El cuidado de lo público

El cuidado de lo público por reductio ad absurdum, en tres escenas y un breve colofón:  

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Escena 1. El hombre invisible (martes 6 de marzo de 2018, primeras horas de la mañana)

Me dirijo a la universidad por la entrada de la 73, el vigilante me pide el carnet, mientras por un lado pasa, como dueño de casa, un hombre que a juzgar por su apariencia se encuentra en el límite de la indigencia. Arrastra una enorme maleta de rodachines, que alguna vez fuese color rojo o violeta, en dirección a la casita de biología. No se siente obligado a mostrar identificación alguna; realmente, ni siquiera se la piden; saluda a todos los que se le acercan chocando amistosamente sus puños. Lo pierdo de vista mientras me dirijo al doctorado eludiendo innumerables obstáculos en el camino.

Sin explicación alguna, porque la memoria es así: misteriosa, insondable, caprichosa, vinieron a mí personajes de las series policiacas de los años 80 del siglo pasado, entonces pensé: “No hay que ser Columbo, Koyak, Cannon, Baretta -bueno Baretta quizás si-, para imaginar el contenido de la maleta". 

Otra serie televisiva de la misma época relampagueó en mi mente, El hombre invisible: un joven de aspecto lastimero camina por la calle arrastrando evidencia significativa, se dirige a un efusivo y acogedor lugar de negocios. Unas horas después el contenido de la maleta se ha es-fumando por completo. Las fuerzas de seguridad del Estado nunca lo vieron en la calle, no lo registró ninguna de las cámaras de video que la policía tiene dispuestas en los postes de la luz, arriba de los semáforos, en las terrazas de los edificios; los vigilantes de la empresa de seguridad que la universidad se ve obligada a contratar por miles de millones de pesos al año tampoco lo vieron entrar. Todos los que tendrían que verlo están perfectamente entrenados para no hacerlo, la transparencia del hombre es conveniente y cómoda. Quienes tienen la obligación profesional, el trabajo de detectarlo, requerirlo, detenerlo y judicializarlo fuera de las fronteras de la universidad obtienen jugosos beneficios al no hacerlo. Eso, en plata blanca, explica su estable y sostenida presencia, su inadvertido paso.

 

Escena 2. La micro-privatización parasitaria (martes 6 de marzo de 2018, primeras horas de la mañana)

A la hora que entro a la universidad ya está abierta la cafetería, la misma que beneficia a un porcentaje significativo de estudiantes con el servicio de desayunos y almuerzos a precios simbólicos, pero también están funcionando las ventas no autorizadas que otrora fueran chazas y que hoy son enormes tiendas dotadas de máquinas de café exprés, tostadoras eléctricas, hornos microondas, ruidosas  licuadoras, pupitres para los clientes y una intrincada red de cables de diferente calibre que se tejen en el piso de manera amorfa y dan la impresión de estar conectados a los lugares más remotos del universo, pero realmente lo están a los tomacorrientes de la universidad.

Mientras pienso que es un verdadero milagro que no haya habido una electrocución masiva cualquier día lluvioso y logro llegar a la oficina del doctorado sin tropezarme con nada, me percato de que un joven, aprovechando la distracción de las asistentes del programa, se dispone a sacar dos sillas de la salita de juntas.

 

-¿Para dónde va con esas sillas?- le pregunto.

-Es que las necesito.- Me contesta en tono desafiante.

-No se las puede llevar.- Le digo convencido que con eso es suficiente para resolver el impase.

-Pero si esas sillas son públicas.- Me dice con cara de indignación.

-Sí, justo por eso, porque son bienes públicos no puede usarlos a su antojo.-

-Es que lss voy a utilizar acá en la universidad, la chaza queda aquí nomás.- Riposta convencido de que ha dicho algo inapelable.

-Mire, esas sillas están en mi inventario, si se pierden o se dañan las tengo que pagar yo, así que déjelas ahí y váyase a leer, en caso de que se interese en esa  insólita actividad, o a hacer lo que quiera, pero con sus manitas vacías. –Le digo, en el límite de la paciencia-.

 

No sé si fue la apelación al inventario, la invitación a la lectura o mi alusión a sus manitas, pero logré persuadirlo de que dejara las sillas y volviera al dinamismo comercial de su chaza -quizás muy pronto kiosco de inverosímiles proporciones-, justo ahí, en la cara oriental de la plaza Darío Betancourt.

 

Escena 3. La impunidad inercial (Martes 6 de marzo de 2018, al caer la tarde).

Corría el rumor de que el tropel por fin había terminado, entonces bajé caminando por la avenida Chile y tomé la carrara 12.  Parado en la mitad de la calle, con los ojos rojos, por efecto del mismo gas que me quemaba la garganta, un colega, directivo de la universidad, coordinaba la evacuación. Me saludó de paso mientras a lo lejos se escuchaban voces que advertían: "calle despejada, derechos humanos, salida segura". En el marco de la puerta de la universidad se encontraba amontonado un grupo de jóvenes, ahora disfrazados de estudiantes, en la típica pose de los atletas de una maratón en espera de la señal de largada. Me pareció una escena cinematográfica. Esto me pasa a menudo: veo algo impactante o curioso o incluso demasiado corriente y pienso: “qué bueno sería inmortalizar este instante en una película de ficción”. En momentos así creo poseer la sensibilidad del cineasta, del testigo de los tiempos y las cosas… segundos después hago pie en la realidad y me convenzo, de nuevo, que haberme hecho profesor fue una buena decisión. 

Me tomó unos segundos comprender que quienes estaban a punto de salir de la universidad no podían ser estudiantes, profesores, funcionarios o trabajadores, que acaso por conmoción emocional o por una suerte de necia curiosidad se hayan quedado dentro más de cuatro horas respirando ese aire nocivo y escuchando de cerca la estridencia de las explosiones. La joven tropa –treinta, mal contados- que se disponía a huir, con la consabida protección de organismos estatales, era una parte gruesa del elenco de una larga y mala película, que para ese entonces ya rodaba su última escena. La otra parte del casting, vestidos con un atuendo a mitad de camino entre robocop y soldado de las sombras de Star Wars, se había retirado de la calle para facilitar la partida de sus contrincantes. 

Si al lector le incomoda la comparación con una escena cinematográfica, por lo menos tendrá que concederme que lo ocurrido tiene mucha similitud con el espectáculo de la lucha libre: combatientes osados, saltos acrobáticos, piruetas rutinarias, humo, ruido, insultos estereotipados y espectadores excitados. Al final, el combate se termina por físico cansancio o por puro aburrimiento, en cualquier caso, el resultado está siempre definido de antemano. En este patético juego cada luchador justifica a su oponente: máscara versus cabellera, aunque los verdaderos ganadores no son nunca ellos, que viven de migajas, sino los empresarios del espectáculo. Sería cómico si no fuera tan peligroso. Al fin y al cabo, cuando se abandona la confrontación de ideas y se adopta la pose radical de los fanáticos e incomprendidos, la vida deviene farsa.

Caminé casi hasta la otra calle, golpeé en el portón del parqueadero y al entrar pude ver mi auto solitario y milagrosamente indemne a los efectos de aquella lamentable parodia de los juegos del hambre. Entonces, un chico que tendrá algo más de veinte años reprendió al vigilante por haberme dejado entrar, y en actitud de jefe de escuadra exigió que le explicaran quién era yo y porqué me dejaban seguir sin su autorización. Confieso que mi reacción pasiva del momento no tuvo nada que ver con el autocontrol, sino con esa suerte de rabioso mutismo al que solemos caer algunas personas cuando se nos mezclan en el alma sentimientos de indignación, impotencia, ira e intenso dolor. No fue sino hasta diez minutos después, camino a casa, que vinieron a mí las palabras que debí haber pronunciado en ese momento, eran tan lúcidas pero a la vez tan inútiles que ahora mismo soy incapaz de recordarlas.       

 

Colofón:

Muchas veces hemos oído decir que cada quien es dueño de sus propios miedos; en mi caso, lo admito, se trata de una íntima, abyecta y vergonzante posesión de la que me cuesta mucho deshacerme. No obstante, pienso que como educadores tenemos la obligación moral y política de creer en la autoridad de los mejores argumentos, de defender apasionadamente nuestras posturas, de aprender de nuestros errores, de intentar enmendarlos, de no callar ante la infamia, de insistir en sostener interacciones sinceras y pacíficas. Sé que otros(as) comparten conmigo la convicción de que el cuidado de lo público, la defensa de la universidad pública y de nuestra profesión de enseñar –como la llamaba Max Horkheimer- exige, hoy más que nunca, que nos enfrentemos a nuestras propias limitaciones y que volvamos a creer en la capacidad transformadora de nuestras acciones.

      Periodista prueba

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