la distancia.

El reto de la pandemia

Un estudio de la Fundación Empresarios por la Educación, una alianza de empresas que genera documentos y debates sobre políticas públicas de educación, mostró que de un total de 297 rectores y coordinadores de colegios en el país, el 82 por ciento dice haber tenido dificultades para garantizar la continuidad de la educación en sus estudiantes.  

El 92 por ciento de los encuestados dice que la dificultad está en la falta de equipos tecnológicos.  

Sin una solución a la vista de más conectividad o un retorno seguro a las aulas, que estos 10 millones de estudiantes sigan o no con sus estudios depende mucho de la forma cómo se las ingenien los profesores para seguir dando sus clases.  

Hablamos con profesores de la ONG Enseña por Colombia, un programa que forma y selecciona a jóvenes que han estudiado en la universidad y que quieren ser profesores durante 2 años en zonas vulnerables del país y que parte de la premisa de que sólo 1 de cada 3 estudiantes que ingresa a primero de primaria logra graduarse de secundaria, así que son más los que desertan que se los que se siguen educando. Para revertir esto, llevan desde 2010 enviando profesores de calidad a lugares que tradicionalmente no los han tenido. 

Ya han ido casi 370 jóvenes a estas regiones desde que comenzaron hace diez años. 

Hablamos con profesores del programa y personas en las regiones donde estos profesores han desarrollado innovaciones pedagógicas sin necesidad de internet. En muchas regiones, este es un lujo que los profesores no se pueden dar. 

A través de Whatsapp, programas de radio, periódicos y huertas, miles de profesores en el país han intentado acortar la distancia que les impuso la pandemia con sus estudiantes.  

La pandemia los alejó de sus aulas, pero al tiempo los obligó a reinventarse qué enseñan y cómo lo hacen. 

Aquí tres de muchas otras historias de profesores que han encontrado la forma de seguir educando desde la distancia. 

Volver a la radio

Carlos Roca tiene 44 años y vive en Dibulla, un municipio de 32 mil habitantes al occidente de la Guajira que toca el mar y que está entre Riohacha y Santa Marta.  

Roca es ingeniero de sistemas de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia de la sede de Riohacha. 

Hoy es director y locutor de la emisora Dibulla Estéreo, donde reafirmó gracias al covid su vocación pedagógica.

Roca llegó a la emisora a pesar de muchos intentos en 2018. Primero buscó comprar la emisora comunitaria que había en el pueblo y no servía porque tenía los equipos viejos, pero no le alcanzó la plata. 

Luego decidió hacer la emisora por internet, que le costaba menos, de la mano de un locutor, Victor Diago, quien era su socio y amigo, pero él fue asesinado por razones aún no aclaradas el mismo año que comenzaron con el proyecto.

Sin su socio, Roca se quedó en 2018 con una emisora pero sin programas. 

Fue ahí cuando conoció a Laura Guzmán, la profesora que llegó a Dibulla desde el 2020 como parte del programa de Enseña por Colombia. 

Laura Guzmán tiene 27 años y estudió Administración Ambiental en Bogotá, pero descubrió que le apasionaba la docencia, así que se presentó a la convocatoria que la eligió para ir a Dibulla a enseñar inglés.    

Con ella pensaron en usar la emisora para hacer programas educativos. La idea habría de servirles especialmente para el año de la pandemia.   

Roca cuenta que cuando comenzó la pandemia los ocho colegios del pueblo se pusieron a pensar cómo hacer para continuar con la educación desde casa. 

En medio de las discusiones, concluyeron que la solución estaba en devolverse en el tiempo.

“Nos acordamos de que muchos de nuestros padres habían estudiado a través de la radio e incluso habían sacado su diploma así.. dijimos: por qué no retomar ese papel de la radio comunitaria que le puede llegar a más niños que a los que les llega internet”, dijo. 

Junto con la profesora Guzmán crearon el programa Cool English Radio, donde dan clases de inglés los miércoles a las 10 de la mañana.

“Ella no estudió inglés, pero la mamá vive en Estados Unidos y ella tiene buen nivel. Es todo lo contrario de los profesores de aquí que tienen licenciatura en inglés pero no saben hablarlo”, dice Roca.

Admite que él no sabe el idioma y que es el primer alumno del programa, pero le gusta musicalizarlo. De hecho, su vocación es la música: fuera de la emisora toca percusión en orquestas de vallenato y dirige el coro de la iglesia de Dibulla. 

El programa lo escuchan alrededor de 1.000 y 1.200 personas en cada emisión. 

Por la emisora, Roca pasa también los programas de “A Prender la Onda”, que ya tiene 107 episodios de audio de 15 minutos creados por profesores de todo el país en los que narran cuentos y ponen ejercicios para que las familias los hagan.  

El último de estos episodios cuenta cómo una paloma y una ballena llaman a un profesor de Sincelejo para que les enseñe cómo producen energía los seres vivos.  

Al final del programa dejan de tarea que los niños dibujen el proceso metabólico de la ballena y los padres de los niños envían la respuesta de vuelta por Whatsapp a sus profesores. 

Al principio se dieron cuenta de que muchas familias no tenían ni siquiera la plata para hacer la recarga semanal de datos para tener internet y así mandar la tarea.

Por esta razón, a Guzmán se le ocurrió la idea de crear un esquema en el que si los estudiantes hacen todas las tareas, el programa Educar en el Olvido, un programa que apoya a estudiantes que se quedaron sin educación durante la pandemia, y les hace una recarga de un mes para que las puedan enviar al colegio. 

Irma Padilla, una madre del pueblo, dice que ya le enviaron la recarga de agosto y septiembre, y que eso les ayudó.  

Rocca se ha sorprendido porque con los programas han aumentado las audiencias de la emisora y porque si bien el programa era para niños originalmente, lo escuchan también adultos mayores que nunca habían estudiado inglés, y ahora lo hacen por primera vez.

“Me han sorprendido personas en el mercado que me saludan en inglés y me dicen que alarguemos el programa a dos horas porque quieren aprender más”, dice. 

Hace poco ganaron un estímulo de 1 millón 500 mil pesos que les llegó del Ministerio de Cultura y de la gobernación por su labor de gestión cultural. Con eso le van a comprar aire acondicionado a la emisora. 

Pero no es sólo en Dibulla donde la educación por radio se ha convertido en una alternativa para muchos profesores en regiones. 

En Boyacá, con 51 mil estudiantes, han aparecido programas de radio que enseñan matemáticas y español desde las cabinas. Uno de ellos, Recreo al aire, es un programa que se emite en la emisora Manzanar Estéreo y que fue creado por los profesores de un colegio en el municipio de Nuevo Colón para explicar las actividades de unas cartillas que entrega el colegio cada quince días.

De hecho, la misma Secretaría de Educación de Boyacá creó un programa que se emite en las emisoras de 123 municipios y llega a 254 colegios. El programa sale cada 8 días y da orientaciones a los colegios sobre cómo educar a los estudiantes desde la casa. 

En Casanare, la emisora Capibara, que llega a los 11 mil habitantes de Hato Corozal, le abrió un espacio a los profesores para que de 7 a 9 de la mañana expliquen las tareas y reciban llamadas de los alumnos para resolver dudas. Unos 7 u 8 estudiantes llaman en cada emisión. 

El programa llega al 70 por ciento del área de un municipio de 63 veredas y de 5 mil kilómetros de extensión.

Pero hay otros quienes se las han ingeniado sin radio. Es el caso de César Delgado.   

Las coplas del autocuidado

César Delgado tiene 28 años y estudió literatura en la Universidad Nacional.

Enseña español en la vereda San Luis Robles, una zona rural que se encuentra a una hora y media de Tumaco en moto, un territorio afro y ancestral de mil familias donde lo cogió la pandemia.

Llegó en 2019, como parte de los profesores de Enseña por Colombia, luego de que le hicieran entrevistas durante un mes y le dijeran que tenía que empacar maletas y viajar hasta Tumaco para dar clases en un colegio público, la Institución técnico educativa San Luis Robles. 

Fue librero antes de ser docente, pero con la pandemia encontró que siendo profesor podía seguir el camino de la literatura.

Cuando llegó al colegio, en 2019, creó un periódico escolar comunitario que llaman “Periograma, las voces del pacífico te cuentan”, que tuvo un tiraje de 800 ejemplares. 

La idea era que el periódico sirviera como plan de lectura para un lugar donde no solo no llega internet, sino que incluso conseguir papel para leer libros o periódicos es difícil.   

Pero cuando cesaron todas las actividades del colegio por el covid, el periódico adquirió una nueva urgencia.   

“Yo tenía un afán por comunicar con una nueva edición del periódico que el virus sí era cierto, porque aquí hay mucho escepticismo sobre la enfermedad y le bajan la gravedad diciendo que es una gripa fuerte a la que le llaman el quebrantahuesos”, dice Delgado. 

Buscó en un grupo de profesores de la red “somos oralidad pacífico”, que es una red nacional de profesores que busca defender y comunicar las letras de la región, y les propuso que escribieran sobre el autocuidado durante la pandemia. 

Se consiguió a poetisas como Nila del Socorro Castillo, quien fue incluida en 2017 en una antología de poesía de mujeres negras del Ministerio de Cultura, y a Carlos Rodríguez, “El arcángel”, que es un decimero cimarrón (un tipo de poesía que los negros esclavizados adaptaron de los españoles), y los convenció de escribir sobre lavarse las manos y ponerse tapabocas.  

Para Delgado hablar de estos temas no es algo evidente en Tumaco, pues por la deficiencia de la infraestructura sanitaria muchos niños no tienen como costumbre lavarse regularmente las manos. Hacerlo en coplas, además, era muy importante en un territorio acostumbrado a la oralidad. 

“La oralidad es muy importante en esta región, la práctica del voz a voz tiene una sensibilidad mayor. En la vereda todavía hay decimeros que pasan las noticias recitándolas. Así que no es lo mismo decirles que se laven las manos explicándoles un protocolo que hacerlo a través de un canto”, dice Delgado.   

La edición salió en junio de este año con 34 páginas. Delgado consiguió 500 mil pesos para financiar la producción. Se los dió Enseña por Colombia, que tiene fondos para algunas iniciativas de sus profesores.  

No la pudieron imprimir porque estaban paradas las pocas imprentas de la zona, por lo que hicieron la versión digital y la movieron por grupos de Whatsapp, que es la forma como se están comunicando con los niños los profesores del colegio. 

Luego se contactó con profesores de otros colegios y les mostró cómo podían hacer para adaptar las coplas, los cantos y los versos que salen en el periódico para sus propias clases. 

Incluso un par de sus estudiantes salieron a contar las coplas casa a casa a cambio de darle tapabocas a quienes las escuchaban. 

Con esta edición, ya son dos los periódicos que han salido de literatura del pacífico. 

Hablamos con una madre que tiene a su hijo estudiando en décimo y nos contó que en la clase de español se mandan notas de voz recitando coplas y hacen textos pequeños sobre cuál es el mensaje que entienden de ellas.   

Por Whatsapp, los estudiantes de Delgado le mandan las fotos de sus ensayos y reportajes periodísticos, que es lo que están trabajando en grados décimo y once. 

En muchas ocasiones, dice Delgado, esas conversaciones por Whatsapp se convierten en un lugar que sirve, más que para hacer tareas, para que él les pregunte cómo se sienten y tener noticia sobre dónde están.

Este seguimiento es clave porque en la vereda San Luis Robles las disidencias del frente Oliver Sinisterra hacen presencia y se llevan a los jóvenes a raspar coca para ganarse unos pesos; una tentación grande en un contexto en el que muchos no le ven sentido a estar estudiando desde la distancia cuando pueden hacer plata trabajando.

“Más que una captación de los grupos que los coge obligados, los estudiantes eligen libremente irse a raspar porque no tienen muchas otras entradas. La idea de estos ejercicios de literatura es ayudarlos a ver, aunque sea a uno solo de ellos, que hay algo más allá que ganar plata y trabajar para las insurgencias”, dice Delgado.

Aunque admite que en estas condiciones no puede saber cuántos de ellos están raspando coca para las disidencias y alternan entre hacer esto y hacer sus tareas. 

Está por salir una tercera edición del periódico que se está diagramando, pero no se sabe si habrá una cuarta porque la zona, por preocupaciones de seguridad, fue declarada de alerta roja por el programa de Enseña por Colombia, por lo que no se considera seguro seguir enviando profesores allí.

Así que será este el último año de Delgado en la vereda. No tiene planes de volver, pero ya está pensando cómo no dejar morir la revista.   

Recuperar la huerta

Gustavo Martínez Espeleta nació en Cartagena, tiene 29 años y es ingeniero ambiental de la Universidad Tecnológica de Bolívar.  

Espeleta vio la convocatoria de Enseña por Colombia por Facebook, se sintió identificado con la misión de la organización y le gustaba la idea de aportar un grano de arena para mejorar la educación del país. 

“Sentí que tenía que transmitir la urgencia de cuidar la riqueza ambiental de Cartagena: los manglares, los árboles. No tenía afán de salir de la ciudad, porque es aquí que conozco las problemáticas ambientales”, dice.  

Así fue que lo asignaron en 2019 como profesor en Cartagena en el colegio Rosedal, cerca del barrio El Educador, pegado al barrio Nelson Mandela, uno de los barrios más grandes y pobres de la ciudad. 

Martínez le da clases de matemáticas a estudiantes de sexto a once. 

Es un ñoño de la agronomía, le apasionan los cultivos y de hecho tuvo, cuando era más jóven, de pepino y maíz en María la Baja, Bolívar, un municipio agrícola del departamento.

El año pasado, junto con sus estudiantes, lanzó la iniciativa de biotitanes, que quería hacer un inventario forestal del colegio en el que registraron 36 especies de árboles, y les tomaron 500 fotos sobre sus condiciones.

Se propusieron hacer la huerta del colegio con un plan de control de plagas que harían con preparaciones de ají picante. Habían comenzado, pero el covid llegó y les tocó cerrar el colegio. 

Con 6 meses de tener sus puertas cerradas, la huerta se murió sin haber crecido.

A Martínez le quedó la espina y cambió sus planes para la cuarentena: se propuso llevar las huertas a las casas de sus estudiantes. 

Les preguntó qué tipo de planta querían sembrar. Hizo una encuesta y se dió cuenta que la mayor parte de ellos no tenía tierra para hacerlo, así que él mismo la compró y con el tío de una de sus estudiantes que maneja taxi, le llevó a cada uno su porción de tierra y sus semillas de tomate.

Las de ají y de pimentón las sacaron de sus preparaciones, y las tres empezaron a sembrarlas en un plan que ya lleva dos meses. 

El objetivo aparente es que tengan sus alimentos sembrados desde la casa, pero lo que él persigue es enseñar matemáticas:   

“Enseño las nociones de perímetro, área y volumen usando el área de la siembra; los niños calculan el agua que tiene que inyectar con jeringas para las tres hortalizas y así van aprendiendo cómo crearán la nueva huerta cuando vuelvan al colegio. El objetivo por el que vamos es elemental pero requiere de ciencia: ¿cuánta agua necesita cada planta para vivir?”, dice.  

La pregunta parece fácil de resolver, pero Martínez cree que tiene su ciencia.

Con las semillas y la tierra en sus casas, los estudiantes tienen una primera pregunta que resolver y es saber cuánta tierra ponerle a cada planta.

Martínez les manda videos explicándoles cómo hacer los recipientes donde va la tierra que rodea cada planta. Estos recipientes los hacen a base de bolsas de leche y otros tarros.

La clave es que cada recipiente, para contener la tierra, adquiere la forma de un cilindro imperfecto, y con esta forma y unas fórmulas que él les enseña, ellos pueden calcular la altura y el diámetro, lo que les permite saber cuánto volumen de tierra ponerle al recipiente.  

Luego es otro problema matemático saber cuánta agua debería llevar cada planta, para lo que primero tienen que entender el proceso de pérdida de humedad de la tierra, que se da por evaporación directa y por la pérdida de agua por la transpiración de las plantas. 

Esa pérdida se puede expresar matemáticamente en unidades de tiempo, así que Martínez les ha estado enseñando fracciones algebraicas para que calculen cuánto pierde de humedad la tierra y así saber cuánta agua ponerle.   

Cada estudiante lleva una tabla de observaciones. En la tabla escriben cuánto va creciendo cada planta, miden ese crecimiento con una regla y registran el crecimiento diario. Con los datos que recogen de 2 y 5 días hacen hipótesis sobre cómo está creciendo la planta, por qué dejó de crecer y qué factores pueden estar implicados. 

En sesiones de video de 5 minutos que manda al celular, porque no todos sus estudiantes tienen computadores, Martínez responde a sus preguntas sobre el proceso.  

Lo que quiere ahora, cuando todos tengan computador, es enseñarles a usar CropWat, un software diseñado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que ayuda a calcular los requerimientos de agua e irrigación de un cultivo, basado en variables sobre el suelo, el clima y las condiciones de la siembra. 

Él lo conoció buscando en internet en 2016 y aprendió a usarlo, pero cree que el primer paso, antes de dar este, es aprender a sembrar una sola planta de tomate. 

Martínez dice que las matemáticas que le enseñaron a él eran abstractas y por eso aburrían. Las que él quiere enseñar son unas que tienen cuerpo y utilidad:

“Siempre he tenido una afinidad con lo ambiental, así que eso mismo trato de enseñarlo. No quiero que piensen que las matemáticas son aprenderse una fórmula, sino que son algo que mis estudiantes pueden tocar cuando crece una planta o cuando miden un perímetro... con cada planta sembrada enfrentamos el cambio climático…. no se trata de una fórmula matemática sino de la supervivencia de la especie”, concluye.  

Por ahora, antes de salvar la especie, los estudiantes de Martínez se preparan para salvar la huerta del colegio cuando llegue el momento. 

Martínez ve su trabajo como una obligación frente a la crisis climática que viene:

“Tengo la obligación moral de enseñarles lo mejor que puedan… no sé cuántos de ellos pueden ser científicos, pero estoy tratando de abrirles el camino. Así como ocurrió con el covid, ya se sabía que habría una pandemia global y no nos preparamos lo suficiente, porque siempre creemos que no nos tocará a nosotros”, dice.

“Me parece muy injusto que nosotros como generación seamos tan cómodos de delegarle la carga de lidiar con el problema climático a esos niños sin darles herramientas para enfrentarlo”. 

Le preocupa el cambio climático tanto que el año pasado abrió un grupo en Facebook que busca crear conciencia ambiental de una manera no aburrida, sino llegándole al corazón de los jóvenes. El grupo ya tiene 9 mil seguidores y se llama bioragnarok.

Martínez explicó el lejano neologismo: 

“Ragnarok es el fin del mundo nórdico. Los dioses sabían que el mundo se iba a acabar y así también sabemos nosotros que el mundo como lo conocemos se va acabar con la crisis climática… es una figura para entender lo que nos está pasando: o nos renovamos o nos acabamos” dice calculando que dentro de una semana, según su tasa de crecimiento de seguidores, ya el grupo debe llegar a 10 mil.

Para estos niños, por lo menos, no todo en la pandemia ha sido pérdidas.

Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

Historia apoyada por:

    Periodista prueba

    Powered by