Si todas las mujeres hablaran...

… se abriría una caja de pandora de dimensiones inéditas. 

Empiezo por agradecer a Claudia Morales su coraje al narrarnos el oprobio vivido a causa de un “todopoderoso”. Sabía de antemano las reacciones que despertaría en contra de su testimonio. Las mismas que viven anónimas mujeres de todas las clases sociales victimas del mismo delito.

El temor a esas reacciones conduce a miles de mujeres a llevarse el secreto a la tumba, mientras los violadores y abusadores se ensañan con otras víctimas, sin ningún reato de conciencia.

Aprovecho el momento para deshilvanar el hilo de una cadena histórica de ultrajes, que las feministas han develado en defensa de la libertad, la dignidad y la integridad femeninas. Hoy, el Instituto Nacional de Medicina Legal, corrobora año tras año, las dimensiones de un delito que tuvo en el mito de las Sabinas (Siglo VII a de c) su justificación inmoral y en el “derecho de pernada” (Edad Media) la tolerancia familiar y social moralmente inaceptables.  

La “creencia naturalizada” de que la mujer es un “objeto sexual” disponible para el deseo masculino, subyace en el origen del ultraje. Poco importa la edad. Según Medicina legal del total de 18.257 delitos sexuales denunciados en el 2016, el 11% corresponde a niñas entre 0 y 4 años. Es decir, bebés. Y, entre 68 mujeres mayores de 60 años agredidas sexualmente, 16 eran ancianas de 80 años y más.

Son “las niñas y las jóvenes quienes están en situación de mayor riesgo”. El 96% del total de casos atendidos (18.257) fueron niñas entre 0 y los 17 años. Son hombres de todas las condiciones sociales, prestos a la “caza”: militares y civiles; ilustrados e ignorantes; académicos, políticos; viejos y jóvenes; altos ejecutivos y trabajadores rasos; indigentes; curas y pastores; entrenadores deportivos, médicos y un largo etc. de horror.

Un delito presente “en todas las clases sociales”, sin excepción. Basta recordar al Director del Banco Mundial Dominique Strauss Khan, detenido y acusado de agresión sexual a una camarera en lujoso hotel de New York (2011). Claudia Morales también fue violada en la habitación de un exclusivo hotel. O el reciente caso del productor de cine Harvey Weinstein puesto en la picota pública y judicial (2017) por actrices valientes. En el otro extremo de la escala social el caso del habitante de calle, violador y feminicida de Monserrate (2015). Hay ahora un magistrado en Medellín pendiente de la imputación de un presunto delito sexual.

“Tampoco ningún lugar es seguro”: ni el hogar, ni la escuela, ni la universidad, ni el trabajo, ni el consultorio, ni el campo deportivo. Mucho menos la calle y otros espacios públicos. 

Según feministas pioneras en la materia y Medicina legal, un alto porcentaje (89%) de abusadores y violadores son hombres conocidos: padres, padrastros, tíos, abuelos, primos, yernos, jefes, exparejas, novios, profesores, guías religiosos, entrenadores, médicos, vecinos.

Son poquísimos los extraños, a pesar de que el miedo femenino inculcado se centra en estos. La alerta es para el entorno de niñas y mujeres donde acecha el agresor. A mi modo de ver, esta es la condición sine qua non del silencio de las víctimas y la poca credibilidad de familiares y amigos. Se resisten a admitir la verdad, precisamente por ser persona conocida.  

La violación sexual y el acoso sexual “son delitos mediados por relaciones de poder sobre la víctima” a quien ponen o está en situación de indefensión e intimidación: poder político, económico, laboral, religioso, personal, físico, familiar, armado. También el poder simbólico que tienen los hombres sobre las mujeres opera en estos casos.

Es una radiografía de horror para conocer y reconocer, como la única manera prevenirlos estos delitos. Es hora entonces de que:

- Madres y padres tomen conciencia del cuidado y protección de sus hijas desde que nacen. 

- En las empresas se establezcan rigurosos protocolos de prevención, atención y sanción ejemplar a estos agresores.

- Las instituciones educativas tomen medidas para erradicar este delito de las aulas y la perversa costumbre de trasladar a los autores a otros municipios o colegios, donde siguen delinquiendo.

- Las autoridades universitarias tomen cartas en el asunto con medidas ejemplares para los agresores sin importar su rango y prestigio académico.

- La Procuraduría General de la Nación, preste la debida atención y castigue ejemplarmente a aquellos servidores públicos autores de delitos sexuales, lo mismo que los despachos de control interno disciplinario de las entidades públicas acostumbrados a minimizar y banalizar estos delitos.

- Los medios de comunicación sean agentes de sanción social, en vez de volverlos espectáculo noticioso.

- A pastores y ministros religiosos les caiga el peso de la ley y la sanción moral.

- La publicidad abandone de una vez por todas, la “idea de la mujer como objeto sexual” para promover la venta de toda clase de productos. Las mujeres son personas. Sujetos de derecho y merecen respeto.

- De campañas preventivas permanentes en todos estos lugares.

Es hora de mantener abierta la caja de pandora.    

Rocio Pineda-García
Rocio Pineda-García
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