El primer debate presidencial en Nueva York: el espejo en el que nos miramos

De cara al futuro del país, no paro de preguntarme cómo este evento parece una fotografía de nosotros mismos. Nuestro reflejo en el espejo

En la tarde del 23 de marzo, la Universidad de Columbia --en Nueva York-- vivía un día estándar en sus aulas de clases y sus zonas verdes. Estudiantes envueltos en sus abrigos abultados entraban y salían de los varios edificios y del campus universitario, siempre abierto a quien lo quiera visitar.

Columbia es una de las ocho universidades Ivy League estadounidenses. Ivy Legue es una prestigiosa asociación universitaria que se destaca no solo por sus resultados académicos ---por lo menos seis de sus instituciones están entre las veinte universidades con mejor rendimiento en el mundo, según el ranking de Shanghái; sino también, por las célebres personalidades de la economía, el periodismo y la política (Obama incluido) que han pasado por sus aulas. Y bueno, también por el costoso valor de su matrícula.

En uno de esos auditorios, tuvo lugar el primer debate entre candidatos presidenciales de Colombia. A la cita acudieron Iván Duque, Gustavo Petro y Humberto de la Calle. Sergio Fajardo y Germán Vargas Lleras habían cancelado por compromisos de campaña. Con una audiencia de un poco menos de doscientas personas empezó el foro. Los moderadores: Mary Roldán, profesora de Hunter College; Esteban Ángel, estudiante de Columbia; y Camila Zuluaga, periodista de La W.

A pesar de las varias canciones del Joe Arroyo y el Grupo Niche que sonaron en el preámbulo, uno sabía que estaba en Estados Unidos porque el evento comenzó a tiempo y terminó según cronograma. Después habría otra actividad en el mismo salón. La urgencia por este debate era nuestra, de los colombianos en la sala, y no de los anfitriones. 

Durante dos horas, nosotros, los privilegiados que logramos entrar al salón, escuchamos la articulada elocuencia de Iván Duque hablando sobre la disminución al gasto público, sobre su “producir conservando y conservar produciendo” en torno a nuestro medio ambiente, y su reforma tributaria, en la que se disminuirán (nuevamente) los impuestos al gremio empresarial para estimular la creación de empleo. Su lenguaje directo y su conocimiento del país contrastó con la poca claridad en respuestas sobre cómo evitaría la informalidad, o cómo aliviaría el golpe a la pequeña empresa por los nuevos gravámenes (como ocurre en El Salvador, según CONNECTAS).

De la Calle, por su lado, estadista consumado, hizo un tratamiento reflexivo sobre el Acuerdo de Paz del Teatro Colón, que marca la pauta en su propuesta. Más vías terciarias para comunicar la producción campesina con centros urbanos, su compromiso con las mujeres colombianas, con aplacar las obligaciones burocráticas para las pequeñas empresas, con cambiar el modelo extractivo del país. Además, condenó al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, a quien llamó dictador. Sin embargo, no fue tan preciso en explicar cómo enfrentaría la violencia y el crimen organizado que sigue azotando varias zonas del país, dejando como resultado el asesinato de decenas de líderes campesinos.

Por su parte, Petro fue pedagógico, llevó cifras y habló de propuestas que parten de un fuerte principio medio ambiental, estableciendo el cambio climático como el gran elefante en la sala. Señaló además que Estados Unidos sería un gran aliado para contrarrestar los daños contra nuestro ecosistema, con “ayuda de estados como California, y no del gobierno central que es negacionista”, dijo.

 También se refirió a una reforma para lograr la educación gratuita y el Programa de Reparto Simple, para transforma el sistema pensional del país. Su propuesta novedosa se vio empañada cuando pasó más tiempo defendiéndose y falló en explicar los medios para conseguir su Reforma Constituyente.

De los más de medio millón de colombianos que vivimos en Nueva York (alrededor del 10% de los colombianos que en el extranjero) apenas unos cuantos tuvieron acceso al foro. Algunos alegaron problemas en la organización, que estuvo a cargo de Columbia por Colombia, un movimiento de estudiantes colombianos; otros, a la falta de presupuesto –a pesar de tener fondos de instituciones como la Colombian American Association o la Fundación Prosowa, financiada por Cerrejón, Alpina y Chevron; y otros, a restricciones por parte de Columbia, la universidad que se jacta de tener sus puertas siempre abiertas.

Aunque hubo transmisión en redes sociales y algo de cobertura, al día siguiente los grandes medios nacionales informaron dejando a un lado la carne del debate y las propuestas de los candidatos.

El foco estuvo en la rencilla entre Iván Duque y Gustavo Petro en temas como Falsos Positivos y la responsabilidad del presidente de Álvaro Uribe en estos crímenes, el pasado guerrillero de Petro y la libertad de prensa que se ha visto amenazada por las declaraciones en redes del mismo Uribe contra Daniel Coronell. La revista Semana incluso escribió sobre un “cara a cara entre Gustavo Petro e Iván Duque” y mencionó brevemente a De la Calle como si hubiera sido un espectador, a pesar de haber sido este mismo quien se llevó el aplauso más estruendoso en la sala.

De cara al futuro del país, no paro de preguntarme cómo este evento parece una fotografía de nosotros mismos. Nuestro reflejo en el espejo. El primer debate presidencial fue en Estados Unidos, en una institución de élite, con acceso limitado a unos pocos que tuvimos de primera mano información valiosa para la democracia. Con una moderación regular que dio más preguntas a Duque que a los demás candidatos, con una cobertura que insiste en decirnos hacia donde debemos mirar y que omite darnos herramientas necesarias para que tomemos la decisión adecuada en las próximas elecciones.

Si estas son las premisas del debate, seguiremos escuchándonos como si habláramos idiomas distintos. Los medios no están haciendo su trabajo y nosotros estamos cayendo en la misma dinámica pastoral que ha caracterizado la contienda en los últimos 10 años. Los debates deben ser abiertos, igualitarios para todos los candidatos, transparentes en sus preguntas y sobre todo cubiertos con la rigurosidad que merecemos los más de 30 millones de votantes que podremos elegir el país que queremos para los próximos cuatro años.

Teresita Goyeneche
Teresita Goyeneche
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