Las fallas del anti-uribismo


El pasado martes David Brooks, uno de los columnistas más influyentes del New York Times, publicó en la página de opinión de ese diario una columna titulada “Las fallas del anti-Trumpismo”. Brooks es de filiación conservadora en una página de orientación ideológica liberal y fuerte crítico del presidente Donald Trump. El argumento principal del texto es que, bajo todos los estándares, el movimiento contra el ocupante de la Casa Blanca ha fracasado. En términos de persuasión pública, contrapesos institucionales, contención de la agenda e influencia en la campaña electoral de mitad de período, el avance de los críticos de Trump ha sido poco.

Un paralelo similar aplica para Colombia con la figura del senador y expresidente Álvaro Uribe. Al igual que Trump el líder del Centro Democrático es un dirigente político enfrentado con el Establecimiento y los medios de comunicación y con una base de seguidores leal y resistente a las críticas y las denuncias. Al igual que el trumpismo, el uribismo es antielitista, articula discursos de ellos contra nosotros, construye poder nacional desde las regiones y divulga un cuerpo de ideas fácilmente identificable por los votantes -aunque algunas de ellas contradictorias sean entre sí-.

Trump y Uribe comparten la construcción de un particular estilo de comunicación, más centrado en la relación individual con el votante y que le apuesta más a la sintonía emocional que a la identificación ideológica. Si bien Uribe lleva muchos más años en la política activa que Trump, ambos dirigentes mantienen tensas relaciones con el aparato de justicia y apelan a la persecución y al uso ideológico de esas instituciones en su contra.

Mientras Trump está tomando control del partido Republicano y reorganizando el debate politico estadounidense alrededor suyo, Uribe ya ha creado no uno sino dos partidos en torno a su figura y prácticamente secuestró la agenda por buena parte de la administración Santos.

Los paralelos podrían continuar, pero el objetivo de este texto es destacar uno: Uribe y Trump son vistos por buena parte de los medios de comunicación, los analistas, la academia, importantes sectores económicos y sociales como la mayor amenaza a la democracia en sus respectivos países y promotores del conflicto y la polarización.

Más allá de la lista de funcionarios presos o investigados, los escándalos, las denuncias de los periodistas más influyentes del país y el debate académico sobre su agenda política y su caudillismo, Uribe se encamina por quinta vez consecutiva a ser el eje que explica las elecciones presidenciales en Colombia.

Tras  Uribe pasar ocho años en la Casa de Nariño y otro tanto en la oposición, ¿cuál es el balance del movimiento anti-uribista?

En materia de popularidad, una mirada a la serie de tiempo de 12 años de la encuesta Gallup muestra una lectura agridulce. La imagen positiva del expresidente al terminar su segundo mandato era de un 75% y la jefatura de la oposición al gobierno Santos le ha costado unos treinta puntos porcentuales de favorabilidad. No obstante, ese 46% de imagen positiva equipara estadísticamente la de los candidatos presidenciales Sergio Fajardo y Humberto de la Calle y  supera las de Gustavo Petro, Germán Vargas Lleras y el presidente Santos.

El anti-uribismo ha sido exitoso en bajar del pedestal a Uribe, pero su base de popularidad sigue siendo muy alta para la desconfianza y deslegitimidad hacia los políticos que hoy vivimos. Hay menos uribistas hoy que hace ocho años, pero los que quedan son muchos y mucho más militantes.

En términos de contrapesos institucionales, el movimiento anti-uribista fue incapaz de detener la consolidación de la bancada opositora del Centro Democrático.

A diferencia del presidente Trump, Uribe no controla desde hace casi ocho años el poder Ejecutivo. En un país acostumbrado a un bloque opositor del lado izquierdo del espectro político, especializado en unas temáticas específicas y en poderosos debates de control político, el hoy senador recogió lo que le quedaba y construyó una bancada congresional que logró con una buena comunicación transmitir que el bloqueo es buena gestión legislativa.

Enfrentados al gobierno Santos y a la Unidad Nacional, el Centro Democrático termina el cuatrienio como la principal bancada y liderando la filiación partidista en la mayoría de las encuestas.

En la contención o desarrollo de las agendas públicas es donde se concentra el mayor fracaso del anti-uribismo. Álvaro Uribe ha sido capaz en estos ocho años de enmarcar el debate nacional alrededor de sus narrativas.

Si bien la mitad de los colombianos rechaza abiertamente sus posturas, por ejemplo, hacia el proceso de paz con las Farc, el uribismo ha sido exitoso en definir qué se habla del proceso. Por virtud del uribismo y por defecto del gobierno, de los competidores políticos de Uribe y de los principales medios de comunicación, hoy los colombianos abordan el Acuerdo con la guerrilla bajos los ejes uribistas: impunidad, justicia, narcotráfico. 

¿Qué explica entonces que el movimiento anti-uribista con la Casa de Nariño, la gran  mayoría de los principales medios, la academia, la comunidad internacional y en un momento el poder económico detrás, no haya acabado con el atractivo de Uribe y hoy siga siendo un factor decisivo? Sugeriría uno: el anti-uribismo no se ha esforzado en entender y apropiarse de los miedos y las visiones de esa “Nación Uribe”.

Para muchos anti-uribistas, los seguidores del expresidente son un bloque de estúpidos borregos fascistas y paramilitares, incapaces de decidir por ellos mismos, que justifican todo tipo de violencia y que le rinden culto a la motosierra.

Mientras el anti-uribismo desde el poder Ejecutivo, el Congreso, las cortes, los medios, la academia construyó en estos 16 años una agenda liberal y progresista medianamente exitosa, la derecha colombiana -en torno al eje de las Farc y la paz- también pulió su propia agenda. En estas elecciones están chocando las dos agendas y, por ahora, va ganando la conservadora ante la consternación del movimiento anti-uribista.

Preguntarse por qué existe esta desconexión y qué hacer al respecto va más allá de estereotipos y caracterizaciones simplistas tipo memes.          

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