Jorge Orlando Melo: “En Colombia lo que le da poder a la gente es la habilidad de negociación, pero esa capacidad está muy cerca de la corrupción”

A propósito de su nuevo libro, “Historia mínima de Colombia”, hablamos con Jorge Orlando Melo sobre el liderazgo político del país a través de los años, las figuras que marcaron el devenir de Colombia, y la importancia de la historia en la formación de un líder.

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Foto: La Red Líder 

Red Líder: ¿Qué diferencia a los líderes de ayer de los de hoy?

Jorge Orlando Melo: Yo creo que el tipo de dirigente político que se impone y su funcionamiento dependen mucho de las estructuras políticas y de las condiciones sociales. El país, después del Frente Nacional y de la Constitución del 91, perdió la capacidad de organización de los partidos políticos, los cuales le daban una gran estabilidad a la dirección y a las personas que orientaban esos partidos y definían tanto una forma de organización como unos ideales, y eran representativos. Por ejemplo, el Partido Liberal, desde el año 1930 hasta el año 70, estuvo más o menos vacilando entre las posiciones de Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos, Gaitán y Alberto Lleras. Cualquiera de esos dirigentes, durante 15, 20 o 25 años, estaba influyendo sobre la política nacional, porque había un aparato político que compartía sus ideas centrales y los dirigentes intermedios se preocupaban por tener el apoyo y el respaldo del gran dirigente nacional, que de cierta manera era eterno. 

El Frente Nacional cambió eso y volvió mucho más importante al dirigente de la facción, de un sector del partido. Del año 58 al 90, los que pesan son los que dividen. Alfonso López, Belisario Betancur que divide al Partido Conservador, Álvaro Gómez Hurtado, Gilberto Alzate Avendaño, porque el esquema político que entró a dominar daba el premio a los que se volvían los más importantes dentro de su partido, sin importar si le ganaba al otro. El ejemplo más clásico es el de Alfonso López Michelsen que se toma el Partido Liberal frente a Carlos Lleras que era su opositor.

Aun así, había una cierta lógica de partido y una lógica de propuesta política consistente. López buscaba siempre una línea de apoyo con los sindicatos, una cierta simpatía con los antiguos guerrilleros liberales. Tierra, trabajo, techo, la reforma urbana, nada de reforma agraria, no dar apoyo a las propuestas de Pastrana que estaban identificadas con el sistema del UPAC.  En cuanto a Belisario, era la mirada de transacción hacia la guerrilla, hacia los grupos de izquierda, pero manteniéndose dentro del Partido Conservador. 

R.L: ¿Cómo afectó la constitución del 91 el liderazgo político?

J.O.M: La Constitución del 91 se empeñó en que lo que había que hacer era acabar con el poder de los partidos. Fue diseñada en gran parte para acabar con el bipartidismo y lo logró. Creó un sistema electoral muy favorable, porque era posible salir al Senado sin hacer parte de un partido político si uno tenía 30 o 40 mil votos. En el sistema anterior, que se llamaba el “sistema del bolígrafo”, era el dirigente en Bogotá el que decidía quién era el último candidato de Consejo en Apartadó. No había disidencias o alguien independiente de sostenerse contra una dirección nacional. El partido tenía mucho poder. Con la lista abierta, cualquier persona puede estar allí. Si tiene votos propios puede ser elegido como senador o representante. 

Otra cosa que hizo la Constitución fue darles poder a las regiones. La transferencia de recursos se convirtió en una herramienta fundamental de darles poder a los dirigentes locales, que con ese sistema electoral eran claves para las elecciones. El sistema electoral llevó a que el poder está en el dirigente local, cuya capacidad no tiene nada que ver con las propuestas ideológicas, sino con la habilidad de gestionar el presupuesto, de lograr beneficios del gobierno central y de tener una red local que administre esos presupuestos de manera que sirva electoralmente. El sistema premiaba esa dispersión del voto común y corriente y destruyó el proyecto nacional. No quedó ningún dirigente de partido, tal vez Gaviria, pero sin gran poder. Pastrana gobernó con amigos, pero sin partido, y Uribe también. 

R.L: Hay rasgos de personalidad que se vuelven muy importantes en la definición de los líderes…

J.O.M: El carisma, la credibilidad, cierta simpatía familiar, tener buena pareja, los niños. Es una identidad muy personal, muy de imagen, cuando no funciona la identidad de partido. Pasamos al dirigente que atrae por sus rasgos personales, por su simpatía personal sin que importe mucho su discurso, pero en su discurso debe mostrar que es relativamente hábil. Debe mostrar que sabe las cifras, que contesta las preguntas, que tiene propuestas. Ese es el tema de la credibilidad y de la confianza, pero no hay verificación en cierto modo de la solidez de eso. 

R.L: ¿Un líder nace o se hace?

J.O.M: Yo creo que la habilidad de dirigir a un grupo y ofrecerle propuestas es el resultado, como todo en la vida, de la combinación de la genética y el aprendizaje. Hay gente que tiene un gran talento y lo desperdicia, y otra que con poco talento y disciplina la logra. Generalmente el que triunfa es el que tiene mucho talento y fuera de eso trabaja duro y es disciplinado. Yo creo que en el caso del dirigente político también. Hay gente con talento y hay sistemas políticos que promueven ciertos talentos. En Colombia el talento que se está promoviendo es el talento del arreglo: cómo negocio, cómo reparto la marranita. Es el talento de negociación política pero no de propuesta política.

Foto: La Red Líder 

R.L: ¿A quiénes destacaría como líderes políticos en nuestro país actualmente?

J.O.M: Hoy mucha de la gente que uno está esperando a ver qué logra hacer está en función de una gestión administrativa más que de vida política. Uno no mira al concejal por lo que diga sobre la política nacional, sino si tiene claro qué hace con la basura, y lo mismo el funcionario de Bogotá, uno está pendiente de que sea un buen administrador que no se tire el Transmilenio con un contrato chimbo. Hay un premio social más a todas esas habilidades de gestión y administración y muy poco premio a la habilidad de dirección política. Eso ya no importa mucho.

Grandes políticos son Uribe, sin duda, Gaviria, es un buen político, pero le ha jugado más a su vida personal, a su experiencia, a sus amigos, a sus galerías, a que a sus hijos les vaya bien, que a lo que le está pasando a su partido o al país. Uno puede creer que Uribe tiene un gran resentimiento personal, pero eso lo lleva a estar pensando en los problemas colombianos, muy sesgado y lo que se quiera, pero con una preocupación y pendiente y metido en la guerra, y la da. Mucho más convencido. 

R.L: Para muchos Uribe es uno de los grandes líderes de nuestro tiempo.

J.O.M: Uribe tiene sin duda una capacidad de dirección muy superior a la de otros, con ese gobierno, con la propuesta de oponerse a las negociaciones de paz, y dio en general la imagen de enemigo de concesiones importantes a las Farc. Esa imagen fue muy oportuna en términos de lo que el país estaba esperando. El país estaba cansado con la negociación del Caguán. Uribe captó una inquietud nacional muy clara con esa negociación y con esa capacidad que tiene de partir el mundo, de definir enemigos y amigos, lo que dice Schmitt que es la esencia de la política. Eso le sirvió al populismo un poco de derecha. Logró crear el único liderazgo similar al tradicional. 

Es el único que se puede parecer a Carlos Lleras o a Gaitán en el sentido de que tiene mucha gente que lo sigue personalmente, que cree en él, que se entusiasma con él y una red propia que le da muchísimo poder. Los demás son muy débiles. Parecido es Petro, pero en muy chiquito, porque tiene la misma capacidad de definir amigos y enemigos y atraer por declaraciones de retórica hostil. No importan mucho las propuestas. Tienen un perfil claro: el de Uribe es la propuesta de que vamos a hacerle frente a la guerrilla con fuerza, sin concesiones ni regalos, el otro es “vamos a trabajar para el pueblo”, no sabemos cuál pueblo ni cómo va a ser, pero vamos a trabajar para el pueblo. 

R.L: ¿Qué virtudes deben caracterizar el ejercicio del liderazgo político democrático?

J.O.M: En Colombia lo que le da poder a la gente es la habilidad de negociación. Uno esperaría que si se tiene esa vocación de negociación haya algo en el sistema que evite que se premie la corrupción. Porque esa capacidad de negociación está muy cerca de la corrupción, y permite meterse muy bien en la corrupción. Es una zona gris en la que en muchas partes del país los políticos se mueven con mucha facilidad. Al país le convendría una cosa ética mucho más fuerte, de respeto de reglas y con la idea de que, si no hay unas propuestas un poco más consistentes, con partidos políticos, la cosa no funciona. 

R.L: ¿Qué hace que un líder político pierda su liderazgo?

J.O.M: Yo creo que en un grupo como el de Uribe, el peso de Uribe es muy grande. Duque, si no es elegido, desaparece. Lo mismo ha pasado con ciertos dirigentes del Uribismo. Uribe no ha intentado realmente crear un equipo fuerte dirigente. Tiene un grupo de asesores medio callado, oculto, que son para él, pero no parece tener un equipo que él quiera promover. Zuluaga también desapareció. 

Acá pesa mucho la estructura del grupo. En los demás grupos, los líderes son muy pasajeros. Un Fajardo queda con una cierta memoria positiva pero débil. Incluso eso le pasa a Antanas. Nadie vota por algo muy concreto detrás de él, sino por una simpatía personal, por la calidad personal.

R.L: Algunos dicen que el país vive una crisis de liderazgo político. ¿Está usted de acuerdo con esa lectura? Si es así, ¿por qué se ha producido esa situación? 

J.O.M: Yo creo que el liderazgo se acomodó a la estructura política que pasó y eso crea como una selección de líderes, que son esos líderes más de la manipulación y de la habilidad de gestión de grupo que líderes de proyecto. Al país le faltan dirigentes de proyecto, con visión amplia de para dónde puede coger el país y que sean capaces de inventar salidas. Al país no le va mal, el país avanza de a poquitos, pero sin saber para dónde va.

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R.L: En doscientos años de historia como República, ¿qué líder político considera que imprimió una huella fundamental en la trayectoria del país y por qué?

J.O.M: Ha habido bastantes. En el siglo XIX hay dos que influyen muchísimo, que son Mosquera y Núñez. Ambos tienen algo en común y es que empezaron en un partido y terminaron en el otro. Pasaron de cosas muy radicales. Mosquera era el promotor de la dictadura de Bolívar, el godo absoluto, terrateniente de Popayán y terminó expropiando la Iglesia y promoviendo la Constitución del 63. Núñez empezó expropiando la Iglesia como ministro de Mosquera y terminó montando la Regeneración, el ideal de un país católico, que hablara buen español, bien jerárquico. Es impresionante. Núñez tiene una característica común con otros del siglo XX, por ejemplo, con Alberto Lleras, y es que son personas que tienen una gran influencia por lo que dicen y escriben. Mosquera no tanto, aunque, como todos estos políticos del siglo XIX, quería ser intelectual, entonces escribió geografía de Colombia, historias del país, cosas de ese estilo. 

El otro es Alberto Lleras, que se hizo en los periódicos. Su papá era arrendatario menor de fincas en La Sabana, su abuelo era un maestro, y el entró a trabajar en El Tiempo, con los Santos, y terminó manejando el país en varias ocasiones. Probablemente era uno de los cerebros detrás de todas las reformas del 36, cuando era todavía muy joven, tenía 28 o 30 años pues era ya Ministro de Gobierno. 

En el siglo XX son muy importantes Carlos E. Restrepo y Alfonso López Pumarejo, porque son los dos que montan las transacciones en el momento de la violencia. El país logra ahí más de tres décadas de paz, que fueron de mucho crecimiento económico, del año 1905 al año 45. 

R.L: ¿Qué líder considera usted que ha quedado olvidado en nuestra historia?

J.O.M: Justamente no se recuerda mucho a Carlos E. Restrepo. Era una figura más bien segundona porque no era un gran orador. Pero era un hombre que entre su grupo tenía una gran respetabilidad, con toma de posiciones más claras. Los industriales de Antioquia creían en él, le pedían opinión, un referente, fundador de la Naviera Colombia y de mucha empresa en Medellín. Era al que todo el mundo estaba dispuesto a oír, era el sabio del pueblo, el sabio negociador. Él puso de acuerdo a liberales y conservadores en Antioquia y luego aquí en Bogotá.

R.L: ¿Quién fue el líder que más influenció la Colombia de hoy?

J.O.M: Se piensa en Galán, pero la muerte de Galán fue tan dramática que abrió la puerta para la pacecita del 90 y la reforma constitucional. De pronto a Galán le hubiera tocado ser un presidente común y corriente y no nos damos cuenta de nada y no hace nada. Galán fue uno de los últimos que se destacó porque lo que decía tenía interés como proyecto político. Cuando hacía una propuesta sobre educación u otro tema, era más o menos pensado y elaborado, y eso desapareció. 

R.L: ¿Qué le faltó al gobierno a la hora de liderar las negociaciones con las Farc?

J.O.M: Ha sido muy complicada la tensión entre lo que se puede conceder y lo que parece necesario conceder para que sigan en el juego. Tuve un poco la sensación de que el gobierno no dio un mensaje continuo que tratara de presionar a las Farc para definir de una manera diferente su relación con la población. Que las Farc aceptaran que fue un error hacer la lucha armada. Pienso que les pedía la aceptación de culpas en casos individuales, que llevó a esa cosa medio paradójica y es que las Farc se centraron en el argumento de decir no, todos estamos de acuerdo en que esta fue una guerra absolutamente justa y necesaria, que cometimos muchos errores y pedimos perdón por esos errores. Pero el mensaje fue “la guerra fue justa y necesaria”, y ese mensaje lo alcanzó a dejar meter el gobierno en mi opinión y no logró presionar a las Farc para que dijeran “es que pedimos perdón por esta guerra que tanto le costó al país”, y a ellos mismos. 

Hubo otros problemas en la negociación. Esta parece llevar al extremo la cosa leguleya colombiana. El acuerdo parece redactado por un abogado del gobierno y otro de las Farc, ambos expertos en complicar más y más la cosa, con comisiones, grupos, incisos, etc. Más de 200 páginas de incisos leguleyos. No sé si eso les va a ayudar a desenredarse o enredarse más. 

R.L: ¿Qué papel juega la historia en la formación de un líder?

J.O.M: Juega muchos papeles. Uno de esos es que muchos cogen los ejemplos de la historia para esconder las cosas. Buena parte del debate político se ilustra con ejemplos históricos, generalmente arbitrarios, que lo que hacen es traer una imagen positiva o de un fracaso, pero que realmente como análisis histórico no funciona. Porque las condiciones son muy distintas. Pero los lideres conocen un poco eso y recuerdan, y traen a la luz lo que pasó en una u otra ocasión. Y eso está bien. 

En general lo que pasa es que el conocimiento histórico es como una de esas cosas ultra básicas que hacen parte de la lógica diaria de la gente. Cuando la gente estudia historia, lo que coge, si es una buena enseñanza, es la capacidad de analizar el documento, el testimonio, de volverse escéptica, de saber cuando se está haciendo retórica o justificándose, de aprender a distinguir qué parece verosímil y qué es coherente y qué puede estar sesgado, esa parte es la capacidad crítica. Y la otra es el ejercicio del debate histórico que, como no se hace sobre lo actual, ultra apasionado, puede enseñarle a la gente a discutir un poco más tranquilamente y sin necesidad de usar las dos formas colombianas de discusión, que es decir “el otro es un guerrillero o un para” y eso anula lo que dice, o tergiversar el argumento. Ese sería el aporte de una buena enseñanza de historia. 

 

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