“¿Cómo es posible que todavía estemos discutiendo si vale la pena vivir en paz o no?”: Roberto Burgos Cantor

Discreto, reservado, agudo, Roberto Burgos Cantor es uno de las grandes plumas de nuestra literatura. Hablamos con el escritor cartagenero sobre su visión de liderazgo, las crisis que vive el país, la educación, sus dudas y cuestionamientos

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Red Líder: ¿Qué piensa usted del liderazgo político?

Roberto Burgos Cantor: Recientemente vengo de un escondido y fuerte descreimiento. He escuchado a personas que leo y a amigos que tienen una particular entrega a eso que reconocen como lo político y no acaban de definirlo. Ellos hablan del tema del jefe, del caudillo, del patriarca, del líder, y observé que hay un momento de la vida, no solo colombiana, donde está de moda la expresión del líder, como en un momento hubo otras modas. Ahora hacen cursos de líderes para todo, y uno trata de pensar ¿qué sería? Pero estos amigos a los cuales aludo, la principal queja que tenían era cómo lo que soñaban o esperaban de un líder, que era la formación de movimientos, de formas de agrupamiento, en definitiva, de partidos, éste nunca lo hacía concretamente. Tuve una larga conversación con una persona que estuvo trabajando con los Visionarios y después se fue como investigador del Ortega y Gasset, Pedro Medellín. Han pasado ya diez años. Un día él me dijo: “Estaba todo listo para la organización de un movimiento, con tareas, etc., y eso no ocurrió, y no ocurrió por la falta de disposición de quien dirigía”.

Eso que dijo él me llevó a un recuerdo. Estábamos en los primeros años de la universidad, y en ese tiempo yo escuchaba a los mayores, a mis profesores, a mis padres, hablar de unas personas honradas, comprometidas con su país, con sus regiones, que trabajaban dentro de una idea partidista de la política. Una de esas personas era Fabio Lozano Simonelli. Cuando el doctor Carlos Lleras Restrepo volvió a la política y quiso reorganizar el Liberalismo y fracasó, en una de las últimas entrevistas largas que hizo antes de morir, Lozano Simonelli dijo algo interesante: “Es que todos esperábamos que Carlos Lleras fuera ese tremendo organizador, como Lenin”. Esto que cuento de Lozano Simonelli y de los Visionarios me llevó al pensamiento de que si acaso esa condición que le reconoce un grupo de la comunidad, un grupo de personas, por afinidad de ideas, por identidad en solución a las necesidades, etc., eso que esperan, no le interesa al líder. El líder es una cosa autárquica. Es como Moisés. Uno va buscando las ideas de los líderes en el mundo y Moisés no tenía ni un Consejo de discusión, iba imbuido por su misión. Cruza desiertos, el Mar Rojo, la fe le hace resolver las cosas, y en el momento del cumplimiento de la misión, cuando le entrega las tablas de la ley, a la comunidad ya no le interesa eso, y él las rompe.

Esa imagen, unida a todas estas cosas, me hizo pensar ¿por qué esperar al líder? ¿No será que lo que la vida nos está indicando es que hay que crear formas de comunidad donde cada quien responde de sí y ese responder de sí lo hace responsable de su relación con los demás? ¿Por qué dirigirlo? Y que tratar de marcar una dirección probablemente recorta la posibilidad de cada ser humano de ser lo quiere ser, pero no encuentra otra opción, otra ruta, en unos mundos tan desbaratados. Y como hay momentos en que nuestras comprensiones del mundo no son suficientes para entenderlo, me parece una tontería llamarlo crisis o crispaciones. Siempre hay hechos que indican unos índices altísimos de abstención en el tema de lo político electoral y se plantean dos dudas: ¿Es un problema de educación para vivir en comunidad? o ¿es un rechazo? Si fuese lo segundo, obviamente está en cuestionamiento esa manera de construir comunidad, de ejercer liderazgos.

R.L: Hoy en día hay carencia de líderes…

R.B.C: Hay una orfandad, y puede que esa orfandad sea todavía síndrome por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, donde la gente sintió una voz que reconocieron como propia, con la cual se identificaron. Ese síndrome de orfandad, cuando hablamos de asuntos religiosos, por ejemplo, muestra por un lado lo que no hemos querido llamar crisis, el desbarajuste, y lo que la gente está buscando en formas que ya no son las que definieron a la nación colombiana en la Constitución del 86, distintas de las viejas formas de participación en la vida política, ciertos clubes sociales, incluso en las artes. Cuando se está convidando a la gente a través de la poesía para la paz o la literatura para el posconflicto, se está buscando algo que hace falta y que la gente busca porque el discurso que representaba esa posibilidad de convivencia, que sin duda fue el discurso político, entró en el desastre que entró.

R.L: ¿Un líder nace o se hace?

R.B.C: El líder se hace. En esa concepción tradicional del líder, la comunidad a la cual se pertenece colabora con ese moldeo. Si uno mira eso que generaría la idea de “se nace”, uno encuentra en la vida colombiana algunas personas que al ser presidentes o senadores marcaban una ruta de conducta y sus familias no siguieron esos caminos.

R.L: ¿A quiénes reconoce como líderes políticos en nuestro país actualmente?

R.B.C: Veo líderes que los han llamado cívicos, pero son líderes de la educación. Los que generan más curiosidad y posibilidad de acercamiento en los muchachos son personas que vienen de la universidad, del profesorado, y el hecho cívico se convierte en un hecho educativo que tiene consecuencias políticas. Cuando Antanas se bajó los calzones en la Universidad Nacional, ¿por qué esto no generó, dentro del espacio de la educación universitaria, el debate que merecía más allá de “ay, pero que tipo tan vulgar”? ¿Por qué no se pensó en la tradición de ese gesto? Si es desprecio o es crítica, si vamos a discutirlo o no. Pero eso trascendió de la Universidad y yo recuerdo cuando en la televisión nos mostraban que ese alcalde indicaba cómo debe usarse el agua y cuántas veces bajar la cisterna del sanitario. Y era muy interesante porque logra transmitir algo educativo. No hay que desperdiciar el agua potable para estos usos. El mensaje educativo fue muy bueno.

R.L: ¿Qué virtudes deben caracterizar el ejercicio del liderazgo político democrático?

R.B.C: En las que podrían vincular esa acción con la comunidad, indudablemente la generosidad, la solidaridad, la capacidad de escuchar. No siempre la idea que se tiene es la válida. Discutirla, y aceptar si uno se equivoca. Pero siempre, toda forma de dirección inocula al ser humano de una enfermedad tremenda que es el ejercicio del poder, poder en un área, en la casa, en el trabajo. Ahora todos, o casi todos, tienen esa inoculación. La gente va por la calle desconociendo a quien considera inferior y aludiendo a algo abstracto, porque el poder es abstracto, diciéndole “usted no sabe quién soy yo”. Yo le escuché decir a don Álvaro Mutis, durante esa parte de su vida y de su poesía cuando él era un ser irreverente: “Lo peor que nos puede pasar es cuando nos creemos el cuento”, y uno le preguntaba: ¿qué es eso de creerse el cuento? “Lo que dijo López Pumarejo”, decía don Álvaro, “que los colombianos compramos un traje nuevo, y como nos creemos el cuento de que nos vemos elegantes, cambiamos el caminado”.

R.L: ¿Qué hace que un líder político pierda su liderazgo?

R.B.C: Hay un hecho tremendo que es el rechazo de la comunidad. El otro día, leyendo sobre algunos procesos políticos que ejercían algún encantamiento sobre las comunidades, varios afirmaban que hay algo de esa magia que se pierde. No hay renovación de la sintonía con la comunidad, como si esta fuera estática y siempre se le transmitiera lo mismo. Puede ser un factor y la comunidad ya no les come carreta.

R.L: Usted ha sido un escritor alejado de las redes sociales y de las estrategias de marketing. ¿Cómo cree usted que estas han influido en la construcción de líderes?

R.B.C: Están colaborando a llenar ese vacío que genera la orfandad. La gente es capaz de un día para otro de reconocer una cosa que no han probado. En el caso de los políticos, además de los artistas, los pastores religiosos, los cantantes y los pintores, buscan transmitir algo. Pero sobre todo en estos tiempos esa fotografía ya no es inocente. Ya está mostrando un valor que está en discusión. Por ejemplo, ¿cuál es la familia que queremos? ¿Cómo es? ¿Es una familia completa? Etc. Y comienzan a volver todo eso valores. Hay unos juicios muy fuertes de valor.

R.L: Nuestro país pasa por una verdadera crisis de liderazgo. ¿Está de acuerdo? ¿Qué nos ha llevado a eso? ¿Ve algunas soluciones?

R.B.C: El liderazgo está en crisis porque no hay una idea que congregue. ¿Cómo es posible que la humanidad se siga matando desde la Antigüedad, que la convivencia y la paz no conciten y que todavía estemos discutiendo si vale la pena vivir en paz o no?

El aceptar y anunciar una fractura fuerte ya es un hecho positivo. Quiere decir que lo que la comunidad quiere no está, busquémoslo. Los liderazgos que veo generan la reestructuración no de la comunidad misma, pero sí de las formas de expresión y de regulación de esa comunidad. Por ejemplo, estuve leyendo hace un par de semanas unos trabajos muy interesantes sobre lo que se llama Casa Grande Caribe. Esa Casa Grande Caribe ha sido un viejo empeño de un historiador de la economía, Adolfo Meisel, y llegó a un punto donde analizaron los índices de pobreza y todas las ilusiones que ha habido para solucionarla, las regalías, las transferencias, la situación fiscal, y encuentran cuáles son los cuatro o cinco puntos que la resolverían: clausurar los consejos municipales, las asambleas, las formas típicas de alcaldes y gobernadores, y generar un pequeño comité de planeación que no costaría más de lo que vale la solución del problema. Como uno de los factores de la pobreza es la educación, sin duda una comunidad empoderada, consciente de sí, va a hacer algo necesario, pertinente e importante para ayudarse a sí misma, uno ve el esfuerzo.

R.L: ¿Qué se necesitaría para que hubiera una transformación y llegara un líder al cual la gente le crea?

R.B.C: Quizás los líderes de la educación, Mockus, Fajardo, Bromberg, tengan algo que hacer. Se necesita mucha fe para empezar la tarea enseñándonos, a quienes aspiramos a la condición de ciudadanos, por dónde debemos cruzar la calle. Cuando un educador, y en este caso estamos hablando de personas con unas carreras científicas importantes, descubre un día semejante lío, que hay que empezar otra vez, o que a lo mejor nunca se hizo nada, eso es un reto. Hacernos entender que debes detenerte frente al rojo, no porque estén violando tu libertad, sino porque están preservando un orden.

R.L: Dicen que todo pasado fue mejor. ¿Piensa que esto es verdad en lo que se refiere a nuestros líderes?

R.B.C: Ha ocurrido algo que hay que poner en el lado positivo de la balanza y es que, en medio de toda la crujidera, el país se abrió. Antes eran solo dos partidos y las diferencias entre esos dos partidos eran eternas. Y ahora empiezan a abrirse las opciones. Un día les preguntaba a unas personas críticas del candidato Petro, ¿a ustedes no les parece un hecho significativo esa Plaza de Bolívar atiborrada, creo que durante siete veces, y no hubo un herido, un golpeado, no salieron a romper vitrinas, y que oyeran el discurso de cada quien?

R.L: El tema de la corrupción ha sido un factor determinante para que la gente no crea en líderes.

R.B.C: Mucho, porque todo el devastador “ejemplo” del narcotráfico les mostró a los pobres que podían ser ricos. Y en Colombia, que no era un país de riquezas extremas como Brasil o Argentina, sino más bien de una vida modesta, de pronto toda esta locura deformó a la sociedad y a la política.

 

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