"Castro-chavismo" y medio ambiente

En el enrevesado mundo en que vivimos los políticos de derecha y los tecnócratas neoliberales resultan ser más castro-chavistas que sus adversarios de izquierda, pues basan su política en la extracción petróleo, carbón y gas, y en minería. 

Este espacio es posible gracias a

Patrocinio

 

El conflicto social moderno ha consistido en una tensión entre la derecha (que promueve el llamado crecimiento económico) y la izquierda (que propende por una redistribución con justicia social). El común denominador de ambos sistemas es su obsesión por el progreso material, el cambio técnico (el llamado desarrollo de las fuerzas productivas) y la omisión de la naturaleza en sus cuentas alegres (en donde no incluyen los costes ambientales y sociales del extractivismo ni de la contaminación y el calentamiento global).

 

En Latinoamérica los líderes políticos ubicados al extremo de la derecha han sido personajes autoritarios como Pinochet (en Chile) y Uribe (en Colombia), y los extremistas de izquierda han sido otros autoritarios como Castro (en Cuba) y Chávez (en Venezuela).

 

En Colombia, los políticos y tecnócratas neoliberales han puesto el mote de “castro-chavistas” a sus adversarios izquierdistas que, según ellos, pretenden seguir los pasos de líderes populistas que, como el venezolano difunto Hugo Chávez, incrementaron ostensiblemente el gasto social para financiar programas de bienestar e inclusión para los más pobres.

 

En este artículo usaré el mismo término (castro-chavismo) para referirme a la política extractivista implementada por políticos de izquierda y derecha (desde Uribe y Santos, hasta Lula y Rouseff en Brasil, Evo Moralez en Bolivia,  los Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador, el benevolente anciano José Mujica en Uruguay, etc.). Esta política económica extractivista consiste en financiar el gasto público (con fines socialdemócratas o neoliberales), casi exclusivamente con la extracción y exportación de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), de minerales preciosos (oro y esmeraldas), de minerales para industria (hierro, coltán, cobre, níquel, etc.), y con los biocombustibles (palma aceitera y azúcar), entre otros rubros como el tal turismo masivo y temático.

 

El mote castro-chavismo no es tan arbitrario si se mira que existe una historia paralela entre las revoluciones izquierdistas de Cuba y Venezuela: Castro le apostó al monocultivo y exportación de azúcar en su isla; Chávez le apostó a la gigantesca extracción de petróleo en Venezuela; ambos procesos revolucionarios florecieron, en parte, con los altos precios de estas materias primas (y con el carisma de los mencionados líderes), y se marchitaron con la abrupta caída en el precio de estas mercancías.

 

Por esas curiosas casualidades del realismo mágico, el pasado 19 de abril, en un aniversario más de la extinta guerrilla populista M-19 y en un año más de vida del izquierdista Petro, ¾en el aburrido debate transmitido por RCN¾, quienes aspiran a la presidencia de la república coincidieron ¾como por una traición del inconsciente¾ en hacer un homenaje tácito al populismo. Como en una especie de subasta de promesas, desde la izquierda de Petro, pasando por el tibio centro (Fajardo y De la Calle), hasta la derecha pura y dura (Duque, Vargas Lleras y Viviane Morales), prometieron diversos subsidios y ayudas para los más pobres y desvalidos.

 

Tanta poesía de Estado-bienestarista, en un coro de voces de izquierda, centro y derecha,  evoca un fragmento del economista francés F. Bastiát  (1801-1850), acerca del Estado: “…No pido nada mejor, estén seguros, que Ustedes hayan verdaderamente descubierto, fuera de nosotros, un ser bienhechor e inagotable, llamado Estado, que tiene pan para todas las bocas, trabajo para todos los brazos, capitales para todas las empresas, crédito para todos los proyectos, aceite para todas las llagas, alivio para todos los sufrimientos, consejo para todos los perplejos, soluciones para todas las dudas, verdades para todas las inteligencias, distracciones para todos los aburrimientos, leche para la infancia, vino para la vejez, que provee a todas nuestras necesidades, previene todos nuestros deseos, satisface todas nuestras curiosidades, endereza todos nuestros errores, todas nuestras faltas y nos dispensa a todos en adelante de previsión, de prudencia, de juicio, de sagacidad, de experiencia, de orden, de economía, de temperamento y de actividad…”

 

El irreverente Bastiát, al igual que cínicos economistas como G. Tullock y J. Buchanan, bien sabía que los políticos en ejercicio de la función pública tienen metidas las manos en los bolsillos de los contribuyentes, juegan con recursos colectivos, y por eso pueden posar de generosos y, en la práctica,  cometer todo tipo de disparates con sus palabras y con sus actos.

 

El mencionado economista francés entendió muy bien que los procesos políticos entrañan problemas de acción colectiva: todos quieren recibir el máximo de dádivas del Estado con el mínimo de impuestos, todos los actores racionales buscan el máximo de placer con el mínimo de dolor. En ese orden de ideas la política  es el arte y la ciencia de la expoliación que se promueve de dos maneras, a saber: a) lucha de clases: los políticos extraen tributos de unos sectores de la sociedad para beneficiar a otros, quitando a los ricos para dar a los pobres (como Robin Hood, Castro y el Che) o viceversa (como Andrés Felipe Arias); b) guerra de los seres humanos contra la naturaleza y en contra de las futuras generaciones (los políticos contraen deudas que pagarán con onerosos intereses los  ciudadanos en el futuro, o dilapidan los recursos naturales al extraer energías y minerales de las entrañas de la tierra).

 

Por esas cosas todavía más extrañas del realismo mágico que mueve los hilos de la política, los políticos más realistas y aterrizados (que juegan con los recursos disponibles como dice y hace Fajardo), y que son aquellos del centro y de la derecha, al igual que los viejos y jóvenes tecnócratas conservaduristas, son decididamente castro-chavistas.

 

Extrañamente Petro, que encaja dentro del populismo, es el único que se distancia de las políticas extractivistas con su rotunda negativa a continuar dependiendo de la renta del petróleo y de minerales como el oro.

 

En la hermana república de Venezuela los cuestionados populistas Chávez y Maduro le apostaron al petróleo (ellos poseen las reservas de crudo más grandes del planeta que ascienden a unos 302.250 millones de barriles y su renta petrolera ha oscilado entre 10% a 27% del PIB). En Colombia los políticos y tecnócratas le apuestan a las exiguas y ridículas reservas de petróleo (1.605 millones de barriles de crudo), en un país en donde la renta petrolera asciende a un 2.2% del PIB, y parte de las reservas petrolíferas habría que extraerlas mediante la dañina técnica del fracturamiento hidráulico (fracking). Nuestro país no es propiamente una nación petrolera. En Colombia la agricultura bordea el 6% del PIB, mientras la minería se aproxima al 7% del PIB. Las exportaciones son apenas el 16% del PIB, y el petróleo representa el 70% de estas.  A esto se suma la enorme deuda pública en Colombia que, según datos de la CEPAL, asciende a 45% del PIB, y el sólo pago de interéses de la misma asciende al 3% del PIB.

 

Cuan “eternizadores de dioses del ocaso”, en diversos tonos,  gran parte de los tecnócratas en Colombia defienden la continuidad de la renta petrolera (y de otros recursos minero-energéticos), pues no ven o no quieren ver otra manera de financiar y de racionalizar el gasto público. Los más obnubilados (como un ex vice-ministro de minas y energía) hablan de “sembrar petróleo” como si se pudiese retroceder el tiempo y reversar la degradación ambiental.  

 

Pensar en un país sin rentas de combustibles fósiles, y con mínimo extractivismo exige pensar también en una radical lucha contra la corrupción, lo que se insinúa en las siguientes reflexiones finales:

 

En uno de los países más desiguales del mundo, en donde parte importante de las grandes fortunas tienen orígenes ilícitos y gansteriles,  habría que pensar en medidas tributarias drásticas, aplicables a los carteles de la droga (incluso a los de las FARC), y a los diversos carteles de contratistas, políticos y burócratas. Una radical lucha contra los corruptos y la expropiación de sus enormes fortunas generaría enormes ingresos públicos, sin necesidad de hacer trizas la naturaleza para seguir extrayendo recursos minerales y energéticos.

 

Pese a la retórica de políticos y de algunos tecnócratas, en Colombia el grueso del gasto público no es para educación (que por la enorme diferencia entre estratos algunos la comparan con el apartheid sudafricano), ni para salud (que parece una guerra de baja intensidad para aniquilar lentamente a los más pobres). Desde los orígenes del Estado los gastos de los gobernantes son para pagar favores y sobornar, lo que asépticamente se llama poder de negociación estatal, y en tiempos recientes se denomina jocosamente como la mermelada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

      Periodista prueba

        Continúa Leyendo


      Powered by