Sin deliberación no es posible avanzar en el proceso de reconciliación

La deliberación no busca convencer al otro. Intenta generar escenarios que nos permitan alcanzar unos acuerdos mínimos. Es un ejercicio que nos brinda la oportunidad de expresarnos y de conocer relatos y experiencias que de otra manera no habría sido posible concebir.

En la actualidad, se está llevando a cabo un debate académico sobre la relevancia y el impacto de la deliberación en los procesos de reconstrucción del tejido social en sociedades altamente fragmentadas. Un valioso ejemplo de esto es el trabajo de Steiner et al., (2017), que hace referencia a países tales como Brasil, Bosnia-Herzegovina e incluye a Colombia como un caso de estudio. ¿Cómo reaccionan los ciudadanos a diferentes aproximaciones deliberativas? ¿Existe la posibilidad de llegar a acuerdos entre actores ampliamente polarizados? ¿Se puede avanzar en las perspectivas de reconciliación entre comunidades donde los revanchismos están vigentes?, son interrogantes que guían este tipo de reflexiones.

La deliberación debe entenderse como:

   Un proceso en el que todos los participantes pueden expresar libremente sus puntos de vista; los argumentos están bien justificados; el significado del bien común es debatido; los argumentos de los demás son respetados; y prevalece la fuerza del mejor argumento, aunque la deliberación no necesariamente tiene que conducir al consenso (Steiner et al., 2017, p.2).

En otras palabras, el ejercicio de la deliberación no es otra cosa que tener la posibilidad tanto de expresar lo que se piensa como de escuchar al otro y que los argumentos, y no las personas, sean los que se encuentren y enfrenten, si ese es el caso. Cuando nos narramos a nosotros mismos y cuando escuchamos las historias de los demás, podemos ponernos en los zapatos del otro y darnos cuenta que las diferencias que creíamos tener no son tan irreconciliables como pensábamos. Si por el contario, ratificamos que los puntos de vista resultan muy distantes entre sí, nos hacemos conscientes de que no por ello podemos despojar del sentido de la humanidad a aquel con quien hemos conversado.

La deliberación no busca convencer al otro. Intenta generar escenarios que nos permitan alcanzar unos acuerdos mínimos, pero aún sin el logro de consensos es un ejercicio que nos brinda la oportunidad de expresarnos y de conocer relatos y experiencias que de otra manera no habría sido posible concebir. La diferencia es importante, es sana y deseable; si no existe y se protege no se podría hablar de democracia, pero nuestras diferencias no pueden seguir siendo una justificación para agredirnos.

Hacer las paces es un acuerdo entre élites, una primera etapa que en teoría es la más sencilla de todo el proceso. En Colombia, que el gobierno nacional y las FARC-EP firmaran la paz fue un proceso que se prolongó por un largo tiempo y que tuvo que superar numerosas dificultades, pero el pacto se ratificó el 24 de noviembre de 2016 mediante el Acuerdo Final del Teatro Colón.  De acuerdo a Rafael Grasa (2014), el proceso de paz va más allá de la mera negociación y requiere una reflexión juiciosa sobre la participación ciudadana en la deliberación y la toma de decisiones relacionada con los cambios profundos que requiere Colombia. Así pues, construir la paz, una paz que se acordó implementar desde los territorios, es el verdadero desafío que tenemos que afrontar como sociedad. Este esfuerzo ya no depende única y exclusivamente de las élites, sino que es un proceso que se teje desde abajo y que exige de nosotros como ciudadanos una activa participación como veedores y garantes, así como grandes esfuerzos para comenzar a establecer puentes entre orillas que parecen incapaces de juntarse, una brecha producida por más de cinco décadas de violencia.

El pasado 4 de agosto, y en el marco de un proyecto de investigación que articula a la Universidad del Norte, a través del centro de pensamiento UNCaribe, con la Universidad suiza de St. Gallen, un grupo de estudiantes, funcionarios y profesores del Dpto. de Ciencia Política y Relaciones Internacionales viajamos al Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de Pondores en La Guajira, justamente para tener un diálogo directo y franco con reincorporados de las FARC y deliberar sobre qué sugerencias podrían hacerse a las autoridades gubernamentales para que promuevan la reconciliación entre ciudadanos colombianos.  

Se realizaron tres grupos paralelos de discusión: uno conformado por mujeres, otro por hombres y un grupo mixto.  Los tres grupos deliberaron cerca de una hora y media y resulta interesante subrayar que, más allá de las múltiples y muy nutridas sugerencias realizadas, todos los grupos coincidieron en que el primer paso para avanzar en la reconciliación pasa necesariamente por los espacios de diálogo entre diferentes sectores de la sociedad, especialmente entre aquellos que no concuerdan en sus puntos de vista. A través de la deliberación es posible tener un debate basado en argumentos, comenzar a construir acuerdos, reducir la polarización y promover relaciones pacíficas entre los miembros de la sociedad.

Escuchar a quienes nunca hemos escuchado, conversar con quienes nunca hemos conversado, fomenta la mutua comprensión de las trayectorias de vida y permite que se adquieran herramientas que produzcan mejores prácticas de resolución de conflictos. El ejercicio deliberativo promueve la participación y motiva a los ciudadanos a que se involucren en la formulación de propuestas que contribuyan a la construcción de la paz desde sus entornos más cercanos, desde sus territorios.

Al incentivar el diálogo directo entre diferentes actores que conviven en contextos sociales de alta polarización, se incrementan las oportunidades para que más ciudadanos se involucren en el reto que reviste la reconciliación. Resulta bastante esperanzador que gran parte de las nuevas generaciones le apuestan a un diálogo conciliador, un diálogo encaminado a construir una sociedad en la que quepamos todos, y no a discursos, como los expresados recientemente en la arena pública, cargados de odio que ahondan en los elementos que nos dividen.

Haciendo eco de las palabras de Diana Uribe, es necesario “generar nuevas narrativas que permitan que los colombianos salgamos de la lógica de la guerra”, porque sin la palabra no hay reconciliación y sin reconciliación no es posible avanzar en la construcción de la paz.

Referencias:

     Grasa, R. (2014). Escenarios posconflicto en Colombia. Barcelona: Instituto Catalán Internacional para la Paz.

     Steiner, J., Jaramillo, M.C., Maia, R.C.M., and Mameli, S. (2017). Deliberation across Deeply Divided Societies Transformative Moments. Cambridge: Cambridge University Press.

    Uribe, D. (14 de diciembre de 2015). Los símbolos de la prensa deben cambiar el día que se firme la paz. El Heraldo. Recuperado de

    

      Periodista prueba

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