Publicado el 24 de abril de 2018

¡Bogotá tiene útero!

 

Hace muchos años pregunté a Alfonsito Gamboa, inspirador y líder de la Fundación de caminantes Sal Si Puedes de Colombia, por qué consideraba él que nosotros los citadinos, cuando empezábamos a caminar la montaña y tener contacto cotidiano con la naturaleza, sentíamos tanta felicidad. Una felicidad a veces imposible de expresar en palabras. Creíamos que si todas las personas caminaran las montañas como nosotros, este mundo sería diferente. Era lo que yo estaba sintiendo después de varios años de andar los caminos de Cundinamarca y Boyacá de la mano de Sal Si Puedes y de subir cada mañana a caminar los Cerros Orientales de Usaquén, localidad en la que vivía en ese entonces.

Así recuerdo la respuesta de Alfonsito. Los seres humanos nos hicimos humanos a lo largo de miles de años de estar viviendo dentro de la montaña, en medio de la naturaleza, siendo moldeados por esta en una relación estrecha y respetuosa a lo largo de la evolución.

Hubo un momento en el que algunas personas, tal vez ante la amenaza de fieras o de otro grupo humano, sintieron miedo y decidieron juntarse en algún lugar rodeándose de una muralla para defenderse.

Una vez desaparecida la amenaza no supieron vencer el miedo y se quedaron viviendo juntos en ese mismo lugar, reproduciéndose, ampliando la muralla y construyendo nuevas casas para sus descendientes. Fueron formando aldeas, pueblos y más adelante ciudades, con todos los problemas derivados del simple hecho de vivir aglomerados.

Esas personas, sintiéndose más inteligentes que la naturaleza, fueron dando solución a esos problemas y en ese proceso creando los elementos propios de la vida urbana: el vidrio, el cemento, la energía eléctrica, el carro, los edificios para poder vivir unos sobre otros economizando espacio y facilitando el acceso a los servicios públicos, la nevera, el reloj, la corbata, los zapatos de tacón, el psiquiatra, la televisión, el teléfono celular, el computador, Facebook, etc….

Pero al ser soluciones creadas por los hombres y no por la naturaleza, estas los fueron desnaturalizando y deshumanizando y convirtiendo a las ciudades en espacios igualmente desnaturalizantes y deshumanizantes. Muchas de esas soluciones terminaron generando problemas más graves que aquellos que pretendían resolver.

Pero cuando ese hombre citadino, desnaturalizado y deshumanizado, vuelve nuevamente a la montaña y entra en contacto con la naturaleza dejándose tocar y moldear cotidianamente por ella, es como si regresara a ese útero que durante miles de años lo había moldeado como humano, y eso produce mucha felicidad, recuerdo que expresaba Alfonsito con emoción.

Para quienes vivimos en Bogotá la buena noticia es entonces que al lado de nuestra amada pero deshumanizante ciudad hay una inmensa y hermosa reserva forestal de 13.000 hectáreas esperando por nosotros para renaturalizarnos y hacernos más felices. Un útero dispuesto a humanizarnos moldeandonos de nuevo en el contacto cotidiano con la naturaleza, y hacer de nuestros niños y jóvenes mejores seres humanos en la posibilidad de ese contacto al recorrer la red de senderos que la atraviesa en todas direcciones y de sur a norte de la ciudad.

La pregunta es entonces: ¿Cómo poner ese útero que son los Cerros Orientales al servicio de los bogotanos para contribuir a su renaturalización, al mejoramiento de su salud mental, física y emocional, y al mismo tiempo cómo coordinar y orientar todos los esfuerzos y acciones institucionales y ciudadanas hacia la protección de esas montañas para que puedan continuar cumpliendo esa misma función para las futuras generaciones de habitantes de la ciudad? He ahí el reto que tenemos por delante.

Y es posible que la respuesta esté en la misma montaña. Es posible que, como ya ocurrió en los cerros de la localidad de Chapinero, crear condiciones seguras en diferentes senderos a lo largo de la reserva forestal para permitir que los ciudadanos de todas las edades y condiciones nos expongamos al contacto con la naturaleza podrá permitir que en ese proceso de renaturalización y rehumanización la misma montaña nos enseñe a quererla y a cuidarla, y por qué no, de pronto lleguemos también a conocernos, querernos y cuidarnos entre todos los habitantes de la ciudad.

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