Los profesores se han convertido en máquinas de productividad

Todos los científicos, académicos e investigadores de una cierta edad hasta el día de hoy están siendo medidos con ese índice, para bien o para mal.

Las universidades del mundo entero se están midiendo con el índice h. Una forma de medirse donde el elemento determinante es la cantidad y la calidad de la producción intelectual estrictamente dicha: artículos científicos, capítulos de libro, libros, y demás.

Algunos de los criterios anteriores a la aparición del índice h consistían en la pertenencia a sociedades académicas o científicas, a comités de publicación y clases o cátedras dictadas, de diverso prestigio.

Desde luego, el índice h no es un indicador plano, y tampoco existe sin discusiones y debates acalorados. Hay argumentos de lado y lado que son generalmente sanos, ya sean laudatorios o críticos y distantes. Huelga decir que no hay un único índice h, sino varios, pero esa no es una objeción de fondo.

Todos los científicos, académicos e investigadores de una cierta edad hasta el día de hoy están siendo medidos con ese índice, para bien o para mal. Hasta el punto de que son muchas las universidades que, para la convocatoria de una plaza de trabajo, lo primero que preguntan es por el índice h; y si el índice es “decente”, entonces proceden con los pasos siguientes: entrevistas, documentos, etc.

Cuando realicé mi doctorado, mi director de tesis (promotor, en inglés) era la máxima autoridad en el mundo en su campo de especialización. Vi, personalmente, cómo profesores y estudiantes del mundo entero, de Japón y de Australia, de Estados Unidos, del resto de Europa y de África venían a escucharlo y a aprender de él.

Era un profesor eminente en su materia, a pesar de ser temperamental y en ocasiones antojadizo. Había heredado la cátedra del padre fundador de los archivos Husserl en Lovaina, el Padre Van Breda.

Busqué a mi profesor en el Google Scholar y en otras fuentes y bases de datos, y su índice no aparece. Llevé a cabo el mismo experimento con numerosos otros nombres de miembros de diversas academias de ciencias, y el resultado fue el mismo.

Los criterios con los que ayer se medía el prestigio intelectual de un investigador han cambiado radicalmente, y con los indicadores de calidad e impacto actuales, muchos de ellos, figuras prominentes del pasado, difícilmente aparecen en las nuevas ventanas de observación. La ciencia avanza, manifiestamente, pero con criterios de calidad distintivamente generacionales.

La principal razón por la cual aparece la cienciometría es el hecho de que a partir de un momento determinado se produce una magnífica eclosión de personas con títulos de Maestría y Doctorado, de investigadores, profesores y académicos, de ingenieros, escritores y músicos, por ejemplo, y entonces se hace imperativo medir cómo hacen lo que hacen, y otras características propias de lo que inmediatamente se conocería como la sociedad de la información, primero; y posteriormente, también como la sociedad del conocimiento.

La cienciometría nació en los años 1960s y creció y se fortaleció hasta la fecha. Se hicieron escalafones de universidades, de programas, de carreras, de profesores.

Pero el fenómeno no es exclusivo de la educación. Existen igualmente rankings de aerolíneas, de clínicas y hospitales, de centros de pensamiento (think tanks), y muchos otros más.

Así, es evidente que el mundo ha cambiado en cuestión de una generación, o menos. Y así, los criterios que ayer eran pertinentes y valederos han dejado de serlo hoy. Hay, por decir lo menos, un cruce de capas geológicas, unas superponiéndose a otras. Lo que ha llegado a dominar es la cantidad, la calidad y el impacto de las publicaciones.

En realidad, con este mismo proceso una consecuencia contundente resulta ante una mirada sensible. Los intelectuales, que ayer existían hasta ayer y generalmente jugaban un papel crítico o la función de pulmón de la vida cultural, han desaparecido.

Los profesores se han convertido en general en máquinas de productividad, han perdido la libertad que alguna vez tuvieron, y son ahora, simple y llanamente, empleados.

Se han elaborado incluso experimentos aplicando el índice h a diversos autores en la historia, y los resultados han sido siempre sorprendentes, para Tirios o para Troyanos. Pero el hecho crudo sigue siendo evidente hoy: los criterios de calidad y de impacto actuales (índice h, rankings) no siempre se corresponden con los criterios valederos ayer.

Se produce así una inflexión en el conocimiento de la siguiente manera: en la sociología del conocimiento, en la antropología del conocimiento, en la historia del conocimiento, en fin, en las políticas mismas acerca del conocimiento.

Mi profesor siempre quiso escribir un libro sobre Nietzsche; pero nunca pudo hacerlo. Las jugarretas de la vida y las trampas de la vida académica no se lo permitieron. Supongo que mi director de tesis fue una estrella, de brillo fulgurante, pero fugaz. Pues se encontró en la bisagra entre dos generaciones, marcada por la cienciometría y el índice h.

Carlos Maldonado
Carlos Maldonado
Profesor de Ciencias de la Complejidad
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