Vargas Lleras, el hombre de las paradojas

Vargas Lleras, el hombre de las paradojas

Germán Vargas Lleras es el hombre de las paradojas.

Es el político tradicional profesional que se ha ganado a pulso y con filigrana su imagen de experto en el arte de las llamadas “transacciones democráticas”. Pero también es el dirigente que en su carrera nunca tomó atajos ni esperó a que le regalaran nada.

Es el candidato presidencial capaz de tener en su campaña al grupo que sigue liderando un político condenado por una masacre (el del exsenador Álvaro ‘el Gordo’ García). Pero también es el galanista que defendió banderas contra el crimen y pagó el precio con varios atentados en su contra.

Es la fórmula de Juan Manuel Santos que en 2014 lideró una reelección definida por maquinarias aceitadas a punta de billete.

Y es el exvicepresidente que logró ejecutar 4,4 billones de pesos de casas para los más pobres, sin que hoy exista medio ruido de malos manejos alrededor.

Es el del coscorrón. Un propenso a los gritos y los madrazos -de lo cual dan fe en privado desde hace tiempo varios periodistas políticos del país-, que se hizo aún más famoso por haberle pegado un cocotazo a un escolta porque, supuestamente, éste había empujado a una señora que quería saludarlo.

El tipo al que no le interesa andar con falsas simpatías para caerle bien a nadie.

Al tiempo, lleva la mitad de su vida sin parar de trabajar para conseguir el apoyo de los colombianos. Y hasta los malquerientes le reconocen la preparación y fuerza de su liderazgo.

Muchos creen que será Presidente de Colombia. Si no ahora, algún día. Siempre que las circunstancias de su vida y del país no cambien drásticamente.

Ha hecho el curso. Lleva 34 años haciéndolo sin perder la paciencia, 16 de ellos en fila detrás de Álvaro Uribe, primero, y de Santos, después.

Nieto de expresidente (el liberal Carlos Lleras Restrepo), Vargas Lleras quiere la estatua. Quiere pasar a la Historia. Por eso, además de doctor del cálculo político, se convirtió en un tecnócrata y en una máquina de trabajo que demostró haber empujado con pulcritud la locomotora de proyectos que asumió en el segundo tiempo del santismo.

Por eso también, quiere llegar con los votos de la clase política cuestionada, pero no dejarse untar de ella.   

Su determinación lo complejiza.

De la cuna de oro a la disidencia

A Germán Vargas Lleras (Bogotá, 1962) lo definen en lo personal el ejemplo y la motivación de su abuelo, el expresidente. Y la pérdida temprana de su madre, Clemencia Lleras de la Fuente.

Ella es la gran ausencia de su vida. Una pérdida que no supera, aunque poco lo mencione.

Murió de un infarto en 1975, durante un viaje familiar, y dejó huérfano el hasta entonces hogar feliz y privilegiado en el que vivía Germán, además, con su padre, el abogado Germán Vargas Espinosa, y sus hermanos menores Enrique y José Antonio.

Vargas Lleras tenía 13 años.

La vida, hasta entonces, había transcurrido con toda tranquilidad entre el Liceo Francés de su primaria, los primeros años de bachillerato en el Gimnasio Campestre y el Palacio de San Carlos, desde donde gobernó el abuelo de 1966 a 1970.

Justamente, el abuelo, que fue abuelo-presidente para Vargas desde que tuvo uso de razón (Lleras salió elegido cuando su nieto tenía cuatro años), y las abuelas María y Cecilia, entraron en ese momento a apoyar la crianza de aquellos niños.

Germán se convirtió en un joven aún más consentido. El expresidente lo trataba como a un príncipe. A él le heredó el carácter fuerte que Lleras le dejó claro al país y a la Historia el día que, por televisión y reloj en mano, mandó a dormir a los colombianos a las 8 de la noche, tras las elecciones del 70 entre Misael Pastrana y Gustavo Rojas Pinilla.

Vargas Lleras fue vago en el colegio. Por “indisciplina”, que él mismo reconoce en el libro que lanzó en esta campaña presidencial, llamado 'Hacer, Cumplir, Avanzar', su papá lo mandó tres años interno a Georgetown Preparatory School, en donde dice que, además de aprender bien inglés, asimiló los valores de la formación jesuita provistos de una disciplina de corte militar.

A su regreso, terminó culminando el bachillerato en el Gimnasio José Joaquín Casas, a donde llegaban los echados de los colegios 'bien' de Bogotá, al tiempo que montó en la ciudad un negocio de minitecas en el que cobraba cinco mil pesos por hacer eventos.

Cuando el papá se volvió a casar, vivían cinco hombres bajo el mismo techo: Vargas y sus hermanos, más los hijos de la nueva esposa.

Mientras los Vargas eran bogotanos tradicionales, de abolengo, con un relacionamiento profundo con la élite de la ciudad (en 2015, cuando Germán Vargas Espinosa murió, el sacerdote que realizó la homilía se refirió a él como “el último cachaco” auténtico), la familia de la madrastra no era de Bogotá.

No fue fácil ajustarse a vivir dos culturas bajo el mismo techo. Pero, al final, fue un hogar funcional en el que todo el mundo podía ser la persona que era.

En la casa, cada noche se servía la cena tipo 9 ó 9 y media y todo el mundo opinaba de cosas y tenían una sobremesa muy larga.

Político y líder desde chiquito, de temperamento recio por el lado Lleras, Germán se tomaba la palabra en aquellas sobremesas.

Cuenta Vargas en su libro que el papá decía que, en el caso de él y sus hermanos, el bachillerato terminaba al graduarse de Derecho.

Así las cosas, en el 82 entró a la facultad de jurisprudencia de la Universidad del Rosario, al tiempo que el abuelo lo llamó para que trabajara con él en el semanario Nueva Frontera, la tribuna que el expresidente había fundado ocho años atrás para hacer análisis políticos.

Entre otros asuntos, al entonces estudiante le tocaba reunir los insumos de los textos de ‘Crónicas de mi propia vida’ que Lleras publicó en varias ediciones. Esa experiencia fue clave para su formación intelectual y conocimiento de asuntos del Estado.

En sus ratos libres, Vargas Lleras jugaba ajedrez, o golf, o billar, con sus amigos de la universidad, como el hoy senador de su partido Cambio Radical, Germán Varón.

Era parrandero y coqueto. En el 85 se casó con María Beatriz Umaña, la mamá de su única hija y luz de sus ojos, Clemencia Vargas.

Por la época, a través del abuelo, conoció a Luis Carlos Galán.

De Galán a los aliados dudosos

Galán cautivó a Vargas. Lo inspiró, como a tantos, con la fuerza de sus discursos, su contundencia ética y su genuina preocupación por la situación social del país. “Lo social se lo aprendió al abuelo y a Galán, sin duda”, dice uno de sus mejores amigos.

Galán tenía 39 años y Vargas 20. Galán lo trataba con cariño. Era 1982 cuando el hoy candidato se vinculó a la disidencia del Nuevo Liberalismo, que entonces lanzaba la candidatura presidencial de su fundador Galán.

Allí, Vargas comenzó el curso desde abajo: dos años más tarde se convirtió en concejal de Bojacá, viejo fortín llerista, y también de Madrid, en Cundinamarca.

Fue coordinador en la localidad de Mártires y llegó al directorio departamental de ese partido.

Pero acaso la gran evidencia de que Germán Vargas había arrancado su vida pública dispuesto a que no le regalaran nada y a no irse por atajos se vio en las primeras elecciones populares a la Alcaldía de Bogotá, en 1988.

A esos comicios se presentaron dos candidatos liberales. El del Nuevo Liberalismo de Galán era Carlos Ossa Escobar, mientras que el del llerismo del expresidente Carlos Lleras fue Juan Martín Caicedo Ferrer.

Ya graduado de galanista, Vargas respaldó a Ossa en contra de los intereses de su abuelo. Y para la historia el gesto quedó como una suerte de pequeño grito de independencia y vuelo propio.

Así no hubiese sido necesariamente así, es posible que cualquier otro delfín hubiera pensado que cobijarse bajo la sombra de un abuelo ex primer mandatario era un mejor negocio político.

En esa ocasión, el reventado liberalismo perdió frente al conservador Andrés Pastrana la Alcaldía y Vargas se quemó intentando llegar, en cuarto renglón, al Concejo de Bogotá de la mano del galanismo (aunque logró quedar en las dos elecciones siguientes).

En 1989, cuando mataron a Galán en Soacha, Vargas estaba con él.

Podría decirse que siguió con él, tras su muerte, cuando defendió, ya en el Senado, a donde llegó en 1994 con casi la última votación del país, banderas galanistas que no le interesaban a las organizaciones criminales, como la Ley de Extinción de Dominio y la reactivación de la extradición.

Lo pagó caro. En ambos momentos recibió amenazas. Incluyendo una (cuando fue ponente de la extradición) que le cambió la vida en lo personal.

“Una noche lo llamaron las autoridades a decirle que habían cogido una camioneta robada en la que pensaban secuestrarle a la hija en el paradero del bus del colegio, al día siguiente estaban en Miami ella y la esposa, con el tiempo eso desembocó en su divorcio”, cuenta otro amigo cercano.

Vargas mantuvo su impronta galanista cuando, más tarde, vinculó a sus huestes vargaslleristas a algunos hijos de los mártires de la época, como los hoy senadores Rodrigo Lara y Carlos Fernando Galán, a quien en 2007 convenció de dejar su trabajo como editor político de El Tiempo para lanzarse al Concejo de Bogotá.

Ellos permanecen hoy con Vargas. Lo respaldan a la Presidencia. En lo que para muchos es un evidente contrasentido, están dentro del mismo barco al que se han subido 24 grupos políticos liderados por personas que han sido condenadas o tienen algún tipo de investigación formal abierta en un ente.

Algunos lo hacen porque están convencidos de que, a la luz de todos estos contrastes, Vargas no es igual a esos aliados dudosos, sino un creyente absoluto en el poder del sistema de las maquinarias y los caciques para conseguir votos a la manera tradicional, entre los que se mueve con olfato de tiburón.

En un perfil que le hicimos a Vargas hace cuatro años, Rodrigo Lara había dicho: "Yo lo sigo por su preparación, por sus valores inamovibles".

Vargas recuerda con cierta frecuencia que Galán decía que hay “políticos ‘indultables’” con los que se puede trabajar a pesar de sus maneras.

“El problema es que ha llevado la frase al extremo”, comenta alguien que lo conoce.

Del uribismo al santismo

En el Senado Vargas se convirtió en uno de los principales protagonistas de la vida política nacional y se doctoró en el arte de las estrategias y de liderar voluntades y pelear por ellas.

Les declaró la guerra a las Farc en un recordado debate de octubre de 2001, en el que durante cinco horas mostró cómo la guerrilla se fortalecía en los 42 mil kilómetros de la zona del Caguán que le había despejado el entonces presidente Andrés Pastrana.

A fines del año siguiente le mandaron un regalo-bomba a su oficina que le hizo perder tres dedos de su mano izquierda. (En 2005 intentaron matarlo de nuevo en un atentado que, después se supo, tuvo la complicidad de detectives del DAS, aunque en 2009 fueron capturados unos guerrilleros por el hecho).

Evidenció ser un liberal al, por ejemplo, respaldar en 2002 una de las primeras iniciativas que buscaban lograr derechos patrimoniales para las parejas del mismo sexo.

Demostró su gran olfato al haber sido uno de los primeros liberales que se le montó al bus a un Álvaro Uribe que aún no marcaba mucho en las encuestas.

Y volvió a demostrar que es un tiburón político con el ego bien puesto cuando, tras haber hecho la fila ocho años, decidió no respaldar a Uribe en su intento de reelegirse por segunda vez, bajo el argumento oficial de que una segunda reelección no era saludable para la democracia.

No sólo no lo acompañó, sino que, a través de su amigo y aliado, el entonces presidente de la Cámara Germán Varón, fue clave para que el trámite de la iniciativa, que a la postre se hundió, se alargara.

Esa misma estrategia la repitió en 2017, pero vía Rodrigo Lara, también presidente de la Cámara del momento, quien fue clave para retrasar la fallida reforma política que aterrizaba el punto dos del Acuerdo de paz de Santos con las Farc, del que para entonces era muy crítico Vargas.

Vargas Lleras sabe mover sus fichas. Y valorizarse como aliado. Su primera campaña presidencial, en 2010, es otra muestra.

Había terminado su etapa en el Congreso en una posición envidiable: tras haber estado en los últimos puestos en votación, cuando arrancó en 1994,  salió siendo el senador más votado del país en su último periodo en 2006. Con la ventaja adicional de tener partido propio: Cambio Radical, al que entró en 2003.

El “uribismo disidente” al que le apostó, no obstante, le valió no pisar con la fuerza necesaria en las presidenciales.

Vargas decía en las entrevistas que, a pesar de no haber apoyado la segunda reelección, era uribista y que el verdadero uribismo consistía en reelegir las ideas sin tener que perpetuar en el poder al mismo dirigente.

No se lo creyeron. Perdió cuotas burocráticas, le cerraron las puertas de Palacio y en las clave legislativas, dos meses antes de la primera vuelta, su colectividad bajó en número de senadores y representantes.

Terminó tercero. Un puesto sorpresivo porque las encuestas lo ubicaban más abajo. Pero al final, se las arregló para caer parado, de nuevo.

Respaldó en segunda vuelta al ungido de Uribe: Juan Manuel Santos, pese a que apenas semanas antes había intentado sin éxito una alianza con los liberales liderados por Rafael Pardo para la primera.

Por esa vía, volvió a estar del lado del Gobierno y, otra vez, en una fila más segura en su camino hacia la Casa de Nariño.

De la política menuda a las ejecutorias

Tres de las personas que conocen a Vargas con las que hablamos para este perfil (él no nos habló, aunque lo intentamos durante varias semanas a través de su jefa de prensa. Tampoco nos contestó unas preguntas que le enviamos) coincidieron por aparte en decir que el momento en que han visto más feliz a Germán es cuando llegó a la Vicepresidencia.

Esta etapa de ejecutor en los dos gobiernos de Santos, primero como ministro del Interior y de Vivienda y luego como Vicepresidente, le han servido para forjar su imagen de estadista, para medirse en altos asuntos del gobierno a los que como congresista no tenía acceso directo y para fortalecer como nunca a su partido y hacer alianzas clave en las regiones.

En medio de su habituales paradojas, claro.

En el primer tiempo santista, fue clave para armar la coalición aplanadora bautizada como la "Unidad Nacional".

Con el respaldo de esa máquina poderosa, echó a andar una ambiciosa agenda legislativa que propuso ese primer gobierno de Santos y de la que resultaron leyes tan importantes como la de víctimas y restitución de tierras.

Tal y como lo había hecho siendo senador, en su rol de ministro siguió demostrando su gran astucia y habilidad para conducir a los demás por donde él quiere.

Un día, estando al frente de la cartera de Interior, estaba a punto de caérsele el quórum en la plenaria del Congreso.

Apenas lo notó, ordenó a varios trabajadores del Ministerio, encargados de darle apoyo legislativo, que fueran puesto por puesto a preguntarles a los congresistas qué preferían que les llevaran: ceviche de camarón o ceviche de pescado.

Mientras su gente recorría curules, tomaba nota del pedido, iba y venía, pasaron unas dos horas. Justo las que el entonces Ministro necesitaba para terminar con éxito el trámite que quería en aquella jornada.

Los ceviches nunca llegaron porque jamás tuvieron la intención de ordenarlos. Fueron un pequeño carameleo para que las mayorías necesarias no se le desbarataran.

El ex alto funcionario del Ministerio que cuenta la anécdota, agrega: “Me acuerdo que me referí a un congresista de la siguiente manera: ‘¡Ah, ese es un huevón!’, y Vargas me respondió enseguida serio: ‘No se equivoque, aquí hay de todo, decentes, deshonestos, vivos, maricas, pero eso sí: ninguno es pendejo’”.

Vargas Lleras fue una de las principales cabezas de la contraofensiva santista que, tras haber perdido la primera vuelta presidencial en 2014 frente al uribismo, aceitó las maquinarias en el Caribe a punta de billete para conseguir los votos de la reelección de Santos, como lo revelamos en La Silla.

Semanas antes de la segunda vuelta de junio, en la que el santismo se jugaba el todo por el todo contra a su otrora aliado Uribe, Vargas lideró una reunión con congresistas costeños en un hotel del municipio sucreño de Corozal, en la que la campaña acordó enviarles más recursos de los gastados en la primera vuelta.

La directriz a los legisladores aliados por parte del Gobierno era clara: tenían que ponerle a la fórmula Santos-Vargas los mismos votos que ellos habían sacado a Congreso dos meses atrás.

Ahora se sabe que parte de la plata con la que congresistas como el famoso Bernardo ‘el Ñoño’ Elías financiaron sus votos santistas salió del bolsillo de la corrupta multinacional brasilera Odebrecht, que repartió coimas en el país para hacerse a contratos, como el mismo Ñoño se lo confesó ya a la justicia.

En la otra cara de la moneda, como Vicepresidente Germán Vargas fue capaz de ejecutar los 4,4 billones de pesos que el Gobierno destinó para construir 101.335 casas gratis sin que haya dudas de posible corrupción ni irregularidades alrededor.

En su papel de locomotora de la infraestructura, la vivienda y el agua en ese segundo tiempo santista también estuvo a cargo de 7,6 billones para acueductos y alcantarillados en todo el país.

Más allá de entregar cheques y firmar convenios, las obras se hicieron. Entre esos alcantarillados está, por ejemplo, el del municipio montemariano de El Carmen de Bolívar, que se lo habían robado tres veces y hoy funciona, según nos confirmaron en la Gobernación de Bolívar.

Vargas, que es un microgerente, se metió en todos esos procesos de principio a fin. Se recorrió el país de arriba a abajo. Se reunió con mandatarios locales, con constructores, con proveedores de materiales, con bancos. Estaba encima hasta de la última carta y el más mínimo reporte.

Una microgerencia parecida a la que aplicó para armar la amplia propuesta de Gobierno, que tiene 25 políticas públicas, con la que se medirá en las urnas en unos días.

En un bloc amarillo que cargaba a todos lados apuntaba todas las tareas de sus subalternos, y los compromisos que él mismo asumía, y no los olvidaba. Tiene una excelente memoria.

Muchas veces, le pedía a alguien comunicarse con un Ministro para un asunto y, mientras ese alguien pensaba que la tarea era para dentro de unos días, a la hora Vargas lo estaba llamando para preguntarle: “Qué hubo, ¿cómo le fue con el Ministro?”.

Si alguien no le cumplía, así sea en la más mínima pequeñez, explotaba, gritaba, manoteaba, le pegaba a las mesas y lanzaba madrazos. No es para nada fácil trabajar con él.

En el fondo es como si siguiera siendo el niño malcriado que se montaba a las mesas en el Palacio de San Carlos, que ahora grande grita y, además, le fuma (o fumaba, antes del meningioma cerebral benigno que sufrió en 2015) en la cara al que sea, incluyendo en espacios como los aviones.

La única vez que lo vieron calmado en la Vicepresidencia, cuenta alguien que trabajó con él ahí, fue precisamente cuando regresó de la recuperación de la operación por el meningioma, que padeció en parte por la excesiva carga laboral.

Aunque de todas maneras, paradójicamente, muchos opinan que esas maneras bruscas y exigentes fueron definitivas para que algunos le marcharan en el sector público.

En la iniciativa de las viviendas, impuso la condición de sólo pagar por casa entregada y quitó los anticipos, para evitar los casos de contratistas y funcionarios corruptos, que se sirven sus tajadas en las licitaciones al principio y después dejan las obras tiradas.

Incluso exfuncionarios suyos que dicen que como jefe es insoportable en su trato, reconocen que Vargas Lleras se preocupó por la pulcritud y por blindar esos proyectos hasta de los congresistas, que varias veces se le quejaron de que no les daba esa mermelada (como se le llama, en general, a los negocios o puestos que le consigue el Ejecutivo a sus aliados en el Congreso).

Aunque de todas maneras, Vargas consintió a los suyos bastante con burocracia en los ministerios que manejó.

Cuenta un Representante de Cambio Radical que un día la bancada de ese partido en la Cámara tuvo una reunión con Vargas en la casa vicepresidencial.

Estando allí, uno de los congresistas asistentes se levantó y le dijo: “Vicepresidente, vamos a decirnos las cosas, usted hoy en el Congreso no anda bien, usted criticó los cupos indicativos (el nombre técnico de la mermelada) y se echó encima a muchos con esa vaina”.

Vargas lo dejó terminar y en sorpresiva calma le respondió: “Mire, el problema no son los cupos indicativos, aquí muchos de ustedes tienen sus cupos indicativos, el problema es que si se forma un escándalo con eso, yo no quiero ser responsable”.

A Vargas no le gustan los escándalos y ni siquiera las ineficiencias que lo puedan dejar expuesto en alguna labor pública. Desatan su rabia. Con sus aliados los Cotes, dueños políticos de la Gobernación del Magdalena, por ejemplo, se ha molestado hasta los gritos por las dudas alrededor de una millonaria obra que adelanta esa Administración, llamada la Vía de la Prosperidad.

Por eso también fue que, en parte, le apostó a irse por firmas y no con el aval de Cambio Radical (aunque, tiempo después empezó a recibir a los partidos tradicionales).

“Vargas no es ningún santo, pero tampoco es un ladrón”, resume otro de sus aliados en el Legislativo.

Por último, a sus contrastes hay que sumarle que, a pesar de ser un amante del votico, que el político tradicional consigue, cómo no, sonriendo y abrazando gente y cargando niños, a Germán Vargas no le interesa gustarle a los demás.

Él no se muere por ser simpático. En su vida cotidiana, no saluda a la gente apretando la mano con interés, sino entregándola como con pereza, para que el otro la sostenga.

De hecho, le molesta la saludadera. En una fiesta de cumpleaños de su gran aliado regional, el alcalde de Barranquilla Álex Char, terminó acostado solo en una hamaca porque no soportó que todos pasaran a abrazarlo a él cuando estaba sentado en la mesa principal.

Cuando va al Festival Vallenato en Valledupar, no es como el expresidente Ernesto Samper que se va a pie hasta la Plaza Alfonso López para ir saludando gente en todas las esquinas, sino que prefiere tomarse su whisky en privado y sin que lo fastidien.

En su campaña parecen tenerlo tan claro que, para contrarrestar lo del coscorrón, hicieron una pieza publicitaria para televisión en la que un campesino le dice al candidato: “Vargas Lleras, nosotros no necesitamos que usted venga a hacerse el simpático, a pelarnos el diente ahora en elecciones…”.

En privado suele sacar a relucir su humor cachaco.

Es de pocos amigos. Entre sus cercanos, en lo político y en lo personal, están Álvaro Villota, Luis Felipe Henao, Alberto Ríos, Germán Córdoba, Carlos Medellín y su esposa, Luz María Zapata. Con su aliado barranquillero Álex Char también tiene una amistad cercana.

Sus mejores gestos en lo personal, concuerdan casi todas las fuentes de este perfil, le salen cuando su adorada hija Clemencia está alrededor suyo.

Ella, que regresó al país tras haberse tenido que marchar a los seis años junto a su mamá por amenazas, está metida en la campaña y es quien más lo hace feliz.

En sus ratos libres, Vargas Lleras bucea, ve series en Netflix, escucha jazz y toma vino. Recomienda libros sobre el mar y sobre Winston Churchill. También es teniente de la reserva del Ejército.

Pero en realidad, su principal característica es que es un poseído por la política que desde muy temprano en la vida definió su objetivo, en medio de mil paradojas.

Habrá que ver si los colombianos le cumplen el sueño esta vez.

    Periodista prueba

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