De la Calle, Fajardo & Co: ¡Gracias por ahorrarnos otra Ola Verde!


Hay que estar agradecido con Humberto de la Calle, Sergio Fajardo y compañía (Claudia López y Jorge Robledo). Ellos nos ahorraron la liturgia de una nueva Ola Verde y, al diluirse esa posibilidad, nos acercamos a una promesa de paz: poder ver en paz el próximo mundial de fútbol sin que el compromiso deportivo se cruce con el interés de votar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales (si es que estas llegan a darse).

Hace ocho años, el fenómeno de la Ola Verde tomó fuerza luego de la consulta que hizo el Partido Verde. Todo comenzó un poco antes con un parto político de quíntuples compuesto por Enrique Peñalosa, Luis Eduardo Garzón, Antanas Mockus, Martha Lucia Ramírez y Sergio Fajardo que, luego de una operación quirúrgica de egolatría, dejó a un siamés tricéfalo compuesto por los tres exalcaldes de Bogotá.

Los tres mosqueteros fueron adoptados por la familia del Partido Verde y ahí, como niños consentidos, impusieron su voluntad con un pedaleo tan armónico como inusual entre contendores y acordaron usar el mecanismo estadístico y publicitario de la consulta interna en las elecciones legislativas del 14 de marzo de 2010 para elegir a un candidato presidencial. La estrategia jovial funcionó: Mockus obtuvo la mitad de los 488.597 votos del resultado electoral que, sumados a lo obtenido en las elecciones legislativas, le daban al Partido Verde un capital político superior al millón y medio de votos y lo ponían a figurar, sorpresivamente, en la contienda presidencial.

A finales de febrero de 2010, Mockus, en una encuesta de Ipsos Napoleón Franco, había marcado 3%. Dos meses después triplicó a 9% y, para finales de abril, subía a 38%, superando a Juan Manuel Santos, “el que diga Uribe” de ese momento. Paralelo a esto, en otro mundo virtual, la “fan page” de Facebook de Antanas Mockus crecía hasta 115% por mes vinculando a votantes y no votantes, verdes y madurados biches en edad de no votar, pero sí de cliquear. Fajardo, al ver tan meteórica votación y ascenso mediático, volvió al redil, se unió a esa causa y actuó como príncipe consorte bajo la figura del “vice” en la fórmula presidencial.

“¿Oigan, nos juntamos?” fue lo que le preguntó Gustavo Petro a Claudia López y a Sergio Fajardo en el foro “Perspectivas para Colombia”, a comienzos de noviembre de 2017. Esta pregunta generó un mínimo rictus de risa nerviosa y dos gestos inmediatos: Claudia López tomó agua para pasar el mal trago y Sergio Fajardo bracicruzado jugó estatua con cara de no sabe no responde.

Es claro que la apuesta de Gustavo Petro producía temor, pero no solo por sus propuestas políticas divergentes, sino porque ante la perspectiva de llegar a una consulta por votación en marzo, era evidente que el proponente de la unión tenía un potencial electoral posiblemente superior al de sus contendores en esta alianza hipotética. Todo un riesgo. Luego, a mediados de enero, Humberto de la Calle, luego de derrotar a Cristo, con el guiño sibilino de César Gaviria, ungido por una consulta del Partido Liberal novembrina tan costosa en lo presupuestal —$40.000 millones— como inane en lo publicitario —por fuera del spin de las elecciones legislativas de marzo—, también rechazó aliarse con otros, sobre todo con Petro. Al parecer los analistas de campaña y el tejemaneje gavirista ven en esta posible alianza algo tóxico, una resta y no una suma, una asociación que gradua a los liberales de oposición al gobierno actual y que estratégicamente les resta méritos ante el posible gobierno de derecha que se alza en el horizonte político más próximo.

Es extraño. Hace cuatro años una inmensa cantidad de personas votó por Juan Manuel Santos en la segunda vuelta presidencial, y no porque fuera el santo de su devoción, sino para garantizar la continuidad del proceso de paz. A Santos le alcanzó para repetir presidencia, pero tuvo que saltar matones y actuar bajo el pragmatismo de la “real politik”. El Santos pacificador se alió con algunas de las fuerzas causantes y partícipes de la guerra: hizo alianzas con Gavirias y Ñoños, con patrocinadores corruptos —Odebrecht—, propició zancadillas fiscalizadoras y escándalos mediáticos a “el que diga Uribe”, primero al fotogénico Andrés Felipe Arias, luego al no tan fotogénico Oscar Iván Zuluaga, ambos con rabo de paja y que sufrieron quemaduras de mayor y menor grado mientras se esparcía la gasolina de la corrupción aquí y allá en este intento de atacar fuego con fuego para detener el fuego de uno de los ejércitos del conflicto armado y llegar a un acuerdo entre las dos élites: la del gobierno central cachaco que quería pasar a la Historia del mundo mundial y la del alto mando de la guerrilla narcorural que no quería ser historia de un bombardeo teledirigido tan certero como aniquilador.

Santos también contó con el beneplácito de los grandes medios de prensa, con la excepción de RCN-Postobón, y de un sector amplio de opinión que se mostró acrítico ante las alianzas y tejemanejes del presidente candidato mientras recomendaba que, para llevar a buen término la cena por la paz, había que “tragarse ese sapo” enmermelado como entrada a los platos fuertes que serían servidos en la mesa del paraíso prometido. Aun así, el presidente ganó por un estrechísimo margen: Santos obtuvo 7,816,987 votos y Zuluaga 6,905,001, una diferencia de un millón de votos que, considerando la asimetría de poderes entre el presidente en ejercicio (con el control de la billetera del Estado) y “el que diga Uribe”, era una diferencia pírrica.

El resultado de esa segunda vuelta presidencial fue un “pre-plebiscito por la paz” que luego se graduó de realidad con el “plebiscito por la paz” de 2016 donde la votación confirmó que la encuesta real no era la que mostraban los medios y que habría bastado la fotografía de la contienda Santos-Zuluaga para darse cuenta que algo estaba errado en las proyecciones voluntariosas de los opinadores: el “No” ganó con el 50,23% de los votos (6.424.385 votos) contra el 49,76 % (6.363.989).

Tan obnubilados estábamos todos que, por ejemplo, la fiesta del equipo de trabajo del Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, que iba a ser celebrada por todo lo alto en el Teatro Faenza pocos días después del referendo —y en armonía con la rumba del hipotético triunfo electoral que iba a expulsar a Uribe y a figuras como Ordoñez de la fiesta de la democracia—, tuvo que ser cancelada pues ni siquiera las personas que debían estar más y mejor informadas podían o querían ver la película completa del país y del mundo en ese Annus horribilis de Brexit, Trump, destitución de Rousseff en Brasil, abusos de Erdogan en Turquía, entronización de Putin en Rusia y demás.

Volviendo a la trama actual, es difícil comprender por qué los candidatos Fajardo y de La Calle no aceptaron el reto del candidato Petro, ese riesgo. Era una apuesta temeraria pero si tanto temor le tenían a perder, por qué, en aras de contar con más posibilidades ante el vaivén de las encuestas, no se sentaron a conciliar unos acuerdos que comprometieran al ganador. Incluso, si de verdad querían sacar a Petro de la contienda para tener más chance de ganar, esta era la única ecuación matemática que tenían pues, conociendo el carácter voluntarioso de ese candidato, era previsible que, sin un acuerdo, su campaña iría hasta el final. Si un acuerdo se pudo lograr de manera tácita para votar por Santos y derrotar a “el que diga Uribe” en 2014, ¿Qué fue lo que cambió? ¿No es la política la herramienta más propicia para disipar el miedo, los odios y generar confianza?

Si se trata de miedos, odios y desconfianza, Fajardo puede producir las mismas dudas que genera Petro. Basta recordar cómo Fajardo se autoproclamó como candidato de la alianza que venía cocinando a fuego lento con Claudia López y Jorge Enrique Robledo, que luego del chamusque tuvieron que recibir inyecciones de botox para recuperar la sonrisa y cargarle la maleta al que se eligió a sí mismo. Fajardo podría hacer un yo con yo parecido como presidente y, una vez empoderado, romper los lazos con el proyecto y alianzas políticas incluyentes que usó para llegar a una utópica presidencia —es más fácil ver a Fajardo codeándose con el Sindicato Antioqueño que con el sindicalismo del Polo Democrático—. Si el sanbenito que le ponen a Petro es el del “castrochavismo”, el de Fajardo es el del “neoliberalismo”, y ahí, en ese "centro" entre ambos miedos, lo que hay es ansiedad: el criterio de lo que tenga a bien votar una amplia gama de clase media que debe decidir si extiende a otros sus privilegios recientemente adquiridos —a riesgo del estancamiento o el descenso—, o si usa su posición relativa de privilegios para intentar blindar lo conseguido y tener más posibilidades de ascenso en la escalera social.

Lo propio habría sido un acuerdo, público y transparente, que comprometiera a los candidatos. Un acuerdo que a Petro lo obligara a responder de frente y no , le mermara mesianismo a su campaña y le sumara el plural del trabajo horizontal en equipo, lo bajara de la nube adánica de una nueva constituyente, de cerrar el congreso recién elegido, le restara protagonismo en su lista de “Decentes” a personajes telenovelescos como Gustavo Bolívar y lo invitara a privilegiar a personas como María José Pizarro y Luz Marina Bernal, lo llevara a aclarar su posición ante la dictadura militar y mafiosa que impera en Venezuela gracias a muchas de las políticas de Hugo Chávez. Un acuerdo que a Fajardo lo atara a las iniciativas económicas y sociales donde el Estado siga nivelando la cancha ante los embates desregulatorios del gran capital y su cabildeo político para hacerse con las grandes rentas de lo público. Una consulta que era un riesgo, claro está, pero que al menos mantuviera a estas fuerzas en el mismo lado de la cancha y no como están ahora, dispersas y cumpliendo con el guion clásico del “canibalismo de izquierda”, trinando fuego amigo al centro y a siniestra, mientras que la campaña diestra de “el que diga Uribe” se hace pasito con la campaña de Germán Vargas Lleras en miras a aliarse o a encabezar ambas una segunda vuelta de copias de fotocopias en que Colombia volverá a ver el eterno retorno de lo mismo de siempre.

Si en las elecciones de marzo la consulta de Petro y Caicedo en conjunto obtuvo casi tres millones de votos, ¿cuántos votos en total habría obtenido una consulta entre De la Calle, Fajardo y Petro? ¿Habría estado cercana a los cuatro millones de votos que obtuvo la consulta que orquestó Uribe para ratificar a "el que diga Uribe"? ¿Una paridad entre ambas consultas habría activado una nueva Ola Verde? Eso nunca lo sabremos.

Ahora es demasiado tarde, el acuerdo y consulta entre Petro, De la Calle y Fajardo es un ejercicio de nostradamus en reversa, algo imposible en lo temporal y en lo económico: a De la Calle y a Petro les tocaría devolver los 80.000 millones que costaron sus respectivas consultas. A dos meses de las elecciones presidenciales, no va a haber una nueva ola, o siquiera la ilusión de su espumoso efecto, eso es pensar con el deseo. El pronóstico de paz es inminente: paz para Álvaro Uribe Vélez, su círculo familiar y el uribismo que por fin consolidarán su proyecto de "impunidad democrática" por su ochenio de gobierno —por ejemplo, paz y total olvido en la tumba de los más de 4000 muchachos asesinados entre 2002 y 2010 en las ejecuciones extrajudiciales de los mal llamados “falsos positivos”—, y paz —así sea por un mes de calma chicha— para nosotros, que podremos ver a once muchachos colombianos correr tras un balón en el mundial: ¡Gol!

Nota: Dos ediciones. 1. La foto que ilustraba en portada este artículo fue retirada por solicitud de los funcionarios de la Alcaldía Mayor de Bogotá que aparecían como modelos en la imagen y que expresaron que el tema de la nota era "completamento político", que la campaña de "fútbol en paz" de esa administración "no tiene nada que ver con política" y que ellos, como funcionarios públicos, no pueden "estar vinculados en este tipo de contenidos". El autor no comparte esa posición política pero la retira para no comprometer el futuro político de esos empleados, sobre todo porque la administración actual, y sus mismos funcionarios, parecen tener un entendimiento bastante limitado de lo que es la política y bastante amplio de lo que es el modelaje. Queda el enlace a la página donde está la imagen, se espera no desaparezca en un futuro próximo: 2. A partir de un mensaje recibido de Sergio Jaramillo, se corrigió que la fiesta en el Teatro Faenza celebrada por la Oficina del Alto Comisionado para la paz correspondía al cumpleaños de este funcionario, el motivo de la fiesta era un reconocomiento para él, los negociadores del gobierno y su equipo de trabajo. Lamentamos el error (sobre todo el de no haber anticipado el "NO" en el plebiscito).

    Periodista prueba

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