Más allá de la contradicción: buscando la esperanza en la miseria y la crueldad

Cuando se escucha a víctimas de violencia sexual, aparece en quien narra pero sobre todo en quien escucha, un deseo ferviente de encontrar la esperanza, esa que las lleva a seguir estando vivas...


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La Esperanza I es un óleo sobre lienzo del pintor vienés Gustav Klimt. En él aparece una mujer joven, embarazada y desnuda, que representa, de un lado la pureza y la bondad adjudicables a una madre próxima y de otro, la desnudez de mirada, nalgas y vello púbico asociada a una alta carga erótica. Detrás de la mujer, Klimt pinta también rostros siniestros y formas monstruosas que simbolizan las fuerzas hostiles, la enfermedad, la miseria, el crimen, la lascivia y la muerte.

Cuando se escucha a víctimas de violencia sexual, aparece en quien narra pero sobre todo en quien escucha, un deseo ferviente de encontrar la esperanza, esa que las lleva a seguir estando vivas, esa que les permite sonreír ante una broma o un recuerdo en el que desafiaron la miseria, el crimen y la muerte. La escucha de los relatos de la guerra que hacen las mujeres es más que una acción de compromiso ético y político, y se constituye en un ejercicio dialéctico de la propia vida, las contradicciones, los prejuicios y las experiencias vitales. Así, un acercamiento respetuoso y amoroso a la vida de una mujer que cuenta su historia de violencia sexual se convierte entonces, en una oportunidad de pensar en la historia propia, de violencias y decisiones, en buscar juntas -quien escucha y quien narra- la esperanza.

Las afectaciones, daños, tristezas profundas que invaden la vida de mujeres víctimas de violaciones, las lleva a buscar en amigas, familiares y en algún dios una oportunidad de seguir vivas. Orar, pedirle a “Dios” que les de fuerza, poner las “decisiones en las manos de Dios” y que se “haga lo que Dios quiera” hace parte también de las respuestas que necesitan y buscan las mujeres. Para quien escucha, no siempre la mención a ese dios que no las protegió de la guerra o que hoy las puede llegar a castigar por malas madres, no resulta inspirador, por el contrario se convierte en una figura contradictoria -dialéctica- que contribuye a aumentar la culpa, incluso la desesperanza.

Algunas mujeres han quedado embarazadas producto de las violaciones. Aunque en Colombia, estas mujeres tienen derecho a la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE)* , no todas acceden a este, y algunas deciden continuar con el embarazo y parir. Nuevamente la decisión de quien narra y la pregunta por la decisión que hubiese tomado quien escucha, vuelve a llegar a la mente, desde el prejuicio propio de lo que se considera mejor para las mujeres.

Los daños a la vida personal, familiar y comunitaria de algunas de las mujeres que viven su vida con hijos e hijas producto de las violaciones son profundos, parecieran irresolubles y se actualizan día a día. Las mujeres, vueltas madres a la fuerza, se enfrentan a una sociedad que las manda a amar a sus hijos e hijas por encima de ellas mismas y las castiga y señala por no hacerlo. La mezcla de rabia, dolor y culpa y el mandato social les impide reconocer o hablar libremente de este desamor profundo. Por su parte, esos niños y niñas crecen en contextos hostiles por falta de afecto y cercanía.

La promesa de felicidad que entraña la familia, como idea, como institución, martiriza día a día a esos seres unidos por la violencia y el estigma. La esperanza de una reparación de los daños y de una reconstrucción del proyecto de vida no es sino una utopía en la vida de estas mujeres y de “sus familias”. 

La alianza macabra entre los mandatos religiosos de preservación de la vida, el amor maternal, entendido como destino natural de las mujeres y un sistema de salud que no da información responsable y segura a mujeres víctimas de violencia sexual, hace de la maternidad un látigo de injusticia para madres, hijos e hijas que no cesará de blandirse, ni siquiera cuando estos niños y niñas lleguen a la adultez. Los rostros siniestros, pintados por Klimt, que advierten los peligros a los que debe enfrentarse “la nueva vida” ya no pueden, en este contexto de condena, ser parte de las contradicciones “normales” de la vida sino la única y segura realidad para estas mujeres, dada la tragedia que la guerra produjo y a la que la institucionalidad y la iglesia le da la espalda.

La Esperanza I causó repudio en la Viena de 1903 y no pudo ser exhibida. La Esperanza II en 1907 que muestra a una mujer embarazada, vestida y con la cabeza inclinada, acoge mejor eso que la sociedad puede esperar de una madre. La segunda madre, hace famosa la primera, la desafiante y la esperanzadora.

Las instituciones como la familia, la iglesia y el Estado perpetúan la tragedia en las víctimas de violencia sexual, les roba la esperanza, sin embargo como en los cuadros de Klimt ellas desafían la miseria, la enfermedad y la muerte, no exentas de contradicciones, en la búsqueda de una segunda esperanza de una sociedad más humana y más justa.

 

* La Sentencia C-355 del 2006 despenaliza el aborto en Colombia bajo tres causales: malformación del feto,
condición de salud (discapacidad física o mental) de la mujer que se encuentra en estado de embarazo y por
acceso carnal violento (violación).
      Periodista prueba

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